
Series en foco | La felicidad puede ser una serie y se llama Rooster
Victoria Conci
No es fácil escribir sobre Rooster, la reciente serie de HBO Max protagonizada por Steve Carell. No porque sea difícil de analizar y mucho menos de ver. Al contrario. La cuestión es que su mayor virtud, aquello que la vuelve especial, tiene poco que ver con lo técnico o lo formal. Y he aquí el desafío.
Empecemos con un poco de contexto. Creada por Bill Lawrence y Matt Tarses, Rooster sigue a Greg Russo (Carell), un escritor de best sellers que llega a una universidad para participar de una serie de actividades vinculadas a los libros que lo hicieron famoso. Allí trabaja su hija Katie (Charly Clive), docente de Historia del Arte, que además atraviesa una crisis tras la ruptura de su matrimonio.
Lo que en principio se configura como una visita breve termina convirtiéndose en una estadía más larga. En el medio, los códigos, conflictos y estereotipos de la vida académica.

Un best seller suelto en la universidad
Greg escribe novelas protagonizadas por Rooster, un personaje aventurero, seguro de sí mismo y valiente. Todo lo que él no es.
Por el contrario, el autor es incorrecto, torpe e inseguro. Un hombre que hace esfuerzos por encajar y casi siempre fracasa en el intento. Tiene una habilidad única para convertir situaciones cotidianas en momentos incómodos. Mete la pata constantemente. Suele darse cuenta de inmediato pero entonces ya es demasiado tarde, solo puede empeorar.
Greg también es considerado, mira al otro, lo escucha. Es un ser empático de pies a cabeza. Ama profundamente a su hija y se preocupa por ella como puede, como le sale.
También hay un juego generacional en esta ficción. Greg es un hombre que ronda los sesenta años, carga con una autoestima frágil y todavía vive bajo la sombra de una ex esposa carismática que parece haber seguido adelante mucho mejor que él. Cuando llega a la universidad se siente inmediatamente fuera de lugar.
"Escribo libros que se leen en la playa. Son ligeros, divertidos, hay sexo", dice en uno de los episodios.
Está convencido de que los estudiantes y docentes esperan de él una profundidad intelectual que cree no poseer. El protagonista considera que no tiene demasiado para aportar en ese universo académico. Sin embargo, la serie se encarga de demostrarle y demostrarnos lo opuesto.
Es que mientras Greg tropieza una y otra vez cuando intenta hablar de sí mismo, suele encontrar las palabras justas cuando se trata de acompañar a los demás. Especialmente a su hija.
Y allí aparece otro de los temas centrales de Rooster: los vínculos familiares, afectivos, de amistad e incluso de poder.

Rooster es divertida, tiene diálogos ágiles y personajes encantadores (incluso aquellos que pueden resultar irritantes en un comienzo). También está atravesada por una ternura genuina. Cada episodio, de apenas media hora, combina humor y emoción en dosis adecuadas, sin buscar grandes golpes de efecto, lo que la vuelve más humana. Perfecta en su imperfección, como su protagonista.
Dicho esto, es difícil animarse a decretar si estamos ante una genialidad o simplemente se trata de una buena serie. Y lo cierto es que no importa demasiado, porque lo que la vuelve potente es el efecto que tiene en el espectador. Al menos en quien escribe.
Hay algo que permanece cuando termina cada capítulo. Una sensación de cierta liviandad, alegría. Como si durante media hora alguien hubiera bajado el volumen del ruido exterior.
No porque Rooster sea necesariamente una serie evasiva o liviana. De hecho, habla de desamores, frustraciones, inseguridades; de envejecer, de la soledad y de los vínculos familiares complejos. Pero lo hace desde un lugar profundamente optimista.
En tiempos donde encender la televisión suele enfrentarnos a mucha hostilidad (en la realidad pero también en la ficción), esta serie parece apostar por otra cosa. Nos muestra personajes imperfectos intentando ser un poco mejores.
Se podría decir entonces que Rooster es una especie de pausa cálida, que abraza y hace sonreír. No es por fingir demencia o porque nos vayamos a olvidar del espanto que nos invade fuera de pantalla, pero quizá sí, por un rato, ver esta ficción nos haga sentir un poco mejor.
Y eso, por estos días, se parece bastante a la felicidad.
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