
Batallas culturales de base: 24 M, Ni Una Menos, el Indio
Sergio TagleLos núcleos más dinámicos de la cultura popular están por delante de la política tradicional que aspira a gobernar. Ésta oscila entre ejercer una oposición más que amigable y distinguirse del gobierno solo cuando se tornan visibles aberraciones ostensibles como Adorni, y pensar “cómo mantener el rumbo mejorando la micro”, con otra estética. Tendencias del peronismo limitan sus ambiciones a triunfar en las elecciones presidenciales del año que viene. No está claro el “para qué gobernar” Y sigue ausente un proyecto estratégico que produzca transformaciones estructurales que -en tanto tales- perduren en el tiempo.

Lo que supieron hacer.
El proyecto refundacional gobernante conquistó zonas de un sentido común popular que surgió de los restos agonizantes del viejo Estado de Bienestar. Éstos dejaron vacíos que fueron ocupados por el mercado, cuyas lógicas imprimieron sus marcas a nuevas subjetividades políticas, descifradas y traducidas en palabras, imágenes y símbolos por Javier Milei y el mileísmo. Lo que conocemos como “batalla cultural” no es algo que nació y ocurre (solo) en redes y streamings. Fue la capacidad que tuvo el actual oficialismo nacional para enlazar nuevas concepciones del mundo derivadas de condiciones materiales de existencia, con un discurso y un proyecto autoritario en lo político, reaccionario en lo cultural, semicolonial en lo económico y opresivo en lo social. Y la falta de percepción de la nueva realidad; de imaginación y voluntad política del último kirchnerismo para realizar operaciones análogas en un sentido inverso.
La autonomía crítica de lo subalterno.
Las batallas culturales triunfantes (las que interesan desde un punto de vista liberador) no son las que se libran “desde arriba”, desde el Estado. Ni se limitan a combates discursivos. Las clases y grupos que aspiran a dirigir un rumbo estratégico deben tener el talento para enhebrar insatisfacciones y deseos sociales con una narrativa alusiva a un horizonte utópico, que contemple un tránsito con mejoras inmediatas para las condiciones de vida de las clases y sectores populares. Esta sigue siendo una tarea sin realizar por parte de la oposición popular mejor posicionada para las próximas elecciones presidenciales, hoy el peronismo.
La situación socioeconómica y cultural es propicia para que una fuerza nacional-popular-democrática vertebre estos dos niveles del todo social y exprese corrientes que fluyen en las bases de la sociedad para orientarlas hacia un horizonte de libertad política e igualdad social.
En el plano de lo material, la vida se vuelve imposible. La responsabilidad de este sufrimiento social, ya no es atribuida a ninguna herencia, sino al gobierno y al presidente en particular. Zonas de la cultura popular, por su parte, muestran signos de vitalidad y resistencia. El 24 de marzo sigue siendo una trinchera inexpugnable en defensa de la tradición político-cultural que lucha por memoria, verdad y justicia respecto de la dictadura. Lo propio ocurre con la universidad pública. Ni Una Menos recuperó la masividad de los comienzos. El femicidio de Agostina expandió la sensibilidad ante las violencias de género más allá del activismo feminista. Esta militancia no pudo ser doblegada por la guerra ideológica que declaró el gobierno. La repercusión por la muerte del Indio Solari, equivalente al duelo popular por los grandes líderes políticos de la historia argentina, desconcertó a quienes estaban convencidos de que la rebelión era solo de derecha y en forma definitiva. Individuos meritocráticos o “mejoristas”,[1] convencidos de que la suerte personal depende exclusivamente del propio esfuerzo, encuentran remedos de manifestación colectiva (pero expresión al fin) en encuestas y redes: los apoyos a Milei se van reduciendo a su núcleo más rígidamente ideologizado.
Qué programa, qué proyecto
La política convencional solo encuesta esta situación social y cultural, apenas, para ganar las próximas elecciones. De lo que se trataría es de formar un nuevo "bloque histórico" [2]que articule a la población considerada sobrante por el actual modelo social, económico y político, con expresiones progresivas, ya existentes, de la cultura popular, para inferir de ellas un proyecto político.
La coyuntura argentina nos demuestra que las clases dominantes gobiernan, sí, mediante las fuerzas represivas del Estado. Pero también, y en grados no menores, a través de una hegemonía cultural, esto es, un consenso conquistado en la sociedad civil que transforma en “natural”, lógica e inevitable a la ideología de los opresores. Por lo tanto, como lo entendió hace más de una década la ultraderecha, no hay transformación política profunda y duradera sin una batalla cultural. Esta dimensión de una estrategia antagónica, en esta fase de regresión civilizatoria que padece la Argentina, debiera conquistar el sentido común mayoritario desmontando el definido por el posfascismo, al tiempo que recuperando y potenciando ideales de justicia e igualdad social que emergieron en los mejores momentos de nuestra historia. Y que sobreviven en la memoria de los caídos en combate en contra del oprobio dictactorial; en el repudio a la violencia machista y la solidaridad con sus víctimas; en estudiantes y docentes; médicos de hospitales públicos; en nuevas y viejas expresiones del rock; en una multiplicidad de resistencias sindicales todavía no vinculadas entre sí. Quien quiera oír, puede hacerlo. Debe escuchar y mirar hacia abajo. Allí ocurren cosas más interesantes que sus roscas fatigantes y carentes de sentido para las mayorías sociales.


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