
Maradona y el femininismo, el amor y las contradicciones

Hay una discusión que evito siempre, esa que empieza con alguien diciendo “como jugador es indiscutible, ahora, como persona...” y hace silencio.
Supe creer que decidía no responder a esa agitación porque era algo que diría alguien que no entiende nada de fútbol pero me he dado cuenta que en realidad gambeteo esa pelea porque el Maradona que amo es justamente “esa” persona. Va mucho más allá de su vínculo con la pelota, no me hace falta que tenga una cerca: yo no puedo ni siquiera escuchar su voz sin que se me achinen los ojos, no soy capaz de hablar de él sin sonreír o sin que se me quiebre la voz. No necesito que esté pateando un fútbol, que sea el jugador que me deslumbró viendo en la tele repeticiones de partidos de años anteriores a mi nacimiento: yo soy hincha del Diego que nos abstrae de la realidad, que nos hace felices sin importar lo que esté pasando alrededor.
¿Cómo es posible explicar si no que se pueda ser feliz yéndote al descenso sólo por que tu director técnico es él?
Si tuviese que presentarme ahora diría “soy Agostina, hincha de Belgrano, feminista, fanática del Diego”. ¿Si se puede ser las dos cosas? Parece que sí, por lo menos lo estoy siendo.
Hace un par de años que el feminismo atravesó mi vida e hizo que me replanteara un montón de cosas para empezar a verlas de otra manera; y entre esas cosas, estaba él.
Empecé por justificarlo porque para mí juzgarlo era -y sigue siendo, tal vez- una falta de respeto, un lujo que yo no podía darme: que era un pibe que había crecido marginado, que es nacido en el 60, que nadie le había explicado nunca nada de feminismo, que había vivido en un ambiente terriblemente machista, que no podía pedirle que se sienta interpelado por las mismas causas que yo.
Después pensé que buscarle algo rebuscado a la corriente del feminismo maradoneano, como me gusta decirle a esto, no era más que un artilugio de macho para desacreditar a las mujeres y a sus pensamientos, que yo no tenía nada que explicarle a nadie.
Pero al final le encontré sentido verdadero y sin ningún tipo de excusas en otras dos cosas: primero, en algo que leí en la puerta de un baño en octubre del 2009, cuando iba a la facultad: ahí decía que toda convicción es una cárcel. Entonces estoy acá, celebrando que haya algo, que haya alguien, que me que me haga sentir incómoda con mis convicciones, replantearme las cosas una vez más y tener contradicciones: parece que eso me hace sentir libre.
Y en segundo lugar fue el propio Diego el que me hizo entender porqué se puede ser feminista y maradoneana: porque Pelusa, como sujeto político, estuvo parado siempre en nuestra vereda. La que le jode a los poderosos. Tengo por eso la certeza de que falta muy poco para que los cuestionamientos del feminismo empiecen a interpelarlo a él y se deconstruya como hace un tiempo estamos haciendo nosotras.
Te quiero, Diego. Y te perdono por todo.


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