La magia del teatro trajo aires de libertad a detenidos en el penal de Bouwer

Cultura 21/07/2022 Por Adrián Camerano
Breve crónica de una función inolvidable: la emoción de un grupo de internos que disfrutó de la obra DeSastres, en el marco del Festival Pensar con Humor.
Obra DeSastres en Bouwer by Adrian Camerano
Con 21 años de historia, la obra DeSastres llegó por primera vez a Bouwer. Foto: Adrian Camerano

“Les agradezco la alegría que nos han regalado y la tristeza que nos han quitado”. En el Complejo Carcelario Reverendo Francisco Luchesse”, al que todos llaman Bouwer, campea la emoción: el SUM del módulo 2 está colmado de teatro, arte, emociones, viajes imaginarios que hacen posible dar la vuelta al mundo en 80 días. Los 90 internos de 900 que están privados de libertad en ese edificio gris olvidan por un rato las cámaras, los guardias, las mil rejas, el contexto de encierro, la tumba. El agradecimiento hecho palabra de un detenido sobrevuela el recinto plagado de ventanucos y expresa el sentir de sus compañeros, veteranos en su mayoría, alegres por un rato, con condenas firmes pero no condenados.

Acaba de finalizar DeSastres, la obra que el grupo Cirulaxia puso en ese escena en el marco del Festival Pensar con Humor. Los actores Gastón Mori, Víctor Acosta y Carlos Possentini juegan a ser Coqueto, Paquete y Pituco, unos clowns que hacen de sastres y que a lo largo de la obra escupen palabras extranjeras sin saber, casi como los jueces que dispararon fallos a de cada uno de esos internos.

DeSastres está inspirada en “La vuelta al mundo en 80 días”, de Julio Verne, y adentra al público en lugares tan lejanos como África, América, Europa. La interpretación es eximia, los actores usan a su favor el azar y la improvisación. Se rompe el palo de un lampazo usado en la puesta y las risas abundan, un interno se anima a provocar y el actor recoge el guante, “dejame ser” le pide un payaso al otro y los aplausos retumban. El clima es tan distendido como las numerosas vestimentas deportivas, abundan escudos de Belgrano y Talleres, sobran abrazos, saludos, bromas, confesiones. “Hasta internos de 80 años tenemos acá”, cuenta un detenido tatuado antes de sumergirse en la risa, la emoción, el arte. Solo por ese goce momentáneo la logística para hacer realidad la obra en Bouwer valió la pena.

Pero lo mejor viene después del saludo final, cuando los tres protagonistas abren el juego al público para que comente, cuestione, pregunte, convide sensaciones. “Son ustedes un público especial, no solo por el lugar en el que estamos, sino porque son un público que quiere ver” comparte uno de los protagonistas, y un interno le devuelve: “No sé si ustedes son conscientes del espacio de libertad que nos dieron, nos hicieron viajar siendo que estamos en este lugar”. Un ida y vuelta rico sobre los prejuicios, el afuera, el adentro, en fin, la vida.

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