Palabras prestadas: “Las viejas historias alrededor del fuego se contarán”

Cultura 07/02/2020 Por Barbi Couto
En Palabras Prestadas de esta edición recuperamos fragmentos de obras en recuerdo del nacimiento de María Elena Walsh y la temprana partida de Liliana Bodoc.
María Elena Walsh y Liliana Bodoc
A Maria Elena y Liliana las palabras les obedecieron siempre. - Fotos: Gentileza

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Especial para La Nueva Mañana

MARÍA ELENA WALSH Y LILIANA BODOC

Una acompañó mi infancia, con cuentos y canciones. La llenó de juego y de color. Un poco de jeringozo, alguna tortuga diminuta y la nieve del jacarandá me llevarán a los diez años y a las tardes de bici en Plaza Colón. La otra irrumpió en medio de mi adultez para hablarme de amor, guerra, muerte y magia con palabras suaves, las más amorosas que pude escuchar alguna vez. Ambas hacían con el lenguaje lo que querían. Las palabras les obedecieron siempre y así crearon mundos poéticos para nosotros. Cuando queremos reír, jugar, vivir, incluso apañar el dolor o encontrarnos en el otro. “No hay mejor hogar que un abrazo” le dice a Zhang un sabio en un cuento de Liliana. Otro narrador quizás respondería “porque aprendió, de tanto andar la tierra, que el Odio retrocede cuando los hombres cantan”. Y entonces les convido estos fragmentos, mis favoritos, mientras me voy cantando bajito: “Al este y al oeste / llueve y lloverá / una flor y otra flor celeste / del jacarandá. / La vieja está en la cueva / pero ya saldrá / para ver qué bonito nieva / del jacarandá”


* * *

El señor enanito Carozo Minujín saltó de la carroza y me ofreció gentilmente su mano para ayudarme a bajar. 
Yo me desenrollé como pude y salté a tierra. Miré bien a mi alrededor y pregunté desilusionada:
—¿Esto es su famoso bosque de Gulubú? 
—Este mismo —contestó muy orondo.
—Pero yo no veo ningún bosque —dije.
—Supisiche —respondió el enanito cosa que nos tranquilizó bastante.
Cuando todos estaban a punto de hacer pucheros, el enanito dio unos pasos y dijo varias palabras mágicas, que creo eran más o menos así:
—Chímpiti chámpele bámbili búmbele.
Y se fue a tironear de unos alambres. Nosotros creíamos que estaba loco.
Pero no. 
No solo no estaba loco sino que los alambres eran mágicos, y en cuanto los tiró ¡zápate!
¿Ustedes vieron esos libros-sorpresa que cuando uno los abre aparecen las figuritas de pie? 
Bueno, igualito es el bosque de Gulubú. Está planchado en el suelo, y cuando su dueño tira de los alambres, los árboles y los yuyos y las casitas y los bichos aparecen todos como diciendo: 
—Aquí estamos. Estábamos jugando a la escondida.

(“Dailan Kifki”, María Elena Walsh)

* * *

Me dicen los naipes que hubo un adiós.
Viorica sabía muy bien que algunas palabras eran acertadas para cualquier vida. Y que todos los que se sentaban frente a ella traían un dolor viejo y una esperanza para después.
—¿Le dicen los naipes si él vive todavía?
Viorica había aprendido que el límite que separa la verdad de la mentira es incierto. 
—Me dicen que aún vive…
—¿Y sigue viajando por mar?
Ciertos descuidos son ventanas por las que los adivinos miran el pasado de las personas. Doña Lupe dijo mar, y así le dio a Viorica la posibilidad de seguir diciendo mentiras que bien podían ser verdades.
—El as de espadas es autoridad; quizás sea capitán de un barco. 
Entonces Doña Lupe recordó la tarde en que fue abandonada. Recordó un casamiento, años más tarde, con un buen hombre que jamás la cambiaría por el mar. Recordó que a partir del día de su boda, se sujetó el cabello en un rodete tieso.
—Veo a una mujer triste —dijo la anciana húngara—. Tan pero tan triste que parece mala.
Doña Lupe advirtió que se le había caído el labio inferior. De inmediato, trató de rehacer su estampa de madre de ingeniero que jamás de los jamases consultaría hechiceras.
—La verdad es que yo no venía por nada de esto. En realidad, quería saber si mi hijo vendrá a visitarme en la próxima Navidad.
Esa era la esperanza para después.
—Seguramente usted llegó hasta aquí para saber si su hijo vendrá a visitarla en la próxima Navidad —dijo Viorica. Y desarmó las hileras para indicar que había terminado—. Pero los naipes son caprichosos.

(“Diciembre Súper Álbum”, Liliana Bodoc)


* * *

quí estamos por fin! —dijo vieja Kush—. Quítense los mantos y vayan cerca del fuego. 
Dulkancellin colgaba su abrigo cuando vio la caja de madera labrada que aparecía con la lluvia y desaparecía con el sol. Sonrió para sí y levantó la voz hablándole a Kush que trabajaba en el fuego:
—¿Qué sacarás esta vez de tu baúl?
—Quién puede saberlo —respondió su madre.
Cada familia husihuilke conservaba un cofre, heredado por generaciones, que los mayores tenían consigo. En él se guardaban recuerdos de todo lo importante que había ocurrido a la gente del linaje familiar a través del tiempo. Cuando llegaban las noches de contar historias, el más anciano sacaba del cofre lo primero que su mano tocaba, sin vacilar ni elegir. Y aquel objeto le señalaba la historia que ese año debía relatar. 
Los husihuilkes decían que la Gran Sabiduría guiaba la mano del anciano para que su voz trajera desde la memoria aquello que era necesario volver a recordar. 
—Pienso en las viejas historias que quedaron para siempre dentro del cofre —dijo Thungür—. Si nadie las contó, nadie las oyó. Y si nadie las oyó…
—Nadie las recuerda —completó Kush—. Siempre repites lo mismo y me obligas a repetir a mí. Cuando algo ciertamente grande ocurre suelen ser muchos los ojos que lo están viendo. Y muchas las lenguas que saldrán a contarlo. Recuerda esto, las viejas historias que jamás se cuenten alrededor de un fuego, alrededor de otro se contarán.

(“Los días del venado”, Liliana Bodoc)


* * *

Tantas veces me borraron
Tantas desaparecí
A mi propio entierro fui sola y llorando
Hice un nudo del pañuelo pero me olvidé después
Que no era la única vez
Y seguí cantando

Cantando al sol como la cigarra
Después de un año bajo la tierra
Igual que sobreviviente
Que vuelve de la guerra

(“Como la cigarra”, María Elena Walsh)

 

 

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