Falleció Ramón Gamero, ex detenido-desaparecido en el Grupo de Artillería 141

Histórico militante peronista de Alta Gracia, fue parte de la generación que lo dio todo por una patria justa, libre y soberana. Luchador incansable y ejemplo de militancia, tenía 76 años.
Ramón Gamero by Facebook Olga Gamero
Ramón Gamero (derecha), su hermana Olga y el ex viceintendente Juan Manuel Saieg. Foto: Facebook Olga Gamero

En su casa modesta de la avenida Malvinas Argentinas, Alta Gracia, Ramón Gamero saca unos papeles cuidadosamente foliados y muestra las denuncias que hizo a comienzos de la década pasada, cuando pocos hablaban sobre el ex Grupo de Artillería 141 José de la Quintana. Al entonces joven de 29 años lo tuvieron unas dos semanas detenido-desaparecido en un galpón de esa guarnición del Ejército, torturado de modo permanente con una luz blanca que lo enceguecía y con su cuerpo y mente atravesados por la incertidumbre de la sobrevida. Ramón relata hechos y circunstancias, su hermana y compañera Olga asiente; en ocasiones la operación es inversa y es la hermana menor de este histórico militante del peronismo altagraciense la que asume el rol de entrevistada.

Corría 2016, y este cronista iniciaba sus indagaciones sobre el ex GA 141, actual Refugio Libertad y señalizado gracias al valiente testimonio de Gamero y otros. Justo es destacar que fue este ex integrante de la Juventud Peronista de Alta Gracia de los primeros que se animó a contar qué le había pasado en los primeros meses de 1976 en la dependencia de 880 hectáreas dependiente del Ejército Argentino.

Peronista de ley -“mi abuelo armó la primera unidad básica de Alta Gracia, a nosotros De la Sota nos odiaba”, disparó- Ramón relató las dos semanas de terror en las que estuvo detenido-desaparecido a una veintena de kilómetros de su casa.

“Fue en un operativo grande, tenían todo organizado” describe aquella redada del 27 de marzo de 1976 que “levantó” a buena parte de la JP local, hoy casi todos fallecidos. “Mi detención se produjo en mi casa de Malvinas Argentinas 944, cuando un grupo comando irrumpió en mi hogar con uniformes y armas de guerra en dos camiones del Ejército Argentino, esposándome y maltratándome de noche, y me trasladaron al Grupo de Artillería 141 José de la Quintana”, señaló.

“En ese cuartel recuerdo haber visto a mis compañeros de militancia Jorge Amado, Luis Primo González, Enrique Chiatti, Natalio de Nápoli, entre otros compañeros cuyos nombre no recuerdo. Cuando llegamos al cuartel, a algunos los bajaron en la guardia, a otros en las oficinas y a otros en los galpones del fondo”.

A éste último lugar fue a parar el enjuto Ramón. “Me tenían enceguecido, allí sufrí vejaciones y fui humillado. Después me largaron por una gestión del padre Domingo Viera, que era conocido de la familia. Un militar dispuso que me podía ir, era de noche, salí del cuartel y me vine caminando por los campos con mucho miedo, hambre y sed, hasta mi casa”.

Al día siguiente Ramón se encontraría con la frialdad más absoluta en el Ministerio de Trabajo, donde revistaba y de donde más temprano que tarde sería cesanteado. Durante muchos años no consiguió trabajo, fue casi un paria. “La gente en Alta Gracia se me hacía a un lado, y a mis hermanitas de diez y doce años nunca más las invitaron a los cumpleaños”.

Justo a él, que durante el gobierno breve de Obregón Cano comandó la acción social en el pueblo, que fatigó los barrios más olvidados llevando una chapa, un bolsón, una esperanza.

En aquella entrevista de 2016 Ramón ya acusaba hipertensión, diabetes y cardiopatía. Olga era su escudera fiel y él, tranquilo, reconocía que “tengo achaques, pero me cuidan los médicos peronistas”. El deterioro se tornó irreversible hasta este martes 27 de septiembre, cuando este militante enorme pese a su estatura modesta falleció, a los 76 años y el mismo día en el que el Archivo Provincial de la Memoria rescataba información sensible del mismo centro clandestino donde estuvo cautivo.

Ramón Gamero tuvo varias valentías; la de testimoniar ante la fiscalía federal, la de pelear hasta el final, la de preguntarse cómo pudo ser tanto horror y tanta complicidad en aquella ciudad del Tajamar que se cruzaba de vereda, y que eligió desconocer a un centro clandestino de detención que aún espera por justicia.

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