¡Mazel tov, ya estás graduada!

Cultura 04/06/2021 Por Iván Zgaib
En Shiva Baby, Emma Seligman logra una comedia vertiginosa sobre la crisis de ansiedad de una joven a punto de graduarse. Se estrena el 11 de junio en la plataforma MUBI.
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Especial para La Nueva Mañana

¡Oh, tener veintiún años de nuevo! ¿Alguien recuerda ese hormigueo excitante en el cuerpo? La sensación de vivir en un estado flotante sin respiro, como ir borracho al almuerzo navideño de tu familia y enfrentarte a la tropa de tíos-abuelos, con sus tenedores clavados en el mantel floreado de la mesa, mientras te escupen ensalada de pollo y repiten preguntas para las cuales no tenés respuesta: ¿Ya estás buscando trabajo?, ¿cuánto se gana en eso?, ¿y pareja tenés?

Esa es la llaga que Emma Seligman rasguña hasta hacerla sangrar, con un sadismo que parece a la vez angustiante y gozoso. En su ópera prima, Shiva Baby, traza una constelación que la une a otras formaciones del cine independiente estadounidense, todas obsesionadas con la ansiedad desatada por el abismo post-universitario: la confusión balbuceante de Andrew Bujalsky en Funny Ha Ha; la adolescencia tardía de Joe Swanberg en Happy Christmas; el purgatorio de graduados de Noah Baumbach en Kicking and Screaming y Frances Ha. 

Pero la heroína nerviosa de Seligman no solo debe acarrear sus traumas juveniles, sino esconderlos mientras camina en un laberinto social que posee sus propias trampas y pasadizos: Danielle acompaña a sus padres a un encuentro para hacer luto por una allegada que acaba de morir. Y el universo que se describe allí, en esa casa que reúne a familiares y amigos para llorar y comer bagels, empuja a la película al canal del cine que explora la afectividad en las comunidades judías de Estados Unidos: el arte de la incomodidad amorosa invocado por Elaine May en The Heartbreak Kid; los rituales celestinos de Joan Micklin Silver en Crossing Delancey; la comedia ominosa de los hermanos Coen en A serious man.

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En la película de Seligman, los lazos estrechos de aquella comunidad se exploran bajo la forma de un reflejo distorsionado: lo que parece una red de contención amorosa se revela casi irrespirable, como un ataque de pánico compartido colectivamente. Y no es ésta sea una óptica particularmente original, pero Seligman sí demuestra una mirada punzante para observar las situaciones sociales en detalle, más allá de sus apariencias. Como el momento en que Danielle llega a la reunión: apenas cruza la puerta de la casa, las charlas de pasillo se convierten en un interrogatorio policial (¿cuál es su campo de interés? ¿quiere seguir abogacía? ¿por qué perdió tanto peso? ¿¿¿está bien???). O la imagen de sus padres, cuya desesperación por conseguirle trabajo pervierte el velorio en otro engendro absurdo: un café de networking donde cada persona se vuelve un portal hacia posibles contactos para posibles empleos que hagan ascender de escala a su hija. 

La peculiaridad de Shiva Baby es que los latidos de su corazón oscuro y ansioso se registran siempre en un espacio reducido, por un tiempo acotado: los traumas de toda una etapa de la vida condensados en el perímetro de una casa residencial. Y la mayor destreza de Seligman es su capacidad para manipular la puesta en escena y escapar a las formas automatizadas de las sitcoms televisivas. Así, compone una sensación de lugar; utiliza el montaje para enlazar distintos personajes y situaciones paralelas; erige la comedia y la tensión dramática con la precisión de un reloj de bolsillo.

En una de la escenas más logradas, el film pone en juego todos sus nervios desde un ritmo exasperante: Danielle es acorralada por un grupo de señoras que quiere saber todo sobre su vida, pero ella no puede dejar de pensar en su amante secreto que apareció de sorpresa en la reunión. Y el montaje gira hacia todos lados, como si experimentara un trastorno de atención: la mirada perdida de Danielle, los primeros planos de las mujeres que la bombardean a preguntas (con sus cabezas monstruosas, infladas y flotantes), la imagen distante del amante sosteniendo a su bebé en la otra punta de la habitación. Todo mientras el niño entra en erupción y su llanto hace estallar la escena en un clímax dramático.  

Esa forma de comedia de la ansiedad, con sus bordes de suspenso, mueven la película por una zona que Seligman controla con comodidad. Se trata de una atmósfera del grotesco, casi pesadillesca, cuya saturación por momentos devora la posibilidad de empatizar con la vulnerabilidad de los personajes antes que regodearse en su humillación. 

Cuando logra correrse de esa propensión, el film descubre su costado más sensible: que Danielle, una millenial educada al ritmo de las redes sociales y de las marchas feministas, realmente quiere encontrar una forma de vida distinta a los modos más tradicionales de su familia y su comunidad religiosa. “No puedes mantenerte toda la vida trabajando como niñera”, le dice el padre, “tarde o temprano tendrás que elegir una cosa u otra”. Y Danielle quiere elegir algo, sólo que no sabe exactamente qué cosa. Esa es su tragedia silenciosa. 

 

 

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