Alarma sanitaria por Covid-19: Córdoba tropieza con sus propias piedras

Pasó de ser una provincia modelo a presentar el escenario sanitario más complicado a nivel nacional. Las clases presenciales y los nuevos cierres en un escenario político demasiado delicado.
Ed 209 © Pito Campos
En el juego de los extremos el mandatario reconoce la imposibilidad de cruzar la barrera que su electorado mayoritario le trazó en el mapa de posibilidades para futuras alianzas. - Ilustración: Daniel "Pito" Campos, para La Nueva Mañana.

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Hubo alguien que dijo que si las restricciones no las tomaban (a tiempo) las autoridades, la propia pandemia iba a encargarse de imponerlas. Pese a que cotidianamente nos sobran ejemplos respecto a este virus que se hace más fuerte cuando se enfrenta a conductas irresponsables, la situación actual de Córdoba parecer ser un ejemplo tan claro como doloroso.

El lunes, Schiaretti volvió a sus funciones luego de tres semanas de reposo indicado por su equipo médico tras una cirugía que “salió muy bien”. El plan de regreso solo auguraba buenas cosas, había “zafado” de tener que anunciar la adhesión al confinamiento estricto de la semana anterior y se aprestaba a regresar en medio de un clima en el que la tensión con comerciantes, empresarios y padres que quieren llevar a sus hijos a la escuela a como dé lugar presentaba horizontes calmos.

Lo que no previó el mandatario cordobés era que los errores del pasado le iban a jugar una mala pasada.
Apenas horas más tarde de su retorno a las funciones, el ministro de Salud, Diego Cardozo, se enfrentaba a la prensa y anticipaba el inminente regreso (esta vez en soledad) de Córdoba a la Fase 1 del aislamiento. O al menos, a lo más parecido a eso que la sociedad cordobesa esté dispuesta a tolerar.

Las clases presenciales, ese nuevo indicador político

El discurso y la acción de Córdoba respecto a la presencialidad en las escuelas es idéntico al de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En el manejo de la pandemia, en general, ambas administraciones tomaron determinaciones muy parecidas aunque durante el año 2020 las cosas le hayan salido mucho mejor a Schiaretti.

De hecho, Córdoba empezó a ser observado con atención por los sectores más críticos a las medidas nacionales. Era el ejemplo de que se podía combatir la pandemia fortaleciendo los sistemas de testeos y sumando camas críticas a clínicas y hospitales. Pasó el tiempo y desde el Gobierno provincial todavía ponen el acento en la defensa de la salud, la producción y las clases presenciales.

El problema es que el slogan se terminó imponiendo sobre la realidad y Córdoba decidió ir hasta las últimas consecuencias con su conducta otrora exitosa. Esa postura desubicó y ofuscó a las autoridades nacionales, que esta semana decidieron dejar las cordialidades a un costado. El ministro de Educación, Nicolás Trotta, todavía no puede entender cómo Walter Grahovac, el funcionario provincial con más años en el cargo en todo el país, avaló ese tipo de decisiones luego de firmar un acuerdo nacional que indicaba actuar de forma contraria. “Están jugando con fuego”, dijo el Presidente. “Mientras nuestro Ministerio de Salud nos indique hasta dónde podemos avanzar, vamos a tratar de tener presencialidad”, contestó Grahovac.

En tanto, la escalada discursiva se elevaba, intendentes y responsables comunales avanzaban en la suspensión de la presencialidad. Los números se dispararon y la situación se fue de las manos.

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La avenida del medio, llena de baches

Si en algún momento la dirigencia argentina intentó “desentramparse” de la disputa entre el kirchnerismo y el antikirchnerismo expresado en macrismo, vale decir que el fracaso estrictamente político partidario es colectivo.

Hasta el momento, Alberto Fernández no logra representar esa alternativa política, aunque lo intente desde sus formas y sus políticas. La oposición no quiere hacerlo y se siente muy cómoda pegándole el cartel de “kirchnerismo” a todo lo que le gusta, a riesgo incluso de caer en el ridículo.

El problema mayor lo tienen los hombres como Schiaretti, que insisten en pararse en un punto equidistante, pero la suma de decisiones lo termina ubicando en uno de los costados del cuadrilátero.

Fueron tres las provincias que, sin estar en condiciones epidemiológicas para hacerlo, comenzaron la semana con clases presenciales: Mendoza, Córdoba y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Entre ellas, la que peores parámetros sanitarios presentaba era la comandada por Hacemos por Córdoba. De las tres, fue la que más empeoró en sus registros diarios, rompiendo la barrera de los cinco mil casos. Solo la provincia de Buenos Aires había alcanzado ese registro desde el comienzo de la pandemia.

¿Por qué pasa esto? “¿Por qué las provincias que están en alarma epidemiológica no acompañan las medidas de cuidado del Gobierno nacional respecto de la necesidad de aplicar la virtualidad en las clases? ¿Por qué se desacoplan de la estrategia sanitaria?”, se preguntó públicamente el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, a mediados de esta semana.

La respuesta parece ser solamente una y tiene en Córdoba condimentos específicos que hacen mucho más compleja la lectura: las elecciones de medio término.

La discusión que nadie quiere exponer

El peso productivo y político de Córdoba en el concierto de las provincias la ubican como una de las referencias más importantes a la hora de pensar en la Argentina como un todo.

Posiblemente ese sea el mayor caudal político del gobernador que hasta hace unas semanas coqueteó con un lanzamiento nacional por fuera del Frente de Todos y Juntos por el Cambio. Hay quienes dicen que fue el mayor perjudicado cuando Massa se sumó a las filas del hoy oficialismo y Pichetto transparentó su afinidad con Juntos por el Cambio. En aquel viejo cónclave de cuatro, Juan Manuel Urtubey aceptó una testimonial candidatura a vicepresidente pero puso el ojo en el horizonte. Schiaretti se quedó con Córdoba y se dedicó a hacer de ese enclave territorial suyo una marca identitaria. Por eso le cambió el nombre al frente electoral que históricamente sostuvo al peronismo en el poder y por eso se inventó un nuevo concepto: el Modelo de Gestión Córdoba.

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Schiaretti sabe que gobierna la provincia más antikirchnerista del país. O al menos así la identifican políticos y analistas. En el juego de los extremos el mandatario reconoce la imposibilidad de cruzar la barrera que su electorado mayoritario le trazó en el mapa de posibilidades para futuras alianzas. Como un rara avis dentro de la política argentina, Schiaretti es un gobernador que comparte base electoral con el macrismo y no con el peronismo nacional (o sí, aunque en un porcentaje muchísimo menor). Eso le complica las cosas de cara a las elecciones de medio término.

De hecho, en una reciente encuesta realizada por la consultora Zuban - Córdoba, Horacio Rodríguez Larreta y Mauricio Macri aparecen encabezando el listado de dirigentes nacionales con mejor imagen (58,6% y 39,8% respectivamente); mientras que Schiaretti y Llaryora arrasan a nivel provincial con el 63,4% y el 50,4%. Muy cerquita se ubica Mario Negri con 48,6% de imagen positiva.

El problema aparece cuando esos números se proyectan hacia el escenario electoral. Con un descontada victoria de Juntos por el Cambio, la discusión que desvela a los asesores que pululan por El Panal es la que ubica a Hacemos por Córdoba y al Frente de Todos en un mano a mano muy parejo para quedarse con la tercera banca cordobesa en el Senado de la Nación.

La semana pasada, Carlos Caserio juntó a parte de su tropa y los animó con números que le permitirían al Frente de Todos quedarse con la banca en el Senado y sumar dos bancas en la Cámara de Diputados. Si bien los números suenan exagerados, la dosis de confianza se sustenta en encuestas que ponen al oficialismo nacional por sobre el oficialismo provincial de cara a las disputas de noviembre. La citada encuesta, sin ir más lejos, le da a una eventual lista liderada por Caserio para el Senado y Olga Riutort para Diputados una ventaja de casi dos puntos por sobre la nómina de Hacemos por Córdoba que encabezarían Alejandra Vigo y Natalia de la Sota (20,6% a 18,8% para ser más específicos).

“No hay chances que Caserio le gane un mano a mano a Alejandra si ambos salen a caminar por el interior”, dice un asesor de campaña que además confía que en el propio Schiaretti pueda “salir a hacer campaña”. Hoy, el escenario es complicado.

Es posible que, como nunca antes, en el imaginario colectivo está quedando demasiado claro que los yerros del Gobierno de Córdoba hayan traído a la situación sanitaria a un punto en el que el retorno parece demasiado complicado.

Córdoba eligió aislarse de las decisiones nacionales, amparándose en posturas que sólo acompañaron los distritos manejados por el PRO y el radicalismo; y al hacerlo dejó lugar para que las especulaciones en torno a los intereses que se ponen en juego más allá de la estrategia sanitaria se mantengan a la orden del día.
Sin una estructura nacional que lo sostenga y con una batalla por la sucesión en la que sus propios herederos entienden la necesidad de trazar puentes más sólidos con el peronismo nacional, Schiaretti transita los días más duros de sus tres gestiones como gobernador. Entre controlar la pandemia y sostener su seguridad electoral, deberá elegir qué rienda apretar con mayor firmeza. El camino todavía es largo y el aliento comienza a escasear. 

 

 

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