Talleres: Guido Herrera recogió el guante de Mario Cuenca

Tuvieron que pasar casi 20 años para que un arquero lograra consolidarse como indiscutido en la "T". Similitudes desde la personalidad, los ascensos y las copas.
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"Súper Mario" marcó una época en el Albiazul. - Foto / Archivo.

Que el arco de Talleres hoy tenga nombre y apellido consolidado casi como propiedad privada es una arista que no se repetía desde Mario Eduardo Cuenca (45 años), a fines del siglo pasado.

Guido Herrera (28), quien quizás esté transitando sus últimos días en el club de barrio Jardín de mantenerse la promesa del presidente Andrés Fassi, asentó su rendimiento con la madurez de un veterano y en silencio logró mantenerse en el más inestable de los puestos en una camiseta con presión, en base a riesgos y responsabilidades. Los separan casi 20 años de juego (y edad) pero el hilo que los une tiene la misma tesitura: mentalidad ganadora y orgullo de acero.

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Es que Herrera para colmo coincide con el mismo antecedente que Cuenca: mientras que Guido tuvo que luchar (y ganarle) el puesto al experimentado y jerarquizado Mauricio Caranta, Cuenca se adueñó de la titularidad por encima de Rodrigo Burela, quién había sido elegido para ese rol, después de ganarle a Belgrano en un clásico a pura pasión.

Más allá de que después el nacido en Del Campillo no terminó atajando en la olvidable final contra Gimnasia y Tiro, en la temporada 97-98 arrancó desde el minuto cero y no la soltó hasta su partida a Racing Club, en 2002.

El análisis en realidad marca lo complicado o lo inestable que se fue haciendo para Talleres volver a solidificar una función primordial y que contó con referentes históricos de la talla de Oscar Quiroga, Rubén Guibaudo y Ángel David Comizzo, entre otros.

Tras la salida de Cuenca, llegaron Luis Islas (apenas un torneo), Marcos Gutiérrez, Marcos Argüello, Darío Capogrosso, Catriel Orcellet y Valentín Brasca, por citar a los más reconocidos y hasta dos goleros que tuvieron destino internacional con sus selecciones: Diego Pozo (convocado por Diego Maradona al mundial de Sudáfrica 2010) y el paraguayo Antony Silva, quien disputó varias copas Américas y eliminatorias. Pero por barrio Jardín no dejaron el mejor recuerdo, dejando otra imagen diferente.

Hubo más: Leandro Requena, Matías Giordano, Federico Crivelli, Michael Etulain, Diego Aguiar, Pablo Santillo, Federico Costa, hasta que Lucas Ischuk logró el ansiado retorno a la B Nacional en 2015, tras el frustrado paso en 2013.

Pero la apuesta con la llegada de Andrés Fassi para esa campaña tomó otro viraje: llegó un arquero de experiencia como Caranta, acompañado de una apuesta: Guido Herrera. Pero con el correr de los partidos, el al principio resistido golero de pasado en Belgrano, arribado desde Defensores de Villa Ramallo, paso a paso se fue ganando la confianza del DT Frank Kudelka y el resto de la historia se escribió sola. Apenas un partido sin gloria de Caranta (lesión ante Almagro) le posibilitó jugar, mostrar y consolidarse.  Y nunca más soltó el buzo de titular hasta la actualidad.

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Herrera Lleva cinco temporadas sin objeciones, con actuaciones que incluso le valieron una citación al combinado nacional de parte de Lionel Scaloni, en la recordada gira por Arabia Saudita.

Y en parte coincido con el palmarés de Cuenca, quien en el albiazul logró la Copa Conmebol, y disputó los demás torneos continentales: Libertadores más Mercosur.

Curiosidad del destino, Herrera llegó a ser internacional al igual que Cuenca con el pasaporte  a la Libertadores dejando en el camino a Sao Paulo de Brasil (otra casualidad: Cuenca también atajó en el Morumbí en 2001 por la misma copa). Talleres volvía al plano continental en 2019 después de 17 años, con Herrera como emblema.

Más allá de las similitudes en características, carácter y hasta en pergaminos (los dos ascendieron y llegaron a copas internacionales), evidentemente el arco es uno de los puestos que más le costó consolidar a Talleres en los últimos años. Es decir, Herrera recogió el guante (de arquero) de Cuenca como un legado, un sello con cinta de capitán. Mientras palpita lo que puede ser su despedida, imposible no hallar comparaciones entre ambos, en el lugar donde más fácil es equivocarse y ser estigmatizado.

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