Para que la cárcel no sea un campo de concentración

Córdoba 18/03/2019 Por Lucas Crisafulli*
Agentes del Servicio Penitenciario encontraron este domingo el cuerpo sin vida de una interna en Bouwer. "Cárceles con condiciones deteriorantes producen mayor cantidad de muertos", asegura Lucas Crisafulli.
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"La prisión jamás reinserta, ni reeduca ni hace mejor a nadie", sostiene Crisafulli. Foto: archivo

Cuando se escribe sobre la cárcel es siempre bueno comenzar con una premisa que, aunque obvia para quienes llevan adelante estudios empíricos utilizando un marco teórico crítico, es necesario repetir: la prisión jamás reinserta, ni reeduca ni hace mejor a nadie. Re-insertar una persona a la libertad privándole de ella es un disparate tan absurdo que ni siquiera requiere análisis. Un criminólogo solía decir que enseñarle a alguien a vivir en libertad mediante el encierro es como enseñar a jugar al fútbol en un ascensor.

Alguno de quienes lean estas líneas seguramente las refutarán mencionando que conocen un caso de un preso que estudió, se recibió y nunca más cayó detenido. Pues son casos excepcionalísimos, minúsculos. Esas personas estudiaron no gracias a la prisión sino a pesar de ella. Aunque constitucionalmente se repita que el único derecho que la persona pierde estando detenida es la libertad, la práctica nos indica que el acceso a derechos es muchísimo más dificultoso dentro de la cárcel que fuera de ella, pues depende exclusivamente que los representante del Estado (generalmente es el servicio penitenciario) permitan que la necesidad se encuentre con el derecho.

Si el acceso a derechos sociales como educación, trabajo, salud y alimentación en países como el nuestro es dificultoso y lleno de trabas, el acceso a esos mismos derechos dentro de la cárcel es extremadamente difícil.

Como sociedad no supimos, no pudimos o no quisimos construir otro tipo de respuestas frente al delito, pero eso no significa jamás que sea la mejor. No viene al caso aquí hacer un desarrollo de todas las formas alternativas que existen a la prisión, sobre todo para delitos leves, pero se torna imprescindible mencionar que no todas las cárceles funcionan igual.

A pesar de su semejanza edilicia –la mayoría de ellas construidas con el sistema panóptico creado por Jeremy Bentham– existen muchas diferencias en las formas en las que son administradas. Todas las cárceles producen deterioro, pero existen cárceles que deterioran más que otras. Una de esas variables es el hacinamiento: mientras más desbordada se encuentra una prisión mayor será el deterioro que producirá. A su vez, si la única forma de contención de los reclusos es la sobremedicalización con Clonazepam será entonces una cárcel que producirá mayor deterioro.

El deterioro también se produce por cómo se gestiona la violencia dentro de un penal: si frente a la violencia interpersonal de los internos se responde con violencia institucional a través de requisas nocturnas a las celdas o inspecciones corporales humillantes a los familiares de los presos, el nivel de deterioro psicofísico será altísimo.

¿Y cómo será una prisión que respete los derechos humanos más elementales? Sería bueno comenzar con un objetivo principal: tener la menor cantidad de muertos y no la menor cantidad de fugas. No obstante, la realidad nos demuestra exactamente lo contrario pues un director de una cárcel tiene muchos más problemas cuando un interno se fuga que cuando muere y eso da cuenta del nivel de importancia que tiene allí la vida.

Lo que diferencia una celda de una jaula y una prisión de un campo de concentración es el valor que se le otorga a la vida. Si la vida no vale nada o vale menos que una fuga de a poco la cárcel se transforma en un lager.

Hay que desterrar de una vez por todas, la creencia que solo es violencia institucional las muertes producidas directamente por el Estado. Puede que un suicidio dentro de una cárcel no derive en responsabilidad jurídico penal para los encargados de la custodia de un detenido, lo que no implica que no haya responsabilidad en materia de derechos humanos.

Lo mismo sucede con las muertes por enfermedad o incluso aquellas producidas por la violencia interpersonal entre internos. Cárceles con condiciones deteriorantes producen mayor cantidad de muertos (por enfermedades, por violencia o por suicidios) y eso, claro está, es una vulneración a los derechos humanos y por lo tanto una responsabilidad prioritaria del Estado.

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Urge pensar en sistemas punitivos menos deteriorantes de la condición humana. Cárceles que violan sistemáticamente los derechos humanos por sus condiciones infrazoológicas (espacios que no aceptaríamos siquiera para animales) no respetan en lo más mínimo los derechos de las víctimas de los delitos cuyos autores se encuentran presos. En otras palabras, se puede construir un sistema que sea respetuoso de la víctima del delito y a su vez no vulnere los derechos humanos de los autores de esos delitos: eso se llama Estado democrático. Mientras tanto, tenemos pendiente pensar y construir no solo penas alternativas sino también, y por sobre todo, alternativas a las penas.

*Docente. Coordinador del Núcleo de Estudios e Intervención en Seguridad Democrática (NEISeD) de la Facultad de Filosofía y Humanidades. UNC. 

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