El Indio en su ruta infinita de rock’n roll

Cultura 06/08/2018 Por
En “El Ruiseñor, el Amor y la Muerte”, su nuevo disco, encara los matices de un eterno ida y vuelta entre la música que lo hizo inmenso y su presente. En un álbum que suena a final, Solari dibuja parlamentos de rock y transparencia.
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Carlos Alberto “Indio” Solari es un artista complejo, por no decir el más complejo de todos. Principalmente, por lo que representa su figura. Por la fuerte carga política que tiene la estela del último gran vocalista vivo de Rock argentino. Porque al igual que ocurría en un ya lejano pasado con Los Redondos, el conglomerado de canciones que se agrupan en discos como "Oktubre" (1986), "Luzbelito" (1996) o "Porco Rex" (2007), por citar un par de ejemplos, suelen dejar mensajes distintos según pasa el tiempo. Y porque las despedidas, “esos dolores dulces”, necesitan un tiempo de maduración. Aunque en pleno acto de incómoda sobreadulación les cuente a los amigos que “probablemente” haya una última misa, “El Ruiseñor, el Amor y la Muerte” tiene demasiado sabor a capítulo final. O al menos a penúltimo episodio.

Como en esas historias largas donde el final es condenadamente visible a lo lejos, Solari se abre en su disco más transparente en años. Mezcla nostalgia con presente continuo, Rock duro con canciones de amor. Combina muerte con felicidad, pasando de una emoción a otra, un pie más allá de la lírica metaforizada que generó miles de discusiones entre todos los que alguna vez intentamos entenderlo. El Indio es un artista complejo hasta en la franqueza de lo cristalino.

La desnudez hecha música

De entrada, lo que vemos es una foto en escala de grises de Chicha y José, madre y padre de Solari. Un simbolismo, quizás, que representa la conclusión final a una tesis de vida que arrancó en La Cofradía de la Flor Solar. Que empezó repartiendo discos hechos a mano y presentándose en Cemento hasta el día de hoy, con “Mr. Parkinson” y un camino por detrás demasiado extenso, prolífero y lleno de matices como para abarcarlo en una sola nota.

Pero desde 2016 hasta la fecha, esa metáfora con la que Solari le explicó a su feligresía en Tandil el pronto final, genera que cada momento, cada foto, cada declaración y cada nueva canción se transformen en el posible capítulo final. Un cierre, premeditado o no, de una historia que nos sobrepasa a todos.
Para el Indio, Xul Solar, Frank Zappa, Werner Herzog, John Lennon y Tom Petty, entre otros, fueron parte de la inspiración de esa historia. Por eso, sus retratos están presentes dentro del arte del disco. Moldearon el camino artístico del vocalista.

Más allá de lo visual, el disco presenta 15 canciones que van y vienen entre guitarras acústicas, paredes de distorsión, cajas de ritmos y coros eclécticos. El comienzo es una invitación al pogo. Es la clásica obertura de otra misa ricotera. “Pinturas de guerra” (una frase que entre tema y tema el Indio aullaba a finales del siglo pasado) es la excepción a la regla de que las letras tienen el significado que cada uno le quiera dar. “Todos esos jodidos que ‘retienen la vida un poquito nada más’ siempre tienen a mano las más tontas razones, para mentir a gusto siempre a gusto del poder”; es el Indio en la cima de la montaña más alta, lanzado contra los que señalaron cómo su ego terminó en tragedia esa madrugada de Olavarría.

“La oscuridad” y “El callejón de los milagros” son muestras de esa nostalgia redonda y de un disco que no da respiro en sus 55 minutos de duración. Tras el aire festivo de “El callejón…” asoma la canción que le da nombre al disco, una balada a medio tiempo, un tanto oscura y de desamor, donde se ve, otra vez, la reminiscencia al pasado con Skay Beilinson al lado. “La Gran lady existe para que vos no me asfixies, amor”, dice Solari en medio de las explicaciones que le da a un amor acabado, mientras un punteo de guitarra levemente distorsionado dibuja en tonos menores el medio camino entre “Rock Yugular” y “Beemedobleve”. Esa “Gran Lady” es la misma del rocanrol que integra “Lobo Suelto, Cordero Atado” (1993). Tres notas de piano, el susurro del Indio y el cierre abrupto de la canción más extensa (5:10) del álbum. Otra vez, el guiño a los fanáticos que van más allá de los hits, en un tema que de noche sonaría bien en casi cualquier radio. La desnudez de un artista que no quiere irse sin decir todas sus verdades.

Esas tres notas de piano son la antesala a la distorsión de “Strangerdanger”. Rock duro, porque el Indio nunca dejó de lado la fuerza para explotar versos de revolución inminente. Otra canción para graficar épocas de FMI, ajuste, represión e hipocresía, con el dedo índice de la mano derecha levantado y el codo sobre el apoyabrazos del sillón. “El martillo de las brujas (Malleus maleficarum)” continúa en esa tónica, aunque en un plan sonoro mucho más cercano a la placa anterior, “Pajaritos, bravos muchachitos” (2013).

“El tío Alberto en el día de la bicicleta” es otra letra que no se ata a una interpretación diferente que la del lisérgico viaje en dos ruedas de Albert Hoffman. “Las callecitas de Basilea seguían igual”, dice Solari, mientras el científico volvía en bicicleta a su casa luego de ser el primer humano en probar LSD, su más reciente creación. “La pequeña mamba”, “A bailar que no hay infierno” y “Panasonic y el mundo a sus pies” son más guiños al pasado ricotero, obviamente más cercano a “Momo Sampler” (2000) que a las épocas de “Un baión para el ojo idiota” (1988). Pero son “Ostende Hotel” y “La ciudad de los encandilados” las canciones que le dan un aire de despedida al disco.

“El que la seca, la llena” es la canción 15, que entre vientos y punteos parece la escena de créditos de una película con final feliz. “La banda suena tan lindo hoy” es el último verso. Con el tiempo, pienso que sonará cada vez mejor.

“Esos dolores dulces”

“Gané lo que nunca merecí” dice el Indio en “La moda no es vanguardia”. Es muy difícil decretar merecimientos. Es muy difícil separar al artista casi inmaculado de lo humano de su ego, que entre otras tragedias y contradicciones, marcó la llorada muerte de la banda más convocante de la historia musical argentina. Pero en el dulce dolor de otra despedida y a pesar de esas dificultades, vale la pena escuchar y escribir sobre la palabra de un músico tan inmenso, que solo con el tiempo conseguiremos dimensionar.

Esa inmensidad está demostrada en “El Ruiseñor, el Amor y la Muerte”, la recta final de una serie que les cambió la vida a demasiadas personas. “Ruta infinita de rock’n roll”.

Ficha técnica

  • Disco: El Ruiseñor, el Amor y la Muerte.
  • Intérprete: Indio Solari & Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.
  • Compositor: Protoplasman (Indio Solari).
  • Ingeniería y percusión: Martin Carrizo.
  • Guitarras: Baltasar Comotto y Gaspar Benegas.
  • Bajo: Fernando “Muchacho” Nale.
  • Voz: Protoplasman.
  • Saxo: Sergio “Nattycombo” Colombo.
  • Trompetas: Miguel Tallarita.
  • Coros: Marcello Figueras, Luciana Palacios y Deborah Dixon.
  • Arte de tapa: Protoplasman y Adrián Marzano.


El ruiseñor tapa

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