Mundo Jazz: Medir el tiempo en discos

Cultura 20/12/2017 Por
Un disco, inclusive en su versión inmaterial, puede superar el límite temporal, acentuando su carácter fundamental, artístico, de unidad. Un recorrido por algunas nuevas producciones de jazz cordobés del 2017 y por lo que va a venir.
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La medición del tiempo, al menos en su variante obligada o compulsiva de la rutina o el trabajo, resulta casi siempre un fastidio. Lo que de alguna manera es una magnitud arbitraria, inventada para ordenarnos, termina disponiendo por entero de nosotros y encerrando nuestra percepción en límites estrechos. La satisfacción de ver crecer a un niño o de notar en el aire la llegada de una nueva estación que regresa, puede a veces quedar opacada ante la comprensión de que significa también que aumentan los cabellos grises que se deben ocultar.

Pero el tiempo medido en niños, veranos o canas no tiene el mismo atractivo que tiene para el melómano medir el tiempo en discos. ¿Cuántos discos escuchaste esta mañana antes de ir a trabajar? ¿O cuántos al volver o antes de dormir? ¿O cuántos, si sos afortunado, pudiste escuchar durante la propia jornada laboral, protegiendo al menos uno de los sentidos del cotidiano sometimiento a la extracción de plusvalía? Medir el tiempo en discos es un placer, porque los discos son una placentera marca en el tiempo. Tanto que pareciera que el propio Beethoven se vio tentado a componer su novena sinfonía con la extensión justa de 74 minutos y 33 segundos para que entrara sin cortes en un disco compacto.

Claro que, como concepto abstracto, un disco puede superar ese límite temporal. Sea en su forma circular, de dos caras o una sola, o en su versión inmaterial en la que se presenta como una serie de archivos ordenados, un disco es una forma de decir y expresar una percepción del tiempo. En definitiva, un arte. Una versión digital (es decir, un disco sin disco) incluso acentúa su carácter fundamental, artístico, de unidad, de obra. No hay objeto, hay obra; y como tal, perdura por sobre los objetos. Independientemente de su éxito, un disco puede ser un recuerdo duradero, una huella arraigada en la memoria, en la que sobrevive otro tiempo. Así, los discos miden el tiempo porque lo colorean, le dan a la época su color y su sonido, trasciendan o no. Y constituyen, de esta forma, un recorrido personal, casi como una especie de biografía subjetiva que se va escribiendo entre las músicas, las portadas, la notas de los libritos internos, los repertorios, y hasta las listas de tracks digitales.

En el mismo sentido, un recorrido a través de algunos de los discos cordobeses de jazz que deja este año será siempre un camino arbitrario y fortuito que revelará más que un valor, el azar de una escucha o un gusto personal. Pero siempre puede servir como un acercamiento, de ninguna manera completo o definitivo, sino más bien abiertamente parcial y hasta quizás tendencioso. Y así y todo puede permitir algunas conclusiones.

“Ósmosis”, con tonada cordobesa

Para los oyentes de jazz de Córdoba, el año empezó con una especie de promesa cumplida, un disco esperado con ansias que vino a satisfacer con creces las altas demandas de muchos amantes del género. Nos referimos a Ósmosis, primer álbum al que le pone la firma como líder el saxofonista y compositor Martín Dellavedova. Si bien estrictamente fue lanzado a finales del año 2016, tenemos que considerarlo como parte de la producción discográfica de este año, no sólo porque ahora es que fue presentado y tocado varias veces en público, sino sobre todo porque le puso música al año desde el comienzo. Este año se presentó en el ciclo “Disco es Cultura” de la Agencia Córdoba Cultura en un hermoso concierto en el Centro Cultural Córdoba y también en otro evento sumando a Juan Canosa en el trombón, entre otras varias presentaciones. Grabado en 2015 con un cuarteto que incluye a Lucas Acuña en guitarra, Cristian Andrada en contrabajo y Luis Barzola en batería, además por supuesto de Martín Dellavedova en saxos tenor y soprano, en inB Estudio de Mendiolaza, por Matías Romero, el álbum fue seleccionado en el programa de apoyo a la Edición Musical de Córdoba 2016 por la Municipalidad de Córdoba.
Excepto por un arreglo de Pannonica de Thelonious Monk, el disco está completamente integrado por composiciones del propio Dellavedova. De hecho, este perfil de compositor es lo que se quiere poner en primer plano en el disco, ya desde el título, la gráfica y el propio concepto del álbum. Ósmosis representa una especie de reverencia u homenaje a los referentes musicales y compositivos de Dellavedova: Thelonious Monk, Wayne Shorter y John Coltrane. Precisamente estos personajes son Los Meños que aparecen recreados en la portada con el arte y el diseño de María Eugenia Elia y que además marcan la estética y la idea orientadora de la música del álbum. A ellos va dirigido directamente el tema de apertura del disco. Ósmosis viene a exponer la tarea de Dellavedova como creador, en base a la idea de poner al compositor, particularmente al compositor de jazz, según sus propias palabras, en el lugar de “una membrana por donde pasa la música y sale con otro matiz”. Este concepto orienta la escucha y propone al oyente el gusto de percibir las reminiscencias y distinguir los aportes y novedades.


“En propias manos”, donde también conviven el rock y el funk

También premiado en el Programa de Apoyo a la Edición Musical de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Córdoba, este año fue editado En propias manos, primer álbum del Pablo Reartes Trío que reúne a Javier Pérez en bajo eléctrico y contrabajo, Manuel Cerviño en batería, y Pablo Reartes en guitarras eléctrica y acústica y composición de todo los temas. Además, participa como invitado Sergio Audisio en flauta. Música propia, grabada en vivo “en propias manos”, entre diciembre de 2016 y enero de este año, el disco propone una variedad en la que el jazz se conjuga con el pulso rockero, las sonoridades latinoamericanas y algunos trazos funky.



“Comenchingonia”, entre lo tradicional y lo nuevo

Una de las referencias más importantes de la producción discográfica del jazz de Córdoba de este año lo constituye sin duda Comechingonia, el disco de la Córdoba Jazz Orchestra que registra música de compositores de jazz cordobeses arreglada para big band por Nicolás Ocampo, su director artístico. Desde el año 2015, la Córdoba Jazz Orchestra propone este programa, que la aleja de la rutina de una big band de repertorio prefijado e histórico, y la ubica en un lugar especial y novedoso, con música inédita para este formato. Comechingonia estipula una utopía, un lugar ilusorio o proyectado en el que se logre, tal como reza el propio texto con el que se presenta el disco, una “síntesis cultural” entre la tradición y lo nuevo, entre lo local y lo universal. Y ese espacio ilusorio encuentra su realidad en la música. El disco ofrece una experiencia de escucha que pone en primer plano la consciencia de que el logro artístico está en el trabajo. Y el resultado es un álbum sólido y creativo que registra una música perdurable. Así también es la experiencia de ver y escuchar a la Córdoba Jazz Orchestra en vivo, como jugando a través de los arreglos, con improvisaciones grupales y una manera contagiosa de disfrutar la música. Hay que agregar que este año fueron parte del Festival Internacional de Jazz de Buenos Aires, llevando justamente el material de Comechingonia.



Saliendo de Córdoba

En el panorama nacional, saliéndonos de la provincia, y sin ser exhaustivos, corresponde destacar El bosque brillante, tercer disco de Lucio Balduini, guitarrista y compositor nacido en General Roca, Río Negro, que ostenta una trayectoria de lujo y, sobre todo, es dueño de una creatividad y una técnica envidiables. Con la sencillez justa de un músico sólido y maduro, Balduini ofrece un disco de gran belleza y coherente unidad estética.

Otra sorpresa grata del año fue Mirando más acá del Ramiro Barrios Trío, que presenta en un contexto más eléctrico y con lenguaje jazzero un repertorio variado que se inclina en muchos momentos a la música popular argentina.



También este año vimos nacer Gato negro, disco debut del trío que forman Juan Sabogal, Tomás Uriburu y Christian Dolberg, un álbum que, integrado casi por completo por composiciones propias, marca un punto de crecimiento y maduración de la música de este trío que ya viene trabajando en el jazz hace algunos años.

Casi como un broche de oro al año, recientemente acaba de ser editado Lucha de luces, disco que registra una magistral colaboración entre el trío del contrabajista Hernán Merlo con el saxofonista Tony Malaby, volcado hacia el free jazz y la improvisación.

También este año fue testigo de un evento mayúsculo que federaliza el jazz que se hace en Argentina: la presentación del Nuevo Quinteto de Daniel Tinte, prolífico pianista salteño impulsor del jazz calchaquí, en un concierto en Roque Sáenz Peña, provincia del Chaco. El quinteto de Tinte reunió a Richard Nant en trompeta, Rodrigo Domínguez en saxo, Jerónimo Carmona en contrabajo y Sergio Verdinelli en batería y el concierto quedó registrado en el álbum Urutaú, Daniel Tinte Quinteto en vivo en Chaco, que ha sido lanzado hace menos de un mes en versión digital.

Lo que vendrá

El año que termina puede medirse por lo que deja y también por lo que promete. Quizás ha sido un año de tránsito en el que se plasmaron algunas ideas que venían madurando de tiempo antes, pero sobre todo se empezaron a elaborar muchas otras que dejarán ver sus frutos en no demasiado tiempo. Entre estas proyecciones pueden contarse la nueva música de Eduardo Elia en la que estuvo trabajando con Rodrigo Domínguez y Sergio Verdinelli; el disco Calendario que prometen los Tramperas Trío, cuya música ya estuvieron presentando este año; y lo que ya ha grabado el dúo Cayote, de Ives Romero y Federico Ragessi, con una selección de invitados, en el terreno de la improvisación libre. Como se ve, lo que queda apenas prefigura lo que va a venir y así el tiempo, para evitar ser medido o recortado, va a huir fugitivo entre los surcos de un disco. O de muchos de ellos.

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