El debut en Primera

El ex futbolista y autor de cuatro novelas, Germán Panichelli, adelanta un relato de su próximo libro, donde describe sensaciones de un pibe al presentarse por primera vez en una formación de Primera.
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Los nervios previos a la presentación ante el público grande. - Foto: Studio Fútbol/archivo

Anoche recién pude dormirme a las cuatro de la mañana y hoy fui el primero en llegar a desayunar. Con la cabeza en la almohada, repasé mil veces el camino recorrido hasta llegar acá.

Desde que tenía 7 años hasta este momento. Los campeonatos infantiles, el proceso de inferiores, los miles de entrenamientos, las muchas veces que estuve a punto de largar todo. Disfrutando mucho el recorrido, pero siempre con la incertidumbre de saber si iba a ser jugador profesional o no.

No recorrí en soledad ese camino, siempre me encontraba recibiendo el apoyo incondicional de mi familia. Apoyo genuino, que se fue convirtiendo para mí en una dulce mochila.

Porque al gran esfuerzo que hicieron mis padres para que yo pueda jugar al fútbol, para que no me falte nada, yo siento que se lo tengo que devolver con una carrera exitosa. En la charla técnica, mientras el técnico hablaba, yo estaba con la cabeza en otra cosa. Me imaginaba el partido, cómo iba a jugar, y sentía que de acuerdo al resultado de hoy iba a depender mi titularidad en los próximos encuentros. “Voy a debutar en Primera”, me decía y los cientos de mensajes que había recibido estos últimos días, deseándome suerte, me lo recordaban a cada rato.

Era el día más importante de mi vida, sin embargo yo no lo estaba viviendo como una fiesta, por el contrario, estaba nervioso, y era extraño, porque jugar al fútbol era lo que mejor sabía hacer, pero en ese momento dudaba de mis condiciones, como aquel alumno que aun habiendo estudiado mucho, teme que le hagan la pregunta inesperada.

Era un partido importante y la cancha estaba cubierta casi en su totalidad. Cuando el árbitro dio la orden de comenzar el partido sentí que nunca había jugado al fútbol. Percibí que las piernas me temblaban. Algo que me resultaba tan natural y tan fácil en las prácticas, como ir a pedir la pelota, sacársela a mis compañeros y encarar, ahora parecía una misión riesgosa.

Las primeras pelotas no te compliques, tocala rápido y al compañero más cercano”, me había aconsejado nuestro técnico.

Eso iba a hacer, pero cuando me dieron el primer pase, la pelota venía hacia mí como si fuese una bola de fuego. La intento parar y me rebota un metro. Enseguida me pareció escuchar un murmullo de la tribuna, y eso aumentó mi angustia. La segunda pelota que recibí, para no complicarme, se la devolví al mismo que me la dio, y la tercera, cuando la paré y quise arrancar me hicieron foul. Eso me dio confianza “para quitármela tuvieron que cometerme falta” pensé.

Y la suerte jugó de mi lado cuando a los diez minutos hicimos un gol. Mejoró mi ánimo, comencé a pedirla, y si bien no me animaba a trasladar la pelota o a arriesgar una gambeta, ya daba los pases con más seguridad. “Vos pedila siempre, si tenes que perder el puesto, es mejor que lo pierdas por equivocarte que por esconderte”, me había aconsejado antes de entrar a la cancha un compañero con más experiencia.

A los treinta minutos llegó nuestro segundo gol, y yo hasta ese momento, lejos de destacarme, tampoco desentonaba. Cuando estábamos entrando al túnel en el entretiempo levanté la vista y alcancé a ver a mi grupo familiar en un rincón de la tribuna. El segundo tiempo transcurrió sin grandes emociones y yo estaba cumpliendo un desempeño aceptable, pero la tarde me tenía reservada un último regalo.

Un desborde por derecha y el centro alto que cruza toda el área chica, la pelota pasa al intento del arquero por agarrarla, y yo que entraba desde atrás, me encontré con la pelota ante mis ojos y solo tenía que empujarla.

Cuando el balón pasó al arquero, en ese micro segundo solo pedí que termine en gol, “es solo poner la cabeza” me dije. Y fue gol. Recuerdo que corrí en diagonal hasta donde estaba mi familia y se lo dediqué a ellos. En esa loca carrera no veía nada, la emoción me encegueció, pero cuando me arrodillé frente a la tribuna y los encontré con mi mirada, hubiese jurado ver el llanto en el rostro de mis padres.

Terminó el partido y en el vestuario me desahogué, lloré como hacía mucho no lo hacía. Ahora ya bañado, estoy por salir a hablar con el grupo de periodistas que me están esperando.

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