La cultura política boliviana, en este rato histórico, es contracíclica. La ciudadanía no está conformada ni actúa como un conjunto de individuos aislados.  Las personas se desempeñan como parte de un colectivo popular que desborda las ya poco menos que arcaicas instituciones liberales conservadoras. Desafían la idea de que la política pertenece exclusivamente a las élites de profesionales del poder. Demuestran la capacidad de las clases populares para frenar políticas estatales antidemocráticas e inconstitucionales. Bolivianos y bolivianas están dictando clases de educación cívica al mundo. Argentina, claro, incluida.