Lengua española: ¿adónde vas?

Suplementos 15/03/2019 Por
La religiosa, docente y escritora cordobesa reflexiona sobre el pasado, el presente y el futuro de la Lengua Española, aspirando a que el resultado del debate no quede entre cuatro paredes, sino que sea lengua viva en todos quienes la usamos para expresarnos.
Silvia Somare 01 © Arzobispado Córdoba

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En pocos días, Córdoba se llenará de letras y signos que, combinados de un modo determinado, se transforman en palabras, las cuales forman nuestro idioma: el español.

Así gustaremos del CILE, Congreso internacional de la Lengua Española, en donde, junto al mismísimo Rey de España, cientos de asistentes usarán esta lengua para verla desde América Latina en áreas específicas que serán Educación, Cultura, Tecnología y Emprendimientos. En una palabra, desde Córdoba, ciudad de América Latina, le preguntaremos a nuestra lengua: ¿Adónde vas?

Gabriel García Márquez diría que tiene que prepararse para un ciclo grande en un porvenir sin fronteras porque es un derecho histórico. Ernesto Sábato le advertiría que debe evitar prostituirse y que la escritura no se reduzca a un simple acto de imprimir papel moneda.

Marcos Aguinis la llevaría a expandir el lenguaje con nuevos vocablos, a inventar metáforas, a recrear fantasías y a elevar la calidad de nuestra existencia. Isabel Allende le pediría que la siga llevando al pasado de la mano de la nostalgia.

A todos estos pensamientos de autores latinoamericanos debe agregarse el nuestro: ¿Adónde va nuestra lengua? Con bastante temor y cierta verdad podríamos afirmar que retrocede en manos de los celulares. No sólo porque en los mensajes se escribe mal, acortando y sustituyendo palabras por signos y se borra la ortografía, sino porque gracias a sus aplicaciones lúdicas, cada vez se lee menos. Y mientras más se lee, mejor se piensa, habla y escribe.

La lengua española desembarcó en América junto con Colón, se expandió con los conquistadores y se reafirmó con los evangelizadores, aunque muchos de ellos como los jesuitas y los franciscanos respetaron y aprendieron las lenguas locales. Allí se dio una primera mixtura, añadiéndose a la lengua española varias palabras y modismos.

Más adelante, con las migraciones masivas desde Europa, siguieron llegando vocablos que, para algunos, la enriquecieron y, para otros, la arruinaron. Es claro el ejemplo de los argentinos que, con el voseo y el uso de los verbos, tenemos un dialecto que a algunos les cuesta entender y ni hablar de las otras jergas menores, como el lenguaje gauchesco o el de la generación Y.

Hay países como Colombia y Chile que hablan con modismos o frases costumbristas. Situaciones similares pero diversas en su estructura, van dándose hacia el norte. Muchos ejemplos se suman a los ya dados: expresarse en diminutivo, no respetar el sonido de los vocablos, o darles significados unívocos. Mientras tanto, podemos imaginar a la madre lingüística, la majestuosa España (y en particular Castilla), llorar y clamar porque sus hijos llevan a la lengua por mal camino; como si en algunos lugares apartados de esa región no ocurriera lo mismo que aquí y más aún, el caso de Barcelona, que guarda celosamente su original lengua catalana.

Nuestra lengua es hablada por más de quinientos millones de personas, y si con la colonización española entró con tanta firmeza, ahora con la colonización de la globalización, está penetrando en otros lugares impensados con más firmeza aún y como siempre vendrá un mestizaje. Y ahí también cabe la pregunta, lengua española: ¿Hasta dónde vas?

La educación, la cultura, la tecnología, los nuevos emprendimientos necesitan de un entendimiento en el lenguaje, en el aprendizaje de otros idiomas. Ahora no somos los latinoamericanos los que tendremos que aprender inglés porque esos países eran los más desarrollados, ahora ellos también necesitan de nuestro español. ¡Y todos deberemos aprender chino! Pero eso es otra historia.

Desde hace un tiempo, los cordobeses nos hemos visto invadidos desde distintos ángulos por la realización del Congreso de la Lengua y también nos surgieron preguntas: ¿Quién participa? ¿Hay que pagar? ¿Quién viene? ¿Dónde se hace? ¿Para qué sirve?

Las primeras preguntas encontrarán respuesta en un sitio web, la última es más seria.

Desde 1997 en diferentes ciudades de España y América Latina se realizan estos encuentros. El de Córdoba es el octavo y el tema expuesto no es menor como tampoco son menores sus conclusiones. Lo que a mí me preocupa es que quede en lo anecdótico, como ocurrió en el primero en donde García Márquez propuso eliminar la ortografía o en el que se realizó en Rosario en cuya clausura, de un modo inteligente, Roberto Fontanarrosa habló de las malas palabras.

Estos congresos se hacen para acordar, custodiar, expandir la lengua española. Como educadora, deseo que llegue a los estudiantes; cuando leo sus escritos a veces siento que a nuestro idioma lo perpetran, que no lo interpretan. Y si lo hablan mal y no lo comprenden, ¿cómo podremos entendernos? No tengo dudas que el Congreso de la Lengua debe desarrollarse ahora en las calles, en las familias, en las escuelas, en las universidades y cada día, no sólo por tres o cuatro en los coquetos lugares que se han destinado.

Allí se juega el derecho histórico de la lengua del que habla García Márquez, el peligro a la proscripción y a la falsa normalidad de la que habla Sábato. Así se darán las ambiciones expansivas de Aguinis y los deseos nostálgicos de Isabel Allende.

Y nunca faltará un cordobés quien, haciendo gala de su irónico humor, diga que un médico español de Galicia llegó desorientado a Córdoba, creyendo que era un congreso de especialistas en la salud de la boca de los españoles.

Porque para el humor, la lengua también debe saber hacia dónde va.

  

  

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