La toma del Planalto en Brasil pone a la Región en estado de alerta general

Ed Impresa 13/01/2023 Por Flavio Colazo
Los sucesos que vienen desarrollándose desde el domingo 8 en el país vecino obligan a una profunda reflexión sobre las particulares características de las democracias actuales.
Planalto © NA
(Foto: NA)

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Especial para La Nueva Mañana

En Brasilia, en la Plaza de los Tres Poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial),  el 8 de enero  tuvo lugar un remedo maximizado de la toma del Capitolio en EE.UU. el mismo día del 2021. Este acto terrorista fue llevado a cabo por hordas de fanáticos neofascistas (con apoyatura logística de las fuerzas de seguridad locales) seguidores del ex presidente Jair Bolsonaro, quienes provocaron destrozos inconmensurables en las dependencias del Palacio del Planalto. Este acto vandálico tiene por fin ser el empujón inicial hacia una pendiente de extrema violencia para destrozar completamente el sistema democrático de Brasil –y posiblemente, por contagio, a varios (o a todos) los países de la egión-. Desde estas paginas hemos venido advirtiendo desde hace un tiempo acerca de este derrotero trágico para las democracias regionales y globales (Bolsonaro, “la criatura” que encarna lo peor de los poderes reales brasileños LNM 07/10/2022 y El sistema democrático bajo ataque en Argentina y el mundo LNM 18/11/2022), infelizmente creemos –a la luz de los acontecimientos en desarrollo (como la actual situación descontrolada y plagada de muertos en Perú) que no será esta la última vez que el tema nos convoque.

Una mancha más al tigre… latinoamericano y democrático

La saga de los manchones –en el SXXI- comenzó en 2009 con el golpe de Estado en Honduras  al presidente Manuel Zelaya; en 2010, hubo un intento de golpe de estado al presidente de Ecuador, Rafael Correa; dos años más tarde golpe de Estado contra Fernando Lugo en Paraguay y destitución de la presidenta brasileña, Dilma Rousseff; en 2017 -encaminado a ganar las elecciones cómodamente- fue encarcelado Luiz Inácio “Lula” da Silva; en 2019 golpe de Estado “tradicional” contra el presidente de Bolivia, Evo Morales –  a quien intentaron asesinar-; en 2021 sucedió en EE.UU. lo ya citado en el Capitolio; en 2022 intentaron asesinar a la vicepresidenta argentina, Cristina Fernández, y derrocan y encarcelan al presidente electo democráticamente de Perú, Pedro Castillo; finalmente el domingo pasado la sede del poder democrático en Brasil fue vandalizada por fanáticos que reclamaban un golpe de Estado a manos de las FF.AA. 

Tres aspectos gruesos pueden señalarse de esta saga: el primero es que cada uno de los hechos sumariados parecen ser ya solo una mancha más en el tigre; el segundo es, de proseguir el manchado, que el tigre va a mudar su aspecto hasta asemejarse más a una pantera negra; y el tercero, y más preocupante,  es que esta concatenación de hechos violentos extremos, cuyos límites aún se desconocen -y que operan como mecanismos tendientes a provocar un caos constante que torne invivible la vida en sociedad hasta que la democracia sea destruida-… NO VAN A PARAR.

Todo esto pasa sin que las fuerzas de los progresismos logren prever los acontecimientos -destituyentes y golpistas- ni asuman acciones preventivas mínimas para evitarlos. La derecha con todo su arsenal (mediático, judicial, servicios de inteligencia,  fuerzas represivas, y demás) se pasea y actúa con total desparpajo, impunidad y desatención de su accionar por parte de los gobiernos atacados. Nadie hace nada, más bien se acepta el resignado destino cual cristiano puesto en la arena del circo romano a la espera de la suelta de las fieras que los devorarán. Un par de excepciones pueden constituirlas México desde la presidencia de AMLO –quien desde hace 4 años parece tener control sobre las FF.AA. y demás fuerzas de seguridad e inteligencia-, y otra la de Petro en Colombia, quien al asumir no demoró un segundo en barrer de un plumazo a todas las cúpulas de los organismos que se ocupan de la seguridad de su país, y de la suya personal.

El sabio Pepe Mujica –junto a una pléyade de prestigiosos analistas políticos- sostiene que no hay chances de que Lula sea derrocado, a no ser que “ los milicos salgan de los cuarteles”. El solo pronunciamiento de esa expresión llena de escozores y enciende las alertas máximas en los gobiernos y pueblos regionales que hemos padecido los infiernos de las dictaduras militares en carne propia.

Diferente capacidad de reacción (cada “maestrito” con su librito)

Las primeras reacciones en el Gigante del Cono Sur podrían considerarse auspiciosas. Si bien Lula ha sido cauto -esperando que las primeras medidas las tomaran otros, para que no se le achacase un autoritarismo unipersonal y terminar pagando un posible costo político que beneficie al bolsonarismo-, desde el poder político y judicial se ha actuado con celeridad y determinación decidiendo, por ejemplo desde el Ejecutivo la intervención del estado de Brasilia (previa destitución provisoria del gobernador bolsonarista de dicho estado), y a su vez, desde el Poder Judicial –mediante el accionar del juez del Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil, Alexandre de Moraes- ordenando la detención (con embargo sobre la totalidad de sus bienes)  del ex ministro de Justicia, Anderson Torres, quien sirvió bajo el mandato del ex presidente Jair Bolsonaro y que estaba a cargo de la seguridad pública en Brasilia durante la invasión del domingo a los edificios gubernamentales. Además, el mismo juez supremo ha dictaminado -desde el miércoles 11 de enero- que quienes corten rutas para buscar desestabilizar a la democracia sean detenidos y encarcelados inmediatamente, y además obligados a pagar una multa de 100.000 reales (20.000 dólares aproximadamente). Por otra parte la gran mayoría –sino la totalidad- de los gobernadores de los 27 estados de Brasil se hicieron presentes ante Lula para brindar su total e incondicional respaldo al gobierno que acaba de asumir. Y como si esto fuera poco,  todas estas medidas en defensa de la democracia cuentan con amplio apoyo de los principales medios brasileños (O Globo, Folha de São Paulo, etc.). Sobre lo acontecido el domingo 8 de enero en Brasilia, tanto desde los poderes políticos y judiciales como desde los grandes medios se habla lisa y llanamente de “terrorismo”. 

En nuestro país el escenario es completamente diferente. Lejos de asumir como “terrorismo” el intento de magnicidio -del 1 de septiembre del 2022- más bien se lo trata (en los medios, la oposición política  y la Justicia) como un asunto menor; al intento de asesinato -de CFK- ni se lo ha repudiado con el énfasis que ameritaría, ni se lo ha investigado judicialmente de modo acorde, más bien se ha hecho la vista gorda una y otra (y otra, y otra…) vez sobre cada aspecto que pueda llevar la investigación más allá del tirador y sus cómplices menos relevantes. Y sobre el acto terrorista en Brasilia, los dirigentes de la hoy oposición política argentina -quienes cuando fueron gobierno apoyaron con armas al golpe de Estado de 2019 en Bolivia (repudiando el asilo que Argentina le dio a Evo morales para salvarle la vida)-, y quienes recibieron a Bolsonaro Junior (paseándose con él por los medios haciendo campaña para su padre antes de la segunda vuelta) demoraron una eternidad para emitir algún mensaje de tibio apoyo a Lula. Si de algo debieran tomar nota de una vez por todas -y para accionar preventivamente de modo serísimo- quienes tienen a cargo hoy los destinos de Argentina es que la situación que vive hoy Brasil acá puede estar esperando a la vuelta de la esquina; no debieran olvidar los funcionarios oficialistas actuales argentinos que los dirigentes de JxC–quienes han decidido paralizar al Congreso- son, según su propia auto percepción: “LOS MAESTROS DE BOLSONARO”. 

  

  

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