Entrevista a Laura Devetach: “Lo importante es no olvidar”

Cultura & Espectáculos 22/11/2017 Por
Laura Devetach visitó Córdoba para presentar una edición cartonera de su libro “Viva el canguro, teatro para muñecos y actores” en el marco de las “1ras Jornadas sobre libros para chicos y chicas”.
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1 / 8 - - Siempre me voy extrañando que las nuevas generaciones pidan mis historias, con el mismo entusiasmo que me las pedían antes.

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Con mi caja llena de
y silbando una canción
al andar por un camino
sin querer me encontré con.

A diez años del doctorado Honoris Causa con el que la UNC distinguió a Laura Devetach en el año 2008, el jueves pasado los programas de Extensión que se llevan adelante en la Facultad de Filosofía y Humanidades (“La Sofía Cartonera”, el Programa en Promoción y Animación a la Lectura y a la Escritura, el Programa Apoyo a las Bibliotecas Populares y el Programa “Jóvenes y memoria”), organizaron “Por una imaginación ilimitada”, las Primeras Jornadas sobre libros para chicos y chicas. La tarde estuvo centrada en la figura de la querida autora, que además de escritora y poeta de más de noventa obras, fue narradora, docente de todos los niveles educativos y precursora de la literatura infantil como literatura en sí misma y que por su trayectoria ha recibido y sigue recibiendo numerosos premios nacionales e internacionales.
El programa incluyó relatos de experiencias dentro y fuera de las escuelas, diálogos con escritores, feria de editoriales, papelitos sueltos, mensajes en las sillas de los asistentes y bocaditos poéticos en el hall del Pabellón Venezuela, y cerró con la presentación del libro “Viva el canguro”, una re-edición cartonera de una historia llena de animales que a pesar del paso de los años sigue tan vigente como su primera edición hoy descatalogada. No faltó nada, hubo abrazos, fotos, anécdotas del público recordando sus propias historias con los libros de Laura, homenaje hecho música y una interminable fila de lectores, mayormente maestras y mediadores, pidiendo un autógrafo o una foto, que Laura brindó plena de cariño y generosidad. Al día siguiente, café mediante, tuvimos la enorme dicha de poder conversar con ella sobre sus historias, su vida de cosas simples y su poesía.

- Tus historias la sigue mucha gente desde hace muchos años, ¿por qué dirías que son tan vigentes?
- Para mí también es una sorpresa, una larga sorpresa. Siempre me voy extrañando que las nuevas generaciones me las pidan con el mismo entusiasmo que me las pedían antes. “La torre de cubos” es el ejemplo más claro. Cuando salió fue muy fuerte, porque fue el primer libro que se impuso en el país desde Córdoba. Hubo un concurso de cuentos en la escuela José Martí, que era una escuela nueva muy interesante por sus métodos de enseñanza. Me pareció muy interesante y entonces participé y mandé cuentos. Era una época de auge y de búsqueda. Había mucha gente, peleando diríamos, para conseguir el lugar. Porque a la literatura infantil no la consideraban ni como género, no le tenían el menor respeto; decían que era para educar a los chicos y ya. Pero por suerte se dieron eventos fuertes, que coyunturalmente prendieron, como los seminarios que se organizaron en Extensión Universitaria acá en Córdoba. Era un momento especial, en el que uno trabajaba con especial energía también. Si bien en ese momento no teorizaba tanto, sí estaba segura de un montón de cosas: que yo escribía como hablo. La cosa poética me interesó mucho pero yo soy así. Se trata de ser sincero y cristalino en lo que uno hace. No me ponía académica para escribir. En este momento quizás las generaciones más jóvenes no se den cuenta lo que significa haber puesto el “vos” en lugar del “tú”. Barrí con eso e impuse muchas palabras que tenían que ver con la región del Litoral en la que nací y eso te queda, está dentro de tu textoteca.
Para Laura, la vigencia de sus historias está en una cierta voluntad de ampliar el lenguaje, la imaginación y los temas. Y nos cuenta la historia de otro de sus libros “La planta de Bartolo”, cuyo cuento que le da el título al libro trata de una planta que sembró Don Bartolo y de la que crecen cuadernos, que él regala a los chicos del barrio porque, según dice, los cuadernos no son para vender sino para que los chicos trabajen tranquilos. “En esa época vivía en un barrio obrero cerca de la Fiat, y ahí había de esos almacencitos donde vendían de todo, desde cebolla hasta cuadernos. Estaba haciendo la cola para que me atendieran y llega una nena muy acongojada y dice: ‘¡Mami, mami! comprame un cuaderno!’ a la señora que estaba adelante mío. La señora contesta: ‘¡Otra vez, con lo que cuestan!’. Le vi la cara a la nena, de unos ocho años, se podría poner uno de los emoticones que ahora se usan tanto, pobrecita, le faltaba la lágrima. La mamá le compró el cuaderno mientras yo pensaba para mí: ‘Claro, qué conflicto’ porque la pobre mujer tenía el monedero escaso y tal vez tuvo que dejar de comprar una cosa para comprar el cuaderno. Al cuento lo escribí medio enseguida. Si bien no es el que a mí más me representa, sí representa ese momento en el que lo escribí y este momento actual también”, termina Laura.

- En toda tu literatura se nota esa cosa simple, cotidiana de la que sos capaz de sacar poesía. ¿Qué cosas simples de las que te rodean necesitás para vivir?
- Las plantas, las necesito pero como seres vivos. Respeto mucho la vida y las plantas me merecen un gran respeto. Los animales, tengo una gata que es mi bebé. Y después mi casa, es un poco el ejemplo de lo que a mí me gusta, aunque no es lo que quisiera, porque a mí me gustaría estar en la naturaleza, con un río cerca, con árboles. En cambio, lo que nunca pensé en la vida, estoy viviendo en un 6to piso de un departamento de Buenos Aires en pleno Once. Es lo último que se nos hubiera ocurrido, como decíamos con Gustavo (el escritor Gustavo Roldán), pero en el ‘76 decidimos irnos porque la Universidad de Córdoba estaba embromada, era muy perseguida, había listas. Pensamos que en la multitud de Buenos Aires podíamos estar más tranquilos. Yo no militaba ni nada pero tenía “La torre de cubos” publicada, a veces daba charlas y esas cosas. A los intelectuales normalmente los persiguieron bastante, de hecho se fueron todos. Pero yo no quería irme y Gustavo tampoco, de manera que nos fuimos a Buenos Aires y ahí tuvimos varias mudanzas hasta que llegamos a mi casa. Y ahí, si puedo, tengo semillas y en algún momento las planto. Otras las dejo pasar. Me regalan muchas cosas y son regalos de los que no me puedo desprender. Antes iba a las escuelas y aún hoy me siguen mandando cosas. A veces no tengo lugar para mantenerlas, a veces son cosas bellísimas... Con Ester, que es mi amiga y brazo derecho, estamos tratando de ordenar la biblioteca, que es otro de mis amores y afanes. Y los papeles, que no son papeles, son regalos, cuando los miro generalmente me producen cosas que a veces escribo por haberlos mirado. Y en las vacaciones me vengo a las sierras y ahí sí, todo lo que quieran, siempre con el tema de la naturaleza.

Laura no solo ha marcado la infancia de muchos de los que hoy son docentes, mediadores y padres y madres, sino que además es autora de muchísimas ponencias, conferencias, materiales para talleres que después se fueron compilando como libros, que son piezas fundantes y cimientos formativos de aquellos que dedican su vida a compartir los libros y las palabras con los más chicos (y no solo con ellos). Libros como “La construcción del camino lector” u “Oficio de palabrera” no deben faltar en la biblioteca de ningún amante de la lectura. A Laura le gusta componer textos con retazos de historias, canciones, juegos que atravesaron las infancias de todas las épocas y que al leerlos, dejan resonando música y poesía en las voces de madres y abuelas. Palabras y música que a lo largo de nuestras vidas van conformando una textoteca creciente. Y entonces una pregunta:

- ¿Qué le estamos ofreciendo nosotros a las textotecas de los chicos de los que seremos abuelos algún día?
- Ahora los chicos tienen otras cosas para tener en la textoteca. Creo que las textotecas más auténticas pueden llegar a ser las de los chicos que no están todo el día en la televisión, volvemos a la idea de lo rural o al campo. En la ciudad los medios han tomado mucho lugar y me refiero al celular también. Lo bueno quizás es que en el celular le llegue alguna cancioncita o alguna imagen de las que a veces se mandan y que son muy graciosas y que nos pegan y que nos van quedando. Después uno las olvida pero pasa el tiempo y una palabra o una poesía o una imagen queda pegada a la imagen de una abuela, por ejemplo. Lo importante es no olvidar. No solamente ‘lo que nos dieron’, hasta el ruido del colectivo y el ruido del trueno, todo. Eso ayuda a que uno vaya teniendo un imaginario, lo importante es darle valor, mirarlo, no negarlo y usarlo.

Le preguntamos por estas épocas y nos dice que le gusta trabajar en equipo: “Creo mucho en la unión de energías, pensamientos, saberes, habilidades, porque todo eso hace que la parte creativa sea más efectiva, tome la forma que debe tener, se corrija donde haya que corregir. Y para las personas creo que nos vuelve mejores cuando se logra el buen equipo. Nos enseña a entender al otro, a escuchar, si hay que discutir se discute. Pero no esta cosa que nos está pasando (a mí no me está pasando mucho, porque estoy en pequeños equipos de vez en cuando) pero en general lo que veo en todas partes son rispideces, malos tratos, falta de entendimiento o no ganas de entender al otro, ganas de mandonear. Sin ir más lejos, creo que hay un gran autoritarismo hasta en la gente con la que uno concuerda. Si vemos los medios, aunque estén diciendo lo que vos querés que digan, lo están diciendo mal, con el dedo levantado y eso no conduce”. Tal vez “Viva el canguro”, el libro que presentó ante una sala colmada y entusiasta, sea una invitación de la Sofía Cartonera a volver a leer viejas historias de la querida Laura en clave de estos nuevos tiempos.

“Viva el canguro” es una obra de teatro donde los personajes, que llevan adelante su andar cotidiano en un pequeño pueblo, son todos animales. Cada uno de ellos representa no solo un tipo de animal distinto (pingüinos, cocodrilo, pulga, vizcacha, flamencos, zorrillo y sapos), sino también, distintas personalidades bien marcadas. La rutina de este pueblo se ve interrumpida por la aparición de tres canguros que logran acaparar comida y comodidades a cambio de protegerlos de un supuesto peligro que acecha al pueblo. La manipulación de los habitantes del pueblo a través del temor hace que se disparen los conflictos entre los vecinos. Como siempre, la forma de salir del atolladero es colectiva.

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