"Abrazos partidos": memorias de las explosiones de la Fábrica Militar de Río Tercero

Galerías de fotos 03/11/2020
Sebastián Salguero registró en un reportaje fotográfico el impacto en la sociedad riotercerense y la huella que dejaron las explosiones de la Fábrica Militar el 3 de noviembre de 1995.
'ABRAZOS PARTIDOS' RIO TERCERO  17 seba salguero
Foto: Sebastián Salguero

“Siento hoy que una parte de mi se fue con ella, éramos adolescentes y muy unidas…” cuenta Mariana Moreno al recordar que la “Romi” (Torres), su amiga íntima, le fue arrebatada de su último abrazo junto a Miriam ,su hermana, por una esquirla en el cráneo. 

Mariana y Romina tenían 16 años estaban en la escuela, corrían por la calle Diego de Rojas hacia la casa de Miriam (hermana de Mariana) que vivía muy cerca, mientras explotaba parte de la Fábrica Militar de Río Tercero.

Miriam estaba en la calle y abrió los brazos para protegerlas, mientras se fundieron en un abrazo una esquirla de proyectil dejó a Mariana de pié en el medio de la calle, sola, Miriam y Romina contra el asfalto inconscientes. 

Miriam perdió dos dedos de la mano, Romina la vida.  

Mariana aún conserva el guardapolvo que tenía en ese momento y una caja con recuerdos que la une a Romina.
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Mientras recorría el barrio donde pasé grandes momentos de mi adolescencia buscando aquellos rastros de lugares, personas y objetos que a mis vecinos (que ya casi no había) y a la ciudad aún los traslada al año 1995 para transformarlo en un reportaje fotográfico, no podía evitar la evocación de aquellos recuerdos que de alguna manera precedieron a la voladura de la fábrica.

En el año 1988 nos fuimos a vivir a Barrio Las Violetas con la familia, precisamente a 300 metros del alambrado perimetral de la fábrica, sobre la calle Evaristo Carriego. No  tardaron en aparecer las leyendas urbanas del nuevo vecino: la fábrica militar (y todo lo que eso significa: armamento militar). También mi timidez e inocencia por desconocerlo pero inconscientemente una gran curiosidad.

- No toques el alambrado porque te quedas pegado (electrocutado).

- Si saltas el alambrado y no te quedaste pegado cuidado con lo que pises, hay minas enterradas (unipersonales).

- Si saltas el alambrado y no te quedaste pegado, no pisaste una mina, tampoco agarres nada del piso porque puede explotar (espoleta).

Trepar el alambrado, luego de conocer que no pasaba nada, y mirar hacia los galpones era una curiosidad permanente intentado “ver algo” de aquello que para niños es de alguna manera: “revelador” de esa intriga. Jugar en la periferia, ganar altura en los techos de barrio “Petro” (Petroquímica), fueron las estrategias iniciales de los primeros días.

Aún no me olvido del estampido que hacía  vibrar la puertaventana verde que daba al patio y que mis padres, luego de una puteada, me contaron que se trataba del polígono de tiro (lugar dónde se prueban explosivos) que estaba dentro de la fábrica. Luego de este y otros tantos eventos similares durante mi estadía en el barrio hicieron que perdiera la curiosidad, ya que durante años el ser humano se acostumbra a determinados contextos y se adapta.

En el año 1994 nos fuimos a vivir a la capital de Córdoba dejando atrás, la casa, la esquina de encuentros y conversaciones banales con los amigos, el barrio, la fábrica y la Ciudad.

A las 8.55 del 3 de Noviembre de 1995, Río Tercero es víctima de la primera explosión de la planta de carga de proyectiles de guerra de la Fábrica Militar, donde se esparcieron más de 30000 proyectiles de guerra por la ciudad.

Mi abuela, con la que vivía en ese entonces en pleno centro de Córdoba, se queda estupefacta con lo que escuchaba en la radio. Me llama y me pide que escuche a ver si entiendo que ocurre.

Ella había entendido bien claro: la fábrica había explotado y con ella se fueron la casa, la esquina, parte del barrio y algunos vínculos cercanos Laura que vivía a la vuelta de casa y a Hoder, mi profesor de la secundaria.

Lo que no nos pudo quitar fueron las conversaciones banales de la infancia en las esquinas del barrio.

Contexto

Argentina era uno de los cuatro garantes oficiales de la paz del Tratado de Río de Janeiro, con lo cual incumplió su compromiso internacional y faltó con sus obligaciones de acuerdo al derecho internacional vendiendo armas a Ecuador en  su conflicto armado con Perú.

La venta de armas a Croacia tuvo lugar durante el primer mandato de Menem (1989-1995) y habría sido ilegal ya que por entonces las Naciones Unidas aplicaban un embargo a la ex Yugoslavia.  Se denominó: “Operativo Ejército Argentino”, por el cual se desviaron toneladas de armas de las fuerzas armadas nacionales a Croacia, en forma ilegal, entre 1993 y 1995.

Una  investigación periodística descubre el tráfico de armas argentinas a Ecuador y Croacia. En enero de 1995 aparecieron las primeras noticias en los diarios sobre las ventas de armas, el 15 de marzo Ricardo Monner Sanns, abogado y querellante en la causa, da inicio la causa de armas y el juez Jorge Urso y el fiscal Carlos Stornelli tenían mucho interés en una serie de pruebas, desde armas hasta contabilidad, que pasaban por la

Fábrica Militar de Río Tercero.

El método para ocultar el faltante de armas vendidas fue la voladura de la fábrica.

En los primeros 10 años de la causa se consideró accidental hasta que la hipótesis de la intencionalidad se confirmó. Durante las explosiones hubo 7 muertos, 300 heridos y  mas de 10000 damnificados por daños físicos,  materiales y psicológicos.
                                                                                          
“Nunca pude y creo que no podré sacarme de la cabeza, la imagen que tengo de una llamita de 10 cm que vi sobre un tambor de trotyl…” dice Emilio Ostera, testigo ocular N°1 de la causa. Es quién vio la primera ignición que desencadenó un incendio en el galpón 1-2  donde estaban los depósitos de materia prima a las 8:45 de la mañana del 3 de Noviembre de 1995.

“Corrí a buscar un matafuegos y las llamas llegaban a mas de 10 metros, explotó, volé por el techo entre las vigas, pasé por el medio de dos árboles y caí 80 metros más lejos con un pulmón perforado... se ve que no me tenía que morir”. Tenía 51 años.

Ostera relata mientras me acompaña a recorrer el lugar donde se encontraba precisamente esa mañana de 1995. Yuyos de 2 metros, hierros retorcidos, dos cráteres tapados con escombros, ruinas y máquinas revueltas.

Caminamos por una veredita bajo las indicaciones de Sergio, jefe de seguridad de la fábrica, aunque Ostera que era el Supervisor de la planta de carga, se desvíe y no por capricho sino por sordera, porque perdió el 80 % de la capacidad auditiva. Iba siempre a trabajar en bici, revolvía los yuyos entre los escombros de los cráteres para ver si la encontraba. La encontró, asomaba el asiento en el piso y dijo: “ésta es mi bici, con ella venía a trabajar todos los días. Ese día la deje apoyada en la entrada del galpón”.

Nunca tuvo letrado defensor, no quiere que nadie lo represente. Siempre viajó a tribunales (Córdoba y Comodoro Py) y donde se lo citó por sus propios medios, acompañado por un plano ayuda memoria que dibujó el con los detalles de la ubicación de todos los elementos que había en el galpón 1-2 antes que todo “volara”.
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 La ciudad junto a los habitantes ha cambiado: el barrio mas afectado se ha reconstruido, la mayoría que vivió en 1995 ha migrado y solo viven personas de otros barrios. 

También residen algunos hijos de aquellos habitantes que por la edad no recuerdan demasiado lo ocurrido. Algunos damnificados se fueron de la ciudad a vivir a zonas serranas, lejos de la ciudad como en un espacio de cobijo y lejos de cualquier industria. 

Hasta hace poco tiempo La fábrica seguía  tal cual quedó en 1995, porque la causa judicial estaba abierta, y la zona estaba judicializada. 

Aún se encuentran proyectiles dentro de la fábrica y fuera de ella, si, fuera de ella en los barrios colindantes aún hay proyectiles enterrados y los vecinos los encuentran a menudo.

Un equipo de la brigada de explosivos de Córdoba rastrilló los perímetros internos y externos de la fábrica en busca de ellos para desactivarlos y destruirlos.

Los familiares y conocidos de quienes murieron viven en su mayoría en la ciudad, guardan algunas pertenencias de los que ya no están, les ayuda a conectar con sus seres queridos.

Algunos testigos oculares ya no pasan por el lugar donde vieron caer a los muertos o recuerdan lo sucedido en una esquina.


Texto y fotos Sebastián Salguero.

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