Dulce y sensual Hong Kong

Cultura 16/04/2021 Por Iván Zgaib
El foco de Wong Kar-wai en la plataforma de MUBI nos acerca a uno de los autores más singulares del cine contemporáneo: un poeta dedicado a capturar las almas solitarias y la energía de Hong Kong.
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Wong es, en esencia, un gran regulador de intensidades. Foto: gentileza.

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Especial para La Nueva Mañana

Si alguna vez dudaron de los médicos y gurús que celebran los treinta como la cúspide de la vida, Wong Kar-wai podría darles un argumento convincente para creer en ellos. En 1988, unos meses antes de volverse un treintañero, Wong estrenó As Tears Go By y no volvió a dar respiro por doce años. Siguió filmando tiempo después, pero nunca con el aliento y la destreza de aquella época: siete películas concebidas hasta el cambio de siglo, deslumbrantes por su ritmo vertiginoso pero sobre todo por haber marcado un trayecto tan claro, con movimientos tan sentidos y meticulosos. El refinamiento de un estilo personal que pegó un salto olímpico más allá de la isla de Hong Kong, logrando soplarle el cuello al cine de todo el planeta. 

Las películas jóvenes de Wong filmaban a la juventud. Gángsters incestuosos, policías con el corazón roto, chicas adictas a las canciones pop de la radio. Eran prisioneros de la noche, arrancados de sus sueños por ataques repentinos de soledad, por el anhelo febril de encontrar a alguien más, otro chico sudoroso, otra chica con insomnio, algún romántico fatal perdido en los relámpagos de neón de la ciudad. 

Las películas restauradas de Wong Kar-wai pueden verse en la plataforma de streaming MUBI. 

Wong exhibía una sensibilidad peculiar para conjugar esos melodramas pulp, pero la clave de su talento siempre fue más subrepticia: la capacidad de escurrir las acciones lineales y los hechos bombásticos de sus historias, para convertir las películas en objetos palpables, que uno sintiera que podía acariciar. 

Todo estaba ahí, en la superficie. La exacerbación de los colores (como el aura verde pantanoso que inunda las imágenes en la restauración de Con ánimo de amar), las composiciones pictóricas de los espacios (desde los departamentos grises a las calles abarrotadas de Hong Kong) y la aceleración o ralentización de los cuerpos, que transfieren la sangre de los actores y de la ciudad a la física de los films. Porque Wong es, en esencia, un gran regulador de intensidades. Él manipula todas las variables de la imagen y los sonidos para crear una forma especial de respirar. 

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La poética de Wong consiste en un acto de sensualidad, una erótica que se descubre en la superficie de las imágenes y sonidos; en su manera de exhibirlas, como si emulara el ritual de un amante paciente.

Con ánimos de amar, la contorsión cúlmine en esa carrera noventosa, es ejemplar de la técnica del director. Se trata de un argumento que podría estar implosionado por la histeria dramática: Chow y Su viven en una pensión y descubren que sus respectivas parejas los están engañando. Pero Wong trata el drama como una delicada lámina de arroz. Más que giros y suspenso romántico, dirige la atención hacia un fetiche por el decorado, los objetos, las telas y colores que envuelven a sus personajes. Así utiliza todas las estrategias posibles para detenerse en esos detalles: desliza la cámara desde los amantes abrazados hasta una cortina roja que sopla el viento, trepa por la espalda de Su rozando la textura de cráteres pequeños que traman su vestido, frena la velocidad de los cuerpos cada vez que los vecinos se cruzan bajo los recovecos compartidos de la pensión. 

La poética de Wong consiste en un acto de sensualidad, una erótica que se descubre en la superficie de las imágenes y sonidos; en su manera de exhibirlas, como si emulara el ritual de un amante paciente. Se toma su tiempo para cada roce, para cada descubrimiento de la piel. La erótica de Wong significa justamente eso: que el cine se entiende como un cuerpo que nos toca y nos conmueve. Y esa filosofía es profundamente compatible con el drama del film, donde Su y Chow se acercan poco a poco, insinúan con entregarse uno a otro pero lo hacen lentamente y nunca hasta el fondo.

Las películas de Wong también se componen en base a motivos visuales y sonoros repetitivos, lo cual les otorga una cualidad musical (casi como los coros angelicales del pop que sobrevuela su obra). Con ánimos de amar lo exacerba al modo de un ritual, una danza de seducción y ocultamiento a la que se comprometen sus personajes. Están las rutinas en el trabajo justo antes que Chow y Su vuelvan a encontrarse. Están los rituales en la pensión donde Chow y Su deben fingir ante sus vecinos chismosos. Ahí, todos se mueven por vasos comunicantes: una casa cuyas distancias son demasiado cortas para tragarse el deseo sexual, los pasillos demasiado abarrotados para esconder un secreto. Wong los mira y nos pone a mirar de lejos, a través de cortinas floreadas y ventanas transparentes y rejas carcelarias. Somos otro vecino que espía las vidas de al lado.

La clave de su talento siempre fue la capacidad de escurrir las acciones lineales y los hechos bombásticos de sus historias, para convertir las películas en objetos palpables, que uno sintiera que podía acariciar. 

La lucidez, entonces: entender que el cuerpo del cine libera las emociones. Pero también, que la lógica de la repetición siempre adquiere un sentido distinto para cada uso y para cada película. En Chungking Express, uno de sus logros maestros durante los ‘90, se escucha continuamente la canción California Dreamin’. En principio, cobija las imágenes con las voces soñadoras y su  promesa de calidez, pero pronto la repetición se torna insufrible. La excitación deviene en tedio, la música en ruido, el rito en rutina.

No es menor que esos sonidos burbujeantes se encadenen a toda una serie de signos urbanos: la piña enlatada, los carteles vibrantes de Mcdonalds, la omnipresencia divina de Coca Cola (¡en las luces de neon, en los vasos de plástico, en los sueños de la gente!). Las imágenes condensan, a su manera, las tensiones entre Oriente y Occidente; una vida moldeada por la cultura globalizada. Y semejante observación conlleva una pregunta, bajo la forma de una esperanza abierta: ¿pueden dos personas sentir el temblor de sus cuerpos, pueden enamorarse en una ciudad plastificada, en un mundo de emociones en lata?

Wong, un documentalista fantástico de las transformaciones de Hong Kong, es además un soñador que entrevé pequeños resquicios. Esquinas que crujen. Pequeñas grietas de oxígeno donde los jóvenes se pueden recostar. Encontrar consuelo, al menos por unos segundos. Como nosotros en su cine. ¡Adiós vida de conserva!

 

 

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