
No importa el ganador, ya perdimos todos
Federico Jelic


Fifa y Conmebol dejaron en claro que le importa muchos más y que es prioridad absoluta el espectáculo y los negocios que la salud de los protagonistas. Ya el resultado que se tenga mañana con la coronación, pierde sentido.
Que haya algún jugador herido o alteraciones en el normal desarrollo del evento parecían hasta último momento no ser motivo de suspensión del partido, a pesar de que las imágenes de la barbarie eran claras y con el equipo en el vestuario de Boca demostraba haber estado afectado por el despiadado ataque de los violentos. Al final, parece que la rivalidad entre Boca y River tuvo armonía en una tregua en cuidados mutuos, algo que el organismo competente de seguridad no supo ni pudo garantizar.
Pero ya nada es lo mismo, nada será igual y es indistinto si será Boca quien levanta la Copa o si River da la vuelta Olímpica, porque casi fueron obligados a jugar so pena de eliminación: todo para que el show pueda continuar.
Como jugador del "Xeneize" uno pudo presentir que estaban desmoralizados. Y que los jugadores del "Millonarios", solidarios con la causa, no sabían con qué actitud afrontar el partido si se jugaba. Lo sucedido afectó a todos. Y se desnaturalizó.
Quedó desvirtuado desde que la misma Conmebol, lejos de ponerse del lado de los clubes, eligió la industria del fútbol y la transmisión ante los ojos del mundo, la misma que lo juzgará sin piedad, por semejante bochorno institucional.
A nadie le importó el estado del colectivo de Boca, ni la lesión en la córnea de Pablo Pérez en el ánimo de aquellos de pantalones largos, quizás también presionados por jugar como sea desde otras esferas. Y esto motivó un desplante de los propios jugadores, que solo contaron con el apoyo caritativo de su acérrimo rival, contemplativos con la situación.
Lo mejor de la tarde fue el llamado de Marcelo Gallardo a Gustavo Barros Schelotto sumándose a la medida de no jugar. Eso sí es para festejar. El resto, para llorar.
Si el partido se hubiera jugado a las 19.15 como mandaba hasta entonces la Conmebol, habríamos descendido todos. Porque más allá del resultado, poco ánimo de celebración hubiera quedado en la atmósfera. Sea quien fuere el campeón, ya nada va a ser igual.
No ganó nadie. Perdimos todos. Pero también es para entender que la suspensión del partido a la vez aporta una tregua a las pasiones y a todos aquellos (sobre todo periodistas) que plantearon la final como "vida o muerte", literal. Porque un empate técnico o campeonato dividido vendría bien como litigio (a pesar de que no está permitido) o decisión salomónica, en una sociedad donde lo fundamental para erradicar es que no sabe perder.


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