
Un cuarto propio: "My Happy Family" llega a Netflix desde diciembre

El título de My Happy Family no puede ser sino irónico, quizás agridulce. Lejos de la familia feliz que retrataría alguna mirada inocente, la película de Nana Ekvtimishvili y Simon Groß expone su contracampo: ¿de qué modo el deseo individual (y femenino) se convierte en una negociación con familiares que izan a la fuerza sus propios lemas y banderas?; “Feliz es la familia con una madre apacible que se sacrifica”, susurra una televisión encendida, como si el fluir de la conciencia colectiva y sus mandatos se imprimieran en el trasfondo de la película. Pero Manana, una suerte de Virginia Woolf reencarnada en la Georgia del siglo XXI, responde serena y cansada: Quiero mi cuarto propio, necesito mi propia casa, me voy, los dejo.
Y aquella decisión no viene sin consecuencias. Lo que sigue en el filme es un ida y vuelta, entre la vida tranquila de Manana en su nuevo departamento y la confrontación con familiares escandalizados que buscan disuadirla. Ahí, una primera diferencia: un lugar silencioso y personal se contrapone a otro cooptado por un marido, padres e hijos adultos que conviven desde hace años. Se trata del primer indicio (narrativo y también formal) que anuncia un modo de aproximación al conflicto dramático de la protagonista: la puesta en escena se construye en base a una cámara en mano que sostiene tomas extensas, creando una coreografía de cuerpos que irrumpen y se despiden de la pantalla.
Así, el modo en que los planos visuales y sonoros se llenan o vacían supone tanto consecuencias perceptivas como dramáticas. Algo de esto es palpable en la escena donde vemos a Manana entrando a la casa de su familia: una toma sin cortes la sigue desde el pasillo desierto y silencioso del edificio hacia los recovecos del hogar, abarrotados por familiares que intentan convencerla para que vuelva con ellos. Cuando la protagonista decide frenar esta ridícula junta familiar, la cámara la acompaña y deja fuera de cuadro al resto de los personajes, pero éstos la siguen y pelean por acceder al plano, como si el espacio personal de Manana se viera violentando, haciendo convulsionar la imagen y dejándola sin aire. La escena siguiente, un corte abrupto contra los griteríos familiares, encuentra a la protagonista sola en su departamento, comiendo una porción de torta mientras suena Mozart y la brisa del viento barre las hojas de los árboles. Es un momento de placer hermoso, que demuestra cómo un acto tan simple se convierte en una victoria cotidiana.
Pero aquellas transiciones no parecen arbitrarias, ya que constituyen un procedimiento formal que materializa el corazón del filme: Manana descubre que ser ella misma y responder a sus necesidades implica luchar con esa familia que se abalanza sobre su vida y (literalmente) sobre el plano de la película. Aquel arrebato se constituye como una suerte de invasión; una fuerza apabullante de cuerpos y consejos que quiebran las fronteras del campo visible y audible, como el brazo de una marea que avanza sin pedir permiso. Ahí está la utilidad del plano secuencia; un canal expresivo para transformar el campo visual en un espacio personal, a veces defendido por Manana pero siempre amenazado por la ocupación del patriarcado.
En algún punto, el filme de Ekvtimishvili y Groß es sencillo y ascético, lo cual expresa tanto sus mayores logros como sus principales debilidades. El registro naturalista recuerda a muchas películas del cine rumano reciente, aunque los mejores exponentes de aquella producción suelen evitar ciertas obviedades de guion que sí aparecen en My Happy Family (la mujer que descubre un secreto de su marido, por ejemplo). El filme que sigue a Manana tiende a recorrer motivos repetidos en otras películas, y por eso funciona mejor cuando supera cierta universalidad de la temática y apuesta por impregnarse de particularidades y detalles culturales.
Esto supone, para el ojo atento de los directores, observar a los personajes bajo el cristal de la realidad de Georgia. Esa es la importancia del espacio social que la cámara captura a través del cinemascope, un aspecto visual estirado y chato que permite llevar la atención sobre el entorno de Manana. El registro de la vida compartida, desde la casa familiar a las calles de la ciudad y los pasillos de una escuela, son fundamentales para complejizar el conflicto del filme. A partir de estos movimientos, My Happy Family trasciende la burbuja familiar y sugiere (a veces con inteligencia y otras veces subrayando) que los problemas personales poseen una raíz en el espectro social que los contiene: Manana, la mujer que quiere un cuarto propio, no está sola.
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