Lecciones de sexo en el monoblock

Cultura 05/02/2021 Por Iván Zgaib
Las mil y una, el film nuevo de Clarisa Navas, es una epopeya de iniciación de adolescentes queer en un barrio de monoblocks en Corrientes. El sexo: una fuerza incontrolable, que ni los adultos pueden explicar a sus hijos.
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El film trata sobre la iniciación de adolescentes queer en un barrio correntino de monoblocks. Foto: gentileza

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Especial para La Nueva Mañana

En los papeles, Las mil y una podría sonar como una película cualquiera. Una película de adolescentes, de las que vimos una y mil veces. De adultos que se desvanecen como fantasmas o que directamente hablan un idioma extraterrestre para sus hijos. De chicas y chicos confundidos. Mareados por el gorgoteo ácido de sus cuerpos. Golpeados a mazazos por preguntas de un existencialismo abrumador, como: ¿alguna vez va a besarme?, ¿quién quiero ser en la vida?, y ¿va a pensar que soy un idiota si le pido que se ponga un forro antes de chuparle la pija? 

Las mil y una podría sonar, en los papeles, como una película más. Pero por suerte no es una película de papel. Es una película viva, en el mejor de los sentidos posibles: una película que conoce los secretos de la cámara para extraer un fuego misterioso de las personas y de los lugares reales; no para imponerles a la fuerza un drama externo, sino para crear una relación simbiótica, inseparable, interdependiente. El drama, con sus motivos universales rayados. Y el mundo, con su corriente implacable, que no es otra cosa que el azar, el accidente, la espontaneidad que se nos presenta como un milagro inmaculado.

La primera escena que me llamó la atención aparece en el minuto cinco. Darío, una de las puntas brillantes del trío de amigos protagónico, está bailando una canción de Sandro (yo quiero vivir como las aves / que no pueden atraparse, ni alcanzarse). Se ve extasiado, con los ojos dados vuelta hacia un mundo interior paralelo. Parece estar actuando sobre un escenario, frente a una marea de fans mojados, antes que en el cuarto de un monoblock en la provincia de Corrientes. 

Sí, claro, el cine está lleno de adolescentes bailando en la penumbra de sus cuartos o en la soledad de una noche en que sus padres los dejaron para ir a la fiesta de fin de año de su empresa: Tom Cruise en Risky Business, Emma Stone en Easy A, Britney en Crossroads. Es parte de ese imaginario pop adolescente, tan clasemediero: sentir que uno finalmente cabe en su propia piel, sólo cuando no hay otro que esté mirando. Pero lo particular de la escena de Las mil y una es que Darío nunca está completamente solo. Lo vemos en un pasillo común de su casa, apretujado por las paredes, interrumpido cada tanto por su madre y por su amiga Iris, que pasan de un cuarto a otro. 

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No hay nada como ese “derecho” a estar solo, al menos por unos segundos, en un espacio de privacidad, porque el espacio que filma la directora correntina Clarisa Navas permanece abierto. Son fronteras difusas, maleables; entre lo público y lo íntimo, entre jugar en la canchita de básquet y hacerle la paja al vecino. La adolescencia de Iris, Darío y Ale toma forma en esas coordenadas precisas, en el universo popular de un barrio de monoblocks en la Argentina profunda. En una arquitectura que hace que la película vibre (así, como vibran los cuerpos). Un nervio que brota y moviliza la ficción.

Navas da contadas muestras de esa inteligencia sensible. Los amigos conversan sobre sexo en un dormitorio, pero eso no los recluye del resto. Siempre hay sonidos ajenos, señales del mundo externo que irrumpen en el espacio entre los cuerpos: los cantos de un heladero vendiendo en la calle, o los gritos de una madre que saca a patadas a su marido en el cuarto de al lado. Darío puede estar teniendo sexo por webcam en su pieza, pero de repente entra Iris, y al rato aparece su hermano Alejandro. El plano que los encuadra a los tres es cerrado y estrecho (la medida justa entre el amor y la asfixia), de tal manera que el cuarto se ve más chico y los chicos se ven demasiado juntos, como si pudieran sentir el calor que emana cada uno de sus cuerpos.

Hay mucho que decir sobre la importancia de eso, de la ola expansiva (¿invasiva?) que hace confluir las esferas de lo público y lo íntimo. Primero: que la película de Navas elude una narración centrípeta, ordenada. Más bien se mueve con el fluir de una sensación, de una experiencia. Y esa experiencia popular tiene que ver con la arquitectura del barrio y esa arquitectura tiene que ver con cómo se tejen los vínculos afectivos. Segundo: que el drama, por más desestructurado que sea, existe y se alimenta de esa tensión. Iris está enamorada de Renata, la chica mala del barrio. Una criatura de la noche, acusada por los vecinos de cometer atropellos propios de una profanadora serial. Ser lesbiana y encima caer en las redes de la reina araña: esa es la marca doble de Iris, expuesta al desnudo ante los ojos que lo ven todo, que lo saben todo. Un juicio a cielo abierto.

El otro aspecto conmovedor, que hace aún más palpable aquellas vivencias, es la crudeza de Navas para filmar la relación de los adolescentes con el sexo. Una de las mejores escenas tiene lugar en los recovecos oscuros del monoblock, donde los pibes juegan a las escondidas como una excusa para apiñarse detrás de alguna pared descascarada y terminar cogiendo. Se manosean de una forma desmesurada: salvaje, como si fueran poseídos por una fuerza primitiva, pero también con una torpeza emocionante. Y cuando hablan de sexo (todo el tiempo), las palabras tienen ese peso extraño. De la fijación por una pulsión que los acecha; que no pueden evitar pero tampoco comprender por completo (Darío googlea en Internet una y otra vez: cómo coger con chicas con HIV / Cómo coger con chicas lesbianas / Cómo coger sin contagiarse).

Hay algo tierno en aquellas escenas, pero se trata también de una ternura demoledora. Quizás, porque revela la fragilidad ante la cual se ven expuestos todos los personajes. Las madres y las tías están ahí: hasta donde pueden, hasta donde les sale. Y a cada paso, los chicos parecen correr algún peligro. La golpiza a manos de las hienas babosas del barrio, o un virus deslizándose en el encuentro de una pija y una boca. 

Nadie expresa mejor esos temores que Iris. “Yo soy un ángel”, dice,  y se aferra a una pelota de básquet como un punto de equilibrio; un pasaje de rescate para no convertirse en otra figura trágica de un barrio olvidado. Por eso cuando ve a Renata, que camina por las calles como una pantera sonámbula, no quiere creer lo que la gente dice de ella. No puede tener sida, no puede coger para juntar plata, no puede juntar plata para comprar drogas nuevas. Renata no puede ser todo eso porque si es así, Iris no puede salvarla. Y si no puede salvarla quizás no pueda salvarse a sí misma. 

Para lo trágico que pueda sonar todo esto, Las mil y una ensaya una mirada afectuosa, despojada de la perdición derrotista que filma a las clases populares para hacernos sentir una lástima tranquilizadora. Las criaturas queer de Navas tienen dignidad, tienen deseos. Se enfrentan al mundo como una estampida de goce y abrazos de empatía.

Abrazos: la película está llena de ellos. La cercanía de los cuerpos (esa tierra donde lo privado y lo público mueren) no es necesariamente un castigo. Puede ser una contención, puede ser un salvataje. Aunque el mundo tiemble, Iris y los chicos se tienen a ellos. Sus cuerpos pequeños de mármol, dispuestos para sostenerse entre las ruinas.

* El film se ve por streaming en Cine Ar Play.

 

 

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