Un glaciar negro y un cerro siempre nevado, dos joyitas del sur argentino

Ed Impresa 07/01/2022 Por Vanina Boco
Saliendo de la ciudad de Bariloche, a unos 80 kilómetros, se encuentran el Cerro Tronador y el Ventisquero Negro, dos lugares que no podés dejar de conocer en tu visita a la Patagonia.
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Especial para La Nueva Mañana

La Patagonia argentina posee un abanico de paisajes coleccionables. Los adjetivos quedan cortos cuando empezás a recorrerlos, y por eso es una de las regiones más elegidas por los argentinos y extranjeros a la hora de pensar en las vacaciones.

Particularmente, la ciudad de San Carlos de Bariloche y sus alrededores concentran mucha de la actividad turística, no solo la que está destinada a los estudiantes. 

Cada vez que viajo, me gusta preguntarles a los habitantes del lugar, qué me recomiendan para visitar y eso hice cuando estuve en Bariloche. Allí, un guía local me dijo que no podía dejar de conocer el Cerro Tronador y el Ventisquero Negro, fue la primera vez que escuché que esa zona tenía glaciares y eso definitivamente me convenció.

Rumbo a la tierra prometida

Opté por contratar una excursión porque es uno de los lugares a los que no se puede llegar con transporte público. Se encuentra a unos 80 kilómetros aproximadamente de la ciudad y está dentro del gran Parque Nacional Nahuel Huapi

El trayecto es por la Ruta Nacional 40 en dirección al sur y brinda la posibilidad de ir bordeando el Lago Gutiérrez y el Mascardi, dos de los espejos de agua más bellos que tiene la Patagonia. 

Es importante chequear los horarios de ingreso y egreso del parque que van variando según la época de año. Y, además, tener en cuenta que el acceso tiene un arancel. 

La Playa Negra del Lago Mascardi es nuestra primera parada, una costa de piedras oscuras nos ofrece una postal que transmite serenidad, rodeada de cerros que le sirven de marco.

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El viaje continúa por el camino de ripio del parque, mientras un bosque alto y añoso nos acompaña a lo largo del recorrido. 

La siguiente estación es el famoso Río Manso que nace justamente en el Cerro Tronador y que a la altura del puente Los Rápidos deja ver algunas truchas en sus cristalinas aguas. Los tonos verdosos de este río hacen presagiar lo que nos espera. 

Tanto en este punto como en otros de más adelante hay proveedurías, restaurantes, campings y distintos servicios que son gestionados por privados o instituciones religiosas.

Primera vista del Cerro Tronador

El Río Manso va asomando en cada tramo del camino con un color verde claro y lechoso, y de repente, la primera imagen del Cerro Tronador aparece. Con sus 3554 metros sobre el nivel del mar es el más alto de los alrededores de Bariloche. Todo nevado, imponente, tiene la particularidad de ser compartido por dos parques nacionales: el Nahuel Huapi de Argentina y el Vicente Pérez Rosales en la provincia de Llanquihue, Chile. 
Otras características llamativas de este cerro es que alberga siete glaciares que se encuentran en retroceso debido al calentamiento global. Y su nombre se debe a que, literalmente, cada tanto se produce el desprendimiento de partes de estos glaciares y el ruido es similar al de un trueno. 

El Ventisquero Negro

Con esa imagen sorprendente, seguimos viaje y llegamos al mirador del Glaciar Manso y el Ventisquero negro. La primera vista de este lugar te deja sin aliento: un gran lago de color verde intenso, de esos que cuesta mirarlos, rodeado de montañas, un gran glaciar blanco resplandeciente que es el denominado Manso y una alfombra de color gris oscuro, casi negro, descansando sobre el agua.

Y acá viene la pregunta fundamental: ¿por qué el hielo es negro? Resulta que los fragmentos de rocas que provienen de un volcán, se juntan con el hielo del glaciar y son elevadas a la superficie con esa tonalidad.
Justo cuando todo parecía ser increíble, nuestra guía gritó: ¡Avalancha! Anticipando el sonido del trueno del cerro. Así es, el Tronador, majestuosamente tronó.

Fin del recorrido

Como si esto no fuera suficiente para volver feliz a la ciudad y dispuesta a recomendarles a todos este lugar, seguimos viaje hasta la base donde hay un restaurante y un sendero de corta duración, pero con tramos en ascenso, que nos deposita en la Cascada Garganta del Diablo.

Al final del camino, una amplia pared rocosa deja caer entre sus grietas distintos saltos de agua, algunos son efímeros, se diluyen con el viento y solo pueden verse las gotas esfumarse en el reflejo del sol. La única que cuenta con un caudal más grueso es la Garganta del Diablo que cae ruidosamente a un costado de la montaña.
Este es, sin dudas, un lugar que una agradece haber conocido y haber seguido el consejo de este guía local. Son muchos paisajes en un solo recorrido, son años de historia y una alerta por nuestras acciones en el medio ambiente. 

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