Cuando la revolución se hizo palabra en la imprenta clandestina del PRT

Sociedad 12/02/2021 Por Adrián Camerano
En Fructuoso Rivera al 1000, una casa del siglo pasado guardó, durante años, un secreto en sus entrañas: albergó a la mayor imprenta clandestina construida por las organizaciones revolucionarias.
imprenta PRT by Dante Camerano
Foto: Dante Camerano

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Especial para La Nueva Mañana

La imprenta clandestina que el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) montó en Córdoba en los primeros 70 fue, por años, un secreto bien guardado. Un secreto que asomó a la luz pública el 12 de julio de 1976, cuando las fuerzas represivas allanaron y saquearon la vivienda, y que ingresó a las tinieblas del olvido durante más de cuatro décadas. Hasta que en 2019 los legítimos dueños pudieron recuperar la vivienda: acompañados por Carlos “Vasco” Orzaocoa, abogado, antiguo militante del PRT y referente de las luchas por los Derechos Humanos, el 7 de marzo de ese año los hermanos Walter y César Martínez pudieron reingresar a la casa de su primera infancia, que la dictadura cívico-eclesiástica-militar les quitó a sus padres, a quienes también les arrebató la vida.

Aquel día –relata Walter- “entré después de 43 años y no sabía qué iba a encontrar, pensé que algún milico podía haber tirado una granada”, mientras Orzaocoa apunta que “estaba todo devastado” y que en el subsuelo, donde se había cavado un descomunal sótano para albergar a la imprenta perretista, “chapaleábamos agua”.

Pese a más de cuatro décadas de descuidos la estructura se mantenía con decoro y –lo más importante- la obra de ingeniería que se había realizado para montar la imprenta –columnas, ductos de ventilación, tapas ciegas, montacargas- permanecía intacta. En ese sótano enorme parecía que el tiempo se había detenido: por caso, sobrevivían en las paredes las pintadas saludando a la revolución por venir, testimonio mudo de una época en la que el cambio social parecía estar al alcance de la mano.

Luego de quince años de batallar judicial, la sensación era de objetivo cumplido, alivio y satisfacción. En un momento de la recorrida por la casa los tres hombres quedaron solos ante ese pedacito de la historia argentina reciente, emocionados por esa victoria después de tanta pérdida.

-        Por fin, ya terminamos –dijo Orzaocoa, un destacado ex dirigente del partido que al retornar del exilio se había propuesto ver qué podía hacerse para recuperar el inmueble.

A Walter Martínez apenas seis palabras le bastaron para trazar el camino por venir:  

-        ¡Qué ya terminamos! Esto recién empieza.

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“Esto les molestaba porque eran más peligrosas las palabras que las armas”, afirma Walter Martínez.

Una montaña de tierra

La historia de esta casa de estilo y de la imprenta que albergó en sus entrañas es inescindible del devenir de la familia Martínez y de la organización política de la que eran militantes. A finales de 1973, con dinero del partido, el matrimonio conformado por Héctor y Victoria Abdonur adquirió la vivienda para que se instalara allí una de las imprentas clandestinas más grandes del continente. “Nuestro proyecto político tenía una centralidad en la lucha de ideas, en crear conciencia para mostrar la posibilidad de que la sociedad y el mundo cambien. Por eso era muy importante la publicidad de ideas y el material gráfico”, contextualiza Orzaocoa.

Durante meses, hubo en el inmueble un doble juego: arriba, el matrimonio y sus tres chiquitos intentaban llevar una vida “normal”, de fachada legal, mientras militantes del partido cavaban un hueco a diez metros de profundidad para construir una galería subterránea que albergara la imprenta clandestina. Esos trabajos generaban cada día una montaña de tierra que don Martínez, sin alertar a los vecinos, cargaba en bolsas en su camioneta y esparcía en las márgenes del rio Suquía. “Yo venía y jugaba con la tierra, y al otro día venía a querer jugar y ya no había más tierra”, recuerda Walter.

Ese proceso duró meses, hasta que en un momento no hizo falta cavar más. Luego vendría la ingeniería civil, el asesoramiento de compañeros mineros bolivianos, la compra de maquinaria de última generación –que en aquella época sólo poseía La Voz del Interior-, la impresión de miles de ejemplares de Estrella Roja y El Combatiente y la trabajosa distribución de las publicaciones partidarias en las provincias del centro, oeste y norte del país.

“Mi viejo nos había dicho a mi hermana Laura y a mí que no contáramos nada, y después del Golpe me dijo ´veníamos mal y ahora estamos peor, y si vos contás algo nos van a terminar matando a todos´. A mí me costó eso, pero de grande me di cuenta de que era peor de lo que él decía”, rememora Martínez.

Jesús Tello, otro de los voluntarios que le da vida a lo que hoy es la “Casa de la Memoria Imprenta del Pueblo Roberto Matthews” (mientras funcionó, la imprenta llevó ese nombre en honor a un compañero asesinado por el terrorismo estatal), cuenta que en julio de 1976 cayó en Buenos Aires otra imprenta partidaria. Y que dos militantes –Orzaocoa uno de ellos- viajaron durante toda la noche a Córdoba para alertar a los Martínez y a la pareja que trabajaba abajo –El Picante y la Matilde- que había que levantar todo e irse.

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“¿Alguien quiere a estos tres chicos?” 

“Salimos a las corridas y nos fuimos a vivir al barrio Jardines de Moreno” en el Gran Buenos Aires –cuenta Walter, que tenía 8 años- y al año siguiente  “caen los milicos, matan a mi viejo prácticamente delante nuestro y se llevan a mi vieja vendada y esposada. Ella sigue desaparecida”. La escena es la siguiente: con sus dos hijos mayores a cuestas, el bebé de año y medio en un brazo y un trapo blanco en la otra, Victoria sale al frente de la casa a modo de rendición, mientras su compañero queda adentro, quemando unos papeles. “Gorda, no te matamos porque tenés al chico en brazos” le gritó uno de los militares, antes de que la patota ingresara a la vivienda, asesinara a Héctor y se llevara el cuerpo envuelto en una sábana.

“En los camiones militares se robaron todo lo que pudieron –relata Walter-, y en un momento viene un milico y dice ´¿qué hacemos con estos tres chicos?´. Entonces preguntan a los vecinos que se habían congregado ´¿alguien quiere a estos tres chicos?`, y levanta la mano una mujer que yo no conocía, pero resultó ser una amiga de mi vieja”. Los tres pequeños -8, 7 y un año y medio- permanecieron al cuidado de esa familia, de apellido Acevedo, hasta que un cura cercano a Victoria viajó a Córdoba y recorrió casa por casa hasta dar con la tía Maruca, que finalmente obtuvo la guarda legal. Con un salario humilde y un esfuerzo sin par, la mujer crió a esos tres sobrinos, a los que protege aún hoy.

De centro clandestino de detención a Casa de la Memoria

En Córdoba, en tanto, la casa permanecía ocupada por los militares, que tras el operativo de julio de 1976 y el robo y saqueo habían montado un centro clandestino de detención,. “Hay testimonios registrados judicialmente de que aquí hubo detenidos y torturados, y llevados luego a La Perla o a La Ribera. Nosotros sabíamos que la casa se había convertido en un centro clandestino y que había unas 30 personas de la Cuarta Brigada Aerotransportada, entre soldados, suboficiales y un oficial”, detalla Orzaocoa. “Tenemos testimonios de dos de los soldados que estuvieron acá: ellos vieron y escucharon en muchos casos las torturas”, completa.

Más tarde, en 1979, el entonces juez Miguel Ángel Puga –condenado en 2017 en el Juicio a los Magistrados- cede la casa a un ordenanza del Poder Judicial, que vivió allí por más de 40 años. En su adolescencia y juventud Walter pasaba por el frente pero nunca se animó a hablar con los ocupantes de la vivienda, a la que “la dimos por perdida”. En paralelo, en 1987 Orzaocoa regresó al país tras diez años de exilio en Europa, Nicaragua y Perú. “Cuando volví, una de las prioridades era ver qué había pasado con esta casa. Me encontré con Walter y César y nos planteamos la recuperación; se inició una etapa judicial que tuvo muchas idas y venidas, porque nadie quería que apareciera esto, estaba desaparecido. Persistimos durante 15 años y al final tuvimos una sentencia favorable, tras mil apelaciones”, relata “El Vasco”.

A partir de ese momento se produce el renacer, el nuevo comienzo al que hacía referencia Martínez aquel día de 2019 en que comenzó la recuperación. La casa comenzó a re-construirse como “un centro de cultura, de conocimiento de la historia, de análisis de nuestro país, y un espacio de lucha”. A sus flamantísimos 75 años, Orzaocoa señala que el futuro del lugar “surgirá de todos los compañeros que vengan”, aunque en rigor ya está sucediendo: hay visitas guiadas, grupos que planifican actividades culturales, investigaciones patrimoniales e históricas y hasta la perspectiva de una película, entre otros proyectos.

“Nuestra misión principal es mantener esta Casa de la Memoria, porque sin memoria de lo que pasó no hay presente ni futuro. Nos hemos convertido en custodios, para que los jóvenes vengan y dialoguen con esa memoria”, completa el abogado, un imprescindible en términos brechtianos.

Walter sostiene que “en el caso nuestro, después de toda la represión del Estado que sufrimos, esto es como festejar la vida”. Y celebra que “volví a recuperar esa memoria de que acá vivíamos contentos; ahora bajo al pozo y me conmueve estar ahí: es como si mi viejo, el Picante, la Matilde y mi vieja estuvieran ahí. Como si los viera”.

“Desde que nos fuimos de acá –completa- lo único que hice fue sobrevivir: nos quedamos sin casa, sin auto, sin papá, mamá ni historia; recuperar esta casa es recuperar eso. Y mientras haya injusticia en el mundo tiene que haber lugares como este”.

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Pedido solidario

La Casa de la Memoria, que fue descuidada durante décadas, se encuentra en constante refacción. Por ejemplo, para evitar inundaciones como las que sufrió en enero, cuando las lluvias anegaron parte del enorme sótano por una obturación del sistema de ventilación. Es por ello que desde el sitio han lanzado una campaña solidaria tendiente a poder reunir fondos que permitan adquirir chapas y un deshumidificador. Quienes deseen colaborar pueden hacerlo mediante una transferencia, al cbu 0200919711000001900376, cuenta del Banco de Córdoba a nombre de Walter Martínez.

 

 

 

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