Cine en cuarentena: estoy cansado de imaginar el fin del mundo

Cultura 04/04/2020 Por Iván Zgaib
Las películas sobre pandemias ya no parecen un ejercicio de imaginación catastrófica sino un realismo masoquista, ¿qué queda para las películas que simplemente anhelan las conexiones humanas?
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- Housekeeping (1987), de Bill Forsyth

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Especial para La Nueva Mañana

Algunas mañanas pienso que no puedo ser el único intentando escapar a la sensación de catástrofe mundial, pero los números me juegan una mala pasada.

Mi celular está perdiendo el aire por la cantidad de veces que debe chillar y anunciar mensajes reenviados compulsivamente por amigos nerviosos: enfermeras de España aseguran que la casa está en orden, médicos naturistas recomiendan entrenar con gárgaras de miel para sobrevivir calentando los pulmones, enfermeras de España aseguran que todo es un desastre y que nada ni nadie (ni ricos, ni líderes mundiales, ni runners que perfeccionaron durante años su ritmo cardíaco) podrán escapar a una tragedia abrupta y segura.

Y también están los rankings sombríos. En Netflix, los films sobre médicos gloriosos, ejércitos de virus invisibles y mundos en decadencia se han aferrado de manera sostenida y masoquista al podio de los más vistos. En otras plataformas, Contagion experimenta un revival de popularidad inédita, pero lo que hace nueve años parecía un entretenimiento paranoico ahora podría confundirse con un ejercicio más o menos neorrealista.

“La distopía es el nuevo realismo”, escribió un amigo. Lo cual me lleva a pensar que los miles de padres enloquecidos y millenials inquietos y parejas encerradas ya no pueden ver aquellas películas como un acto de imaginación disruptiva, sino como una amenaza concreta que nos acecha afuera, entre las góndolas de supermercados. “Quien imagina desastres, de algún modo los desea”, escribió el crítico Jim Hoberman invocando al fantasma de Adorno. 

Yo, por mi parte, he encontrado consuelo en ciertas películas que hasta hace poco hubieran sido entendidas como más terrenales o contenidas. Su centro emocional gira en torno a las conexiones humanas o a comunidades potenciales, pero siempre en clave de anhelo: de alguna manera, es lo que sus protagonistas buscan silenciosamente mientras se trastabillan contra el suelo. Por eso, cada vez que el cine concede un espacio de realización  se asemeja a un cuento de hadas o a una utopía soñadora. ¿Estrechar la carne viva de otra persona no es, de hecho, la forma de fantasía más descabellada que podemos augurar en este momento?

Nota al pie: ¿soy el único que se pone ridículamente ansioso cada vez que los personajes se acercan demasiado o se rozan sin lavarse las manos?

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Support the Girls




En Support the Girls (2018), la enorme película de Bujalski que no llegó a Argentina, la cámara deposita sus energías en Lisa. Ella actúa como la madre leona de la manada de chicas que tiene a su cargo en un bar deportivo, donde las pintas de cerveza tienen nombres como “Culo Grande” y los entrenamientos de mozas incluyen tácticas para huir con estilo de clientes acosadores. Lisa es la clase de personaje-guía que reúne a esas mujeres trabajadoras a lavar autos para  recolectar dinero destinado a una compañera en problemas. Es la clase de personaje-luminoso que le pone freno a los tipos peludos y gigantescos y que cuando todo parece opaco les recuerda a sus chicas: “somos una familia” (es decir: no estamos solas, nos tenemos unas a otras).

Pero lo que parece una afirmación, sin embargo, está siempre teñido de una angustia inquietante; una ansiedad que devela su naturaleza incierta. Por eso la película es cálida y a la vez incómoda. Lisa busca instalar un equilibrio y proteger a las chicas en un mundo que es reacio a sus modales sensibles. Si algo filma Bujalski es ese estado de tenacidad que sostiene la protagonista: la película es sobre luchar a contracorriente para mantener a flote una familia-elegida y es también una pregunta sobre cuánto puede aguantar Lisa sin quebrarse.

Spoiler emocional: hay un grito final que es catártico pero también esperanzador, porque une a las mujeres en esa familia tan soñada...al menos momentáneamente.

En cualquier caso, todo anhelo de comunidad encuentra su fundamento vivo en el entorno. Incluso una película como Bells are Ringing (1960), tejida en base a una visión hiper-estetizada del viejo Hollywood, deja pistas sobre ello. Hay una escena hermosa que ocurre en las calles atestadas de Nueva York: la imagen estirada del CinemaScope hace lugar para que entren los transeúntes sin nombre ni voz (apenas rostros urbanos no identificados), pero el giro dramático es que esos desconocidos empiezan a hablarse. Ella, la protagonista, empuja a su enamorado a saludar a cada caminante y el resultado es que esas siluetas dejan de ser fondo decorativo u obstáculo para avanzar por la ciudad: son personas solitarias, esperando la mirada cálida del otro.

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Hay una capa oculta que se asoma en esa escena (una suerte de observación antropológica sobre la evolución de la especie humana en la gran ciudad), cuya advertencia no sólo remite a las nuevas formas de vida urbana sino también a los coletazos de las sociedades de consumo que prometían felicidad eterna (televisores, casas en los suburbios, esposas sonrientes con aspiradoras para la foto). Vidas, propiedades y amores: todo es privado.

Que Ella trabaje en un servicio telefónico recibiendo mensajes para sus clientes es otra marca de aquella fascinación: conoce los detalles íntimos de miles de personas perdidas en puentes y rascacielos; es el oído supersónico que atraviesa la grieta entre espacios privados y públicos (un eco tierno de La ventana indiscreta de Hitchcock, donde James Stewart disfrutaba espiando a sus vecinos). Pero además, Ella no se contenta sólo con escuchar: está convencida que puede usar esa información para ayudar a que sus clientes salgan de pozos depresivos y persigan sus deseos.

Una conclusión adelantada: estas películas que sueñan con conexiones humanas no son una fantasía por el contexto del virus. Siempre lo  fueron y quizás ahora podamos percibirlo mejor.

Y no puedo dejar de pensar en Housekeeping (1987), de Bill Forsyth, donde la cosa se complica un poco: su anhelo es menos optimista que Bells are Ringing, porque la libertad de sus protagonistas está jaqueada por todo un pueblo. Ahí, de nuevo, el entorno: Ruthie y Sylvie (sobrina y tía, dos excéntricas que aman sentarse en la oscuridad y pasear de noche) están constreñidas por los ritos moralizadores de Fingerbone (saludar al vecino, acostarse a una hora / trabajar cada día para vivir en la vida).

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La fantasía de Forsyth consiste en escapar. Dejar todo atrás; huir de los policías y las señoras entrometidas de la Iglesia para instaurar una forma nueva de estar en el mundo. O en todo caso, para encontrar otro mundo posible: el de la anarquía de las montañas, los bronceados a la luz de la luna, los paseos de los vagabundos que eligen no tener techo y los niños del bosque que salen a cazar malvaviscos de noche.

Todo en Housekeeping funciona como una plegaria: que otro mundo, por favor, también sea posible.

Y esa es la fantasía que conjuran estas películas: que dos parias del pueblo o una multitud de extraños o un grupo de mujeres puedan encontrar el calor en los brazos o en los ojos o en los gritos de esos otros.

¿Cuándo nos vamos a encontrar?
La fantasía de nuestros tiempos. 

 

 

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