Empatía Gerwig

Cultura 21/03/2020 Por Iván Zgaib
La última actualización cinematográfica de Mujercitas ofrece la manifestación más compleja de la novela: un organismo cerebral y autoconsciente que renueva la novela de Louisa May Alcott.
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- En cierta manera, la estructura del film sigue una forma: los primeros años todo es posible, luego el tiempo causa estragos y destila un realismo crudo.

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Especial para La Nueva Mañana

X .En el final vivaz de Mujercitas, la vida inminente de un libro se exhibe sin tapujos. La manera en que las hojas son dobladas artesanalmente; cómo son cortadas y cosidas por las manos pacientes de alguna persona desconocida, cuyo rostro nunca llegamos a ver: todos esos detalles recuerdan que el libro es un objeto táctil y que cualquier narración también es producto de un proceso (tanto creativo como material: dinero invertido, manos de piel curtida). Y eso es clave para Mujercitas (ésta, la versión 2020), porque la adaptación de Greta Gerwig funciona como un organismo cerebral (digámoslo: ¡obscenamente contemporáneo!) que se asume y se exhibe a sí mismo como una obra autoconsciente, cuya forma de relacionarse con el viejo libro de Louisa May Alcott es libre y maleable. Hoy, desde el barro incierto del siglo XXI.

O. En cierto sentido, el libro que se teje delicadamente sobre el final de la película es el mismo libro que Gerwig desmembró, despedazó y barajó a su antojo como una maniática que no respeta las tradiciones. Todo el film trata los acontecimientos de la novela como si fueran piezas reacomodables, generando un cortocircuito en la narración cronológica. Entonces, la película rimbombante de Gerwig no traza la evolución del clan March (un grupo de chicas soñadoras, hijas de lo más parecido que podía haber a una pareja de hippies en medio de las cortinas de humo y las cruzadas sanguinarias de la Guerra Civil americana), sino que contrapone ambos estadios de la vida: oscila entre la adultez desencantada y la juventud ingenua de las chicas. El resultado es que las escenas ligeras de Jo y sus hermanas (desayunos de navidad con castillos de helado al resplandor de las velas, caminatas comunitarias a orillas de un mar soleado) están inflamadas por un golpe de melancolía. Es decir, cada vez que vemos a esas chicas jóvenes disfrutando de una complicidad misteriosa (al estilo de una sociedad secreta), sabemos que toda esa frescura, toda esa alegría boba y todos estos sueños en potencia se desvanecieron. Sabemos que nada volvió a ser lo mismo.

XX. Gerwig sabe, entre otras cosas, que su visión de Mujercitas está anclada al siglo XXI. Incluso si la historia ocurre dos siglos atrás, la película no intenta recrear minuciosamente esa época tanto como intenta narrarla desde el presente (a la luz de los debates abiertos por el feminismo reciente, desde los lugares que se han asignado socialmente a las mujeres hasta la labor de las películas, la televisión y toda la cultura para producir masivamente esos roles).

En cierto sentido, Gerwig enfatiza algunos arcos narrativos de la novela para hacer foco sobre las discusiones que se mueven por debajo: que Jo sueña con ser escritora, pero el mundo está diseñado para que las mujeres se circunscriban al espacio doméstico; que Amy sueña con ser una gran pintora, pero que toda su familia depende de ella para conseguir un esposo rico que los alimente. Hay una línea muy clara (muy explicita y nada sutil) donde el arte, el deseo y el matrimonio son inseparables de la organización económica.

Gerwig incluso utiliza a sus criaturas para hacerlas dar discursos pertinentes: “No me digas que el matrimonio no es una propuesta económica”, dice Amy fríamente, mientras le saca la pintura a sus cepillos. Pero la película es tan consciente de su propio programa que incluye al personaje de un editor literario, advirtiéndole a Jo sobre su escritura: no sermonees, no impartas moral, la gente sólo quiere divertirse.

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OO. En la adolescencia, Meg asiste a una fiesta de baile donde le prestan un vestido hermoso y todas las chicas la llaman “Daisy”, como si esa noche (por una suerte de encantamiento) se hubiera convertido en otra. En la madurez, se ruboriza porque las otras mujeres la incitan a comprarse un vestido que su esposo no puede pagar.

En la adolescencia, Jo camina firme y llena de ambición y confianza en sus cuentos, sus novelas y sus obras. En la madurez (algo solitaria e insegura en Nueva York), abandona la escritura.

En la adolescencia, Beth se enferma y se recupera (casi milagrosamente, una mañana luminosa). Años más tarde (otra mañana, más gris), no vuelve a despertarse.

En cierta manera, la estructura del film sigue aquella forma: los primeros años todo es posible (son casi una hazaña mágica de la ficción), mientras el tiempo causa estragos y destila un realismo crudo. La iluminación de la fotografía también está desplegada para captar ese aura: la inocencia de las hermanas March está bañada de un haz dorado (hasta rodeadas por la nieve y el invierno crudo se ven radiantes). En la adultez, el mundo luce algo opaco, un poco más frío.

 

XOXO. A pesar de sus faltas de sutilezas (e incluso contando los discursos que bordean el panfleto), la película soñada por Gerwig despliega un punto de vista complejo. Esa es una de sus mayores diferencias con respecto a adaptaciones anteriores: que el foco no está puesto exclusivamente en Jo, sino que se transforma a la manera de un caleidoscopio, abriendo espacio para todas las hermanas y para contemplar sus embates (y sus límites y sus posibilidades) en relación al deseo

La narración da la impresión de ser comandada por Jo (ya que ella es quien se inspira en su vida y la de sus hermanas para escribir un libro), pero la película está relatada secretamente desde la visión de Marmee: la madre considerada, quien pide a sus hijas que sean comprensivas con las otras o que resignen su desayuno abundante para dárselo a los vecinos que no tienen nada.

Así es como Gerwig comanda la flota de su film: reparte justicia entre las distintas mujeres, retra sus trayectos de manera empática y matizada (lejos del sermoneo). Meg es comprendida por su decisión de formar una familia (con un hombre que no tiene plata pero del cual está enamorada: allí, su sacrificio) tanto como Jo es comprendida por su rechazo a entregar todo su destino a un matrimonio.

Esa es la belleza de  la mirada en Gerwig (capaz de rastrearse como un gen, desde Mujercitas hasta su film anterior, Lady Bird, y a sus guiones originales, Frances Ha y Mistress America). Sus criaturas, llenas de sueños titánicos, son personas comunes y corrientes, como todos, que luchan, se equivocan y aciertan para hacer lo mejor que pueden.                                                                                             

 

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