
Grinman, Milei: el marxismo-leninismo de la burguesía argentina
Sergio Tagle


El presidente de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC), Natalio Grinman, justificó esta semana el cierre de empresas y la pérdida de empleo. Afirmó que son el "sacrificio y dolor" necesarios para transformar el país y lograr una economía estable a futuro. Grinman expuso su postura durante el Council of the Americas (COA), uno de los comités centrales de los dueños del país. Este foro reúne al gran empresariado argentino, monopolios comerciales, cadenas de distribución y corporaciones globales que actúan en articulación orgánica con embajadas extranjeras y organismos internacionales de crédito. Leyes y planes de gobierno fueron escritos en los estudios de sus abogados para después ser plebiscitados en cámaras legislativas, con manos levantadas de antemano para su aprobación.
El precio
El titular de la CAC reconoció explícitamente que el pueblo la pasa mal, al tiempo que defendió con firmeza el modelo económico del presidente Javier Milei. "Si ese es el precio que tenemos que pagar los argentinos para transformar nuestro país, para que nuestros nietos vivan en un país normal y creíble”, vale la pena, alegó.
La clase social a la cual pertenecen Grinman y los representados por el COA[1], desayuna, almuerza, merienda y cena todos los días. Bien, nada de alitas de pollo. Las prepagas más caras custodian su salud. Sus integrantes no tienen piernas baleadas por prestamistas narcos que quieren cobrar deudas, tampoco familiares que se hayan suicidado por la imposibilidad de pagar moras en alimentos, alquiler, servicios y en todo lo que resulta imprescindible para preservar la vida. El sacrificio y el dolor lamentados por Grinman y perpetrados por el gobierno nacional, junto a las clases y grupos sociales que lo sustentan, son nuestros; las vaquitas son ajenas.
El Estado de Marx, a su servicio
El titular de la CAC, Milei y el Council coinciden con Karl Marx cuando el pensador alemán afirma que "el gobierno del Estado moderno no es más que un comité que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa". Marx argumenta que los presidentes, ministros y parlamentarios no gobiernan para el bien común que declaman, sino que actúan como administradores de los intereses económicos de los grandes capitalistas.
La discusión actual no es entre proyectos legislativos, sino entre los intereses de la propia casta económica (Marx mencionaba a los propietarios de la industria, la banca y las tierras). El “pluralismo democrático realmente existente” consiste en la coexistencia de mínimas diferencias al interior de las clases propietarias. Estas resuelven sus disputas y unifican criterios estratégicos en cumbres como la realizada por el COA. La función principal de este "Sóviet Supremo Burgués" es asegurar las condiciones legales y represivas para que la explotación y la acumulación de riqueza sigan funcionando sin alteraciones.
La ficción democrática
Peter Thiel preguntó al presidente si el modelo que gestiona tiene continuidad después de su gobierno. Milei respondió afirmativamente y, como garantía para que eso ocurra, le mencionó las decenas de miles de transformaciones estructurales que suele exhibir con orgullo. De esta manera, el miembro más destacado de la nueva oligarquía tecnológica global supervisó que todo siga acorde al plan de Marx cuando hablaba de la democracia como ficción: aunque cambien los partidos políticos en el gobierno mediante elecciones, el carácter del Estado no cambia y su estructura sigue estando al servicio del gran capital.
Destrucción creativa para quién
El presidente Javier Milei y su gabinete económico suscriben, con otras palabras, a las declaraciones de Grinman. Refieren a la “destrucción creativa”[2], según la cual las nuevas tecnologías y el sujeto del proyecto gubernamental —la altísima burguesía nacional y global— arrasan con toda la estructura productiva (y, agregamos, con los seres humanos) que entorpezca su camino hacia las súperganancias, al tiempo que -supuestamente- generan condiciones favorables para la emergencia de nuevas empresas, industrias y puestos de empleo. Hasta ahora, se tiene constancia de la devastación, no de la creación.
De esta manera se transparenta la sustancia del actual régimen político. Se trata de un momento de transición que sacrificará a dos generaciones de las clases y sectores populares que, si sobreviven, deberán en ese interregno “escupir sangre para que otros vivan mejor”.[3] Todo para que, al final del túnel, no vean la luz salvadora sino, como propone el refrán, los faros delanteros de la locomotora que terminará de aniquilarlos.
Milei, los asistentes al Council of the Americas y entidades equivalentes, allí donde Marx y Lenin escriben “dictadura del proletariado”, dicen “dictadura burguesa, es decir, nuestra”.
Para este leninismo de derechas, se trata de un período intermedio entre la actual configuración capitalista y su utopía: un régimen gobernado por CEOs sin intermediaciones parlamentarias ni políticas en general, sin molestias sindicales ni auditorías sociales callejeras. Su fin principal es expropiar a la nación sus bienes naturales, estructuras productivas y los ingresos de las clases subordinadas. Y reprimir su resistencia. Funciona como una democracia máxima para los actores del agronegocio, el capital financiero y las empresas mineras, petroleras y energéticas que operan dentro y fuera de las instituciones para moldear marcos regulatorios, extensiones de concesiones, esquemas de subsidios estatales, la desregulación de mercados y las directrices impositivas. En cambio, para quienes padecen “el dolor y el sufrimiento” grinmanianos, se reserva, si no la dictadura, sí un autoritarismo de acero para los de abajo.
La Rusia soviética proponía máxima libertad para obreros y campesinos y el aparato del Estado en contra de burgueses, banqueros y terratenientes hasta tanto se extingan como clase social explotadora. Esta era la fórmula marxista-leninista que definía a la dictadura del proletariado, la misma que hoy invierten quienes habitan la cúpula de la pirámide social argentina.
[1] Natalio Mario Grinman, propietario de una imprenta familia en Concordia (ER).En ese sentido, en línea con las categorías leninistas, no es gran burgués por origen sino por posición de clase.
[3] Atahualpa Yupanqui, Preguntitas sobre Dios


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