La vida simple - Martita

Cultura 13/10/2019 Por
“La vida simple” es una serie de pequeñas crónicas que intentan capturar la experiencia sensible de lo cotidiano. A partir de breves encuentros con taxistas, cirujas, naranjitas, presos, porteros e inmigrantes, cada crónica busca plegar la experiencia de realidad de todos los días para sacar de ella un fotograma de vitalidad y un sintagma de sabiduría popular.
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Especial para La Nueva Mañana

En la puerta de Madres de Plaza de Mayo duerme una mujer diminuta. Se llama Martita. Tiene la cabeza envuelta en un pañuelo rojo de flecos deshilachados, que le caen sobre la frente como hilos de sangre. Todas las noches, alrededor de las siete, Martita se sienta a esperar que se haga más de noche, que la gente se vaya.

Cuando eso pasa, los guardias colocan las rejas y Martita, arrastrando su carrito lleno de porquerías, se mete adentro de su jaula. Muy pacientemente, saca unas bolsas de consorcio todas rotas, y empieza a cubrir las rejas. Se toma su tiempo. Nudito acá, nudito allá, arma su nido negro. Anoche, en el medio de ese proceso, me arrimé a charlar con ella. Martita me señaló la Plaza Congreso, donde hay una calesita abandonada, que muchos chicos usan para protegerse de la noche.

“Ahí enterraron algo”, me dijo Martita. “Vinieron unos chicos con unas palas, y enterraron algo”. No, Martita, no vino nadie, quedate tranquila. “¿Vos sos el de la mano vendada que se sienta ahí y me mira cuando duermo.” No, Martita, yo soy Nacho. “A ver, dejáme pasar que voy a envolver la plantita”. En la puerta de Madres, hay canteros secos donde solo queda vivo un arbusto raquítico. Martita, todas las noches, le comparte un poco de su nylon, y así sobreviven a las heladas. Ella y la planta. Martita, que tampoco tiene qué comer, todas las tardes se arrodilla en la vereda y le tira arroz a las palomas. Las palomas, entonces, se amontonan alrededor de los manojos de comida. Martita, paciente y amorosa, las mira. Las mira y las mira, hasta que ve una media rezagada del resto, alguna que camina media clueca o está flaca por demás. Entonces aprieta los labios, entrecierra los ojos y se le tira encima.

Con una rapidez asombrosa, antes de que la paloma pueda tomar vuelo, la agarra del cuerpo y con la mano libre le gira la cabeza hasta arrancársela. Después tira la cabeza, y mete el cuerpo adentro de una bolsa, donde acumula otras tantas. A la noche, una vez cubierta la plantita, se pone esa misma bolsa debajo de la cabeza, y duerme tranquila. Y sueña que la miro y que tengo una mano vendada, hasta que llega el sol, desarma todo y desaparece en la ciudad.

Nacho Tamagno nació en Villa María en 1989. Actualmente reside en la ciudad de Córdoba. Es actor y, de forma más secreta, escritor de cuentos y crónicas.

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