
Brasil: en quince años, del verde al amarillo

El primero de enero de 2003 me encontró en Porto Alegre festejando la asunción de Lula Da Silva como presidente electo del Brasil, “el trabajador que más votos obtuvo en la historia del mundo” según me dijo orgulloso Lúcio un militante de la juventud del PT a la vera del Lago Guaíba entre miles que celebraban y cantaban. No era para menos, se trataba de la consagración electoral de un proyecto de izquierda que había transitado veinte años de luchas callejeras, gremiales, sociales y que tenían una propuesta institucional, programática y de gestión. Esta propuesta ganó con la fuerza de lo necesario y con el brío de la esperanza.
Lucio fue mi guía y amigo ese verano en que nos unió la organización del Foro Social Mundial, organizado en esa ciudad que gobernaba el PT desde hacía más de diez años. Las charlas y talleres de ese foro discutieron sobre el futuro, la paz mundial, y mecanismos participativos de gobierno. A la vez, fue el primer foro dónde se permitió la participación de un presidente, Lula dio un discurso extenso y profundo.
Este 28 de octubre de 2018 me encuentra sentado en el cordón de la vereda de la avenida costera de Maceió, en la plaza de Ponta Verde hay festejos por el Triunfo de Jair Bolsonaro. En la algarabía se destacan remeras con el rostro del presidente electo, otras de la selección verde y amarilla con la consigna “mi partido es el Brasil” y jóvenes que portan ametralladoras de cartón y todos bailan. El desfile se pudo ver desde temprano y era avasallante la parcialidad bolsonarista. En el paseo vespertino sólo identifiqué un elector de Haddad que llevaba una calcomanía del PT con el número de lista. Seguí a este "petista" hasta un barcito playero y me le senté cerca, tal vez necesitaría contención cualquiera de los dos.
El motivo de mi visita a Brasil, en este caso, responde a la participación en un simposio académico. Seguramente, en esta actividad con los docentes de las universidades estatales encontraré colegas con análisis complejos, explicaciones sentidas y abrazos solidarios. Se observa con claridad que la esperanza pasó de moda y que lo aglutinante tiene otro color, un poco más metálico y que reivindica el orden con mano dura y homofobia. La unidad nacional y el sentir popular lo expresó, durante la campaña y en su discurso matinal como presidente electo, con el color amarillo.
Pasaron quince años y la esperanza colectiva se convirtió en optimismo individualista, al medio hubo gobiernos progresistas y golpes institucionales. También pasaron cosas en América Latina y fue tema de campaña en las elecciones. Esta nueva situación política y social en el mayor país de nuestro subcontinente, traerá una impronta que se expanderá a sus vecinos y que tendrá en la economía su potencial capacidad de influencia.
*Docente Facultad de Psicología (UNC).


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