Insilio: el dolor silencioso de los que en dictadura no se fueron

A poco de cumplirse 39 años de democracia ininterrumpida, la lucha por Memoria nutre su existencia con nuevos protagonismos. Proyecto “Insilio, una herida en el tejido social”.
Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas
“la característica principal del insilio es el silencio y el aislamiento, el no poder ponerle palabras a esa condición”. Foto: gentileza

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 DERECHOS HUMANOS

“Insilio, una herida en el tejido social” es una iniciativa que pretende incorporar la palabra de un actor social que, por propia decisión o por no tener otra opción, se quedó en el país durante el terrorismo de Estado y sufrió una persecución silenciosa y perpetua.

“Eso deja una marca, una herida, que en principio es subjetiva, pero al afectar a una población suficientemente grande, se convierte en un trauma social”, alega María del Carmen Torres, integrante de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas de Córdoba, la organización promotora.

Poner en palabras

“Insilio es casi un neologismo, porque solo está usado en la literatura o en textos referidos a cuestiones subjetivas, personales. Tiene que ver con situaciones análogas al exilio, pero sucedidas en el mismo territorio. Adoptamos esta palabra para referirnos a una población invisibilizada durante la dictadura y el período de construcción de memoria que comenzó después”, señaló.

Torres se reconoce dentro de este colectivo, compuesto por “quienes fuimos víctimas, perseguidos o afectados por el terrorismo de Estado y nos quedamos en el país, porque decidimos quedarnos o porque no tuvimos otra opción”. Subraya que “la característica principal del insilio es el silencio y el aislamiento, el no poder ponerle palabras a esa condición”.

- ¿Cómo surgió el proyecto?

- Desde la Comisión de Prensa de Familiares, que somos seis mujeres que llamativamente todas hemos vivido el insilio. No somos ni ex presas ni hemos estado secuestradas, pero sí las seis nos dimos cuenta en un momento que habíamos sido víctimas y que cada una lo había vivido de una manera diferente. Entonces empezó a madurar la idea de que visibilizar este colectivo tiene que ver con completar un aspecto más lo que fue el terrorismo de Estado.

El grupo contactó al Centro de Investigaciones María Saleme de Burnichón de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, que colaboró en la búsqueda de material teórico y en las entrevistas y su sistematización. También se sumó el Archivo Provincial de la Memoria, y la idea es generar encuentros de cierta periodicidad que permitan habilitar la palabra para que las historias de insilios puedan salir a la luz. “Y en ese proceso, la producción de algún tipo de material, que puede ser un podcast, un libro”, desliza Torres sin pretensión de respuestas saldadas. Sí afirma categórica que el objetivo central es tener cierta representatividad en el trabajo por Memoria, Verdad y Justicia.

- ¿Cuándo surgieron estas primeras inquietudes?

- En 2019 empezaron las preguntas. La pandemia nos puso un paréntesis, pero seguimos charlando e investigando virtualmente, relacionándonos con la gente de la Escuela de Historia y desarrollando las primeras entrevistas. Y a partir del último año empezamos a trabajar con el Archivo y a darle forma más definitiva.

Salir del ropero

Para la presentación formal de “Insilio”, uno de los textos que se comparte es el que escribió Olga Acosta, una de las impulsoras del proyecto, quien falleció en 2020. Compañera de vida de Miguel “Chicato” Mozé, fusilado en la UP 1 en 1976, y madre de Martín, a quien crió mientras trabajaba en el Ministerio de Educación y sostenía una militancia barrial que nunca abandonó. Torres sitúa a Olga Acosta como una figura insoslayable en la lucha por los Derechos Humanos.

Con la difusión del correo electrónico [email protected], comenzó a llegar desde hace algunos meses una decena de historias que traspasan las fronteras de la provincia.

“Aparecieron relatos de gente que no conocíamos. De niñas y niños insiliados de Santiago del Estero. También de Comodoro Rivadavia”, repasa María del Carmen Torres, pero se detiene en la historia de una mujer de Río Cuarto, que pasó cinco años escondiéndose en un ropero.

“Tenía 18 años cuando le secuestraron a su compañero, que era dirigente sindical, delegado de los no docentes de la Universidad. Ellos habían venido a Córdoba escapando de la persecución. A él lo secuestran. A ella no”.
La joven tenía una hija pequeña, con quien vivió en casa de su madre. “Cuando alguien llegaba a su casa, ella se escondía en un ropero. Su hija, que era una bebé cuando secuestraron a su marido, creció teniendo que decir que sus padres no estaban. Su abuela era la que se encargaba de su escolaridad y socialización”, repasa Torres.
Ni siquiera los parientes cercanos sabían que ella estaba ahí. “De noche se encargaba de las tareas domésticas y de día estaba encerrada”, narra y reflexiona: “Esto de encerrarse adentro del ropero me resulta muy paradigmático”.Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas 2 copy

Con los años, la mujer desarrolló problemas psiquiátricos, tuvo muchas internaciones y situaciones muy graves; falleció en 2020, víctima del Covid.

La hija testimonió en la megacausa La Perla y pidió un reconocimiento para su madre, como víctima del terrorismo de Estado. “No hay una categoría de reconocimiento del carácter de víctima para esta población; eso es algo que la caracteriza”, analiza Torres.

Sanar colectivamente

En la puesta en palabras de estas historias y en su incorporación al corpus de análisis de las secuelas de la dictadura hay no solamente un acto de justicia y reparación para la persona insiliada, sino también una nueva oportunidad de apuntalar el compromiso social con el nunca más al terrorismo de Estado.

Con el negacionismo y la teoría de los dos demonios disfrazados de novedad, las voces insiliadas nutren de complejidad los debates por la defensa irrestricta de los Derechos Humanos: como lo hacen los nietos y bisnietos de las Madres y Abuelas, que pueblan las marchas, los tribunales y los ex centros de exterminio reconvertidos en espacios de memoria; y también las historias desobedientes de hijas e hijos de genocidas que confrontan el mandato familiar y plantan bandera en contra de sus progenitores.
La memoria vence al olvido en cada uno de esos actos.

  

 

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