Laboratorios y vacunas, la memoria sigue ardiendo

Especiales - Opinión 28/12/2021 Por Néstor Pérez*
Hoy un breve pero intenso sector de la sociedad plantea entrar en batalla con quienes producen y distribuyen las vacunas contra esta peste cruel del coronavirus.
Vacunas AstraZeneca by Télam
Foto: Télam.

Somos un país dependiente. Que se retuerce sobre sus propios despojos cada cierto corto tiempo; no logramos ni con ocho años de crecimiento cavar los cimientos del desarrollo. Hoy un breve pero intenso sector de la sociedad plantea entrar en batalla con quienes producen y distribuyen las vacunas contra esta peste cruel del coronavirus. Si refriego un poco mejor mis ideas, no le confiero ni siquiera esa vocación. Apenas tocan timbres virtuales al azar y corren a buscar más incautos.

Encadenando prácticas, hechos y circunstancias, estaríamos ante un silogismo indiscutible: los laboratorios producen y venden remedios y vacunas; la humanidad se enferma y los necesita; los laboratorios lucran con los padecimientos ajenos. Alguien podría adjetivar admonitoriamente contra los barones del mercado farmacéutico; el cronista no tiene ningún reparo.

Va otro: los laboratorios hacen negocios a escala global, monumentales ingresos; algunos gobiernos intentan limitar su poder; los laboratorios vuelven estéril los esfuerzos democráticos: los voltean.

Fue el médico Arturo Illia el que tomó la iniciativa para aliviar la desmesurada carga que para los bolsillos de los asalariados, significaba el gasto en medicamentos. Su insumo clave, un informe donde se consignaba que remedios y otros gastos médicos se llevaban el 62 por ciento de los recursos hogareños. El 30 de enero de 1964 presentó al Congreso un paquete de medidas tendientes a “regular y efectuar el control del aumento de los precios de los medicamentos tanto en su etapa de producción como de comercialización”. Naturalmente, no tardaron nada las corporaciones industriales farmacéuticas vinculadas a capitales extranjeros en embestir contra el gobierno democrático radical. Una de las leyes denominadas “Oñativia”, invocando al ministro de salud de Illia, fue la 16.463, que establecía el control del Estado en las importaciones, exportaciones, producción, elaboración, fraccionamiento y comercialización de los medicamentos. Después lo conocido, con el soporte de los medios de comunicación y todo el espectro cipayo local, los laboratorios fueron a buscar al presidente, como el pendenciero del barrio al que, encima, le sobran los matones.

En esos días, hubo otra información que desnudaba un invisible fraude: del análisis de treinta mil muestras se llegó a la conclusión de que varias fórmulas no tenían los ingredientes ni las drogas que mencionaban los prospectos, autorizados por el ministerio de Salud. La Comisión de Costos examinó los precios y determinó que los remedios se vendían con un margen de ganancia superior al mil por ciento (1000 x 100). El gobierno congeló el precio de los medicamentos, los laboratorios estallaron de indignación y casi atropellaron con protestas al presidente. Sigue un cronista que repasó esa historia: “Cada uno de ustedes tiene seis meses para presentarnos una declaración jurada donde interpreten y afirmen cuál es la calidad de su medicamento y la composición de su costo de producción. Con esa documentación vamos a hablar, mientras tanto los precios siguen congelados”, ´respondió el presidente. Los laboratorios nunca presentaron ni una hoja, e iniciaron una feroz campaña  de prensa paga´”, cierra Jorge Lanata (Argentinos, pag. 245). Esa misma prensa fue el percherón donde cabalgaron las pretensiones de aquellas despiadadas corporaciones; un artículo tras otro, fueron los proyectiles con los que se perforó la débil muralla del gobierno constitucional. A las 07:20 de la mañana del 17 de junio de 1966, vulgares policías, vestidos de policías, desalojaron de la Rosada al presidente.

Somos un país dependiente. Que se retuerce sobre sus propios despojos cada cierto corto tiempo; no logramos ni con ocho años de crecimiento cavar los cimientos del desarrollo. Hoy un breve pero intenso sector de la sociedad plantea entrar en batalla con quienes producen y distribuyen las vacunas contra esta peste cruel del coronavirus. Si refriego un poco mejor mis ideas, no le confiero ni siquiera esa vocación. Apenas tocan timbres virtuales al azar y corren a buscar más incautos ¿Antivacunas?, bueno, los designemos para simplificar el trámite. Sostienen una serie de cuestionamientos, desde la más elemental práctica de la libre expresión – la que tiene a este cronista entre sus convencidos auspiciantes, naturalmente -; por ejemplo, que las vacunas contienen metales pesados, virus de mono, o que causan autismo. Ningún documento consultado para este artículo defiende esas observaciones con el rigor radical de quienes no quieren vacunarse ni lo haga su vecino.

Que se enriquece siempre el mismo señor, ah, bueno, ¡vaya novedad!  «Las cosas siempre pueden ser peores, esa es la tradición de los vencidos», ´dijo alguna vez Ricardo Piglia´, leo en el muro del escritor Marianao Pacheco. Es que esa es la verdad, para los que necesitamos vencer esta peste, vacunándonos, los dueños de la vacuna nos tienen de rehenes; pero,¿alguna vez fue diferente?…¿Recuerda alguien haber acreditado el origen y los compuestos de las vacunas del calendario?  ¿Supo alguien alguna vez si se produjeron en tiempos razonables o se aceleraron los procesos para ponerlas a la venta?…

Cuando el mundo desarrollado nos transfiere su desidia, nos echa a la cara el desdén del que se sabe privilegiado porque tiene vacunas y nos las usa, mientras asistimos a una nueva vuelta de tuerca en la maquinaria del sometimiento, nuestra obligación colectiva es aliviar el cuadro sanitario, no alimentar los contagios por la falsa épica anti laboratorios.

Una vez que esta pesadilla nos permita recordarla sin derramar lágrimas por los caídos, si ajustamos nuestras pulsiones a un conjunto de políticas públicas que perfore la tradición hegemónica de las corporaciones farmacológicas, será el tiempo de abrir hostilidades; no es este el momento; no es hoy. Hoy la consigna es revolucionaria, preservar la salud de todo un pueblo; al que le sobran dolores añejos.

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