Angelelli, su aporte a la praxis política
“Con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”. La célebre frase de Monseñor Enrique Angelelli —asesinado por la dictadura el 4 de agosto de 1976— permanece en afiches, pintadas callejeras y parroquias barriales. Expresado en lenguaje juvenil: “es remera”. El enunciado, que sintetiza su pensamiento y su práctica pastoral, incluye y a la vez desborda los alcances de su teología liberadora; es, además, una brillante síntesis de la dialéctica que debiera inspirar y orientar cualquier estrategia política popular de transformación pensada y practicada desde perspectivas cristianas, agnósticas o ateas.
Una secularización del principio de acción social implícito en las palabras del “cura opción por los pobres” puede formularse en estos términos: con un oído en las clases y sectores populares, y el otro en un proyecto político emancipador. La secuencia cognoscitiva que propone la fórmula angelelliana, doble y simultánea, es exacta. Primero se trata de conocer la realidad objetiva, las necesidades, las demandas y el estadio de la conciencia de los sujetos sociales que se privilegian como actores principales de un proyecto. Después (o al mismo tiempo), la atención se centra en los rasgos de la sociedad futura anhelada. El trayecto que une ambas puntas del método es transitado por las tácticas y estrategias del trabajo político cotidiano.
Por ejemplo, se supone que el horizonte del peronismo es la soberanía política, la independencia económica y la justicia social, con los agregados democrático-inclusivos incorporados a su doctrina por el kirchnerismo. Este objetivo requiere de un punto de partida insoslayable: la situación objetiva y subjetiva del pueblo, aquí y ahora. Lo propio podría decirse para cualquier otra estrategia reformista o de izquierda.
Ni realismo resignado ni ideologismo
La doble escucha es insoslayable. Tener los dos oídos puestos únicamente en el pueblo conduce a estabilizar lo existente, toda vez que la manera colectiva de pensar está impregnada por la hegemonía político-cultural de las fuerzas que dominan en el plano de la economía y de las instituciones. Esta lógica de “demanda-oferta” es la que rige el comportamiento de la dirigencia que actúa obedeciendo sin reparos a las encuestas y al estado actual de la llamada opinión pública. El error también puede ser inverso. Los dos focos de atención centrados “arriba” —en la doctrina, la ideología y el proyecto de largo plazo— producen discursos abstractos, sin anclaje en lo real, que terminan cayendo en el vacío.
Filosofía de la praxis
Mientras que la práctica puede ser un mero hacer irreflexivo, la “praxis”, en las filosofías de liberación, articula miradas que apuntan en dos direcciones: hacia la realidad, auscultada con los rigores de las ciencias sociales, y hacia un proyecto de liberación individual y social. Ambos momentos se encuentran mediados por una impugnación radical del presente.
La teoría - que en Angelelli era el Evangelio- no es ajena a la acción, sino que ambas se transforman mediante una interacción mutua. Acá la teoría es experiencia reflexionada a la luz de un cuerpo conceptual crítico que orienta nuevas acciones, realizadas con mayores grados de lucidez.
Escuchar al pueblo desde la perspectiva teológica de Angelelli (o desde una teoría y programa político) supone aguzar el oído para distinguir la “conciencia espontánea” —atravesada por componentes de las ideologías hegemónicas— de la “conciencia reflexiva” y facilitar el tránsito de la primera a la segunda.
Angelelli, Freire y Gramsci
La filosofía de Monseñor Angelelli remite a la educación popular del pedagogo brasileño Paulo Freire: ambas consideran que la teoría y la práctica están unidas de forma indisoluble para transformar el mundo y emancipar a los sujetos. Freire busca que las clases populares transiten de una conciencia ingenua o mágica (que acepta la opresión de forma pasiva) a una conciencia crítica a través del diálogo. Por eso, rechaza tanto el intelectualismo puro —el "verbalismo" o la "palabrería" de la teoría sin acción— como la práctica sin rumbo estratégico. El cura y el educador buscaron crear un pensamiento propio, situado y comprometido con la liberación de las clases oprimidas. En América latina, el sujeto de la praxis es esa “alteridad popular” a la cual hay que prestar un oído tan atento como crítico. Ambos también coinciden en promover procesos que conduzcan no solo busca la transformación social, sino también una ruptura ética contra el sistema capitalista dependiente; lo que, en clave profética, el Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo denominaba “las enseñanzas del Evangelio”.
Por su parte, Antonio Gramsci popularizó e imprimió densidad teórica al concepto de "filosofía de la praxis", uno de cuyos aspectos se expresa en la hoy (quizá excesivamente) mentada “batalla cultural”. El teórico marxista italiano investigó desde las cárceles de Mussolini y demostró que el capitalismo no solo se sostiene por la fuerza (policía, ejército, fuerzas represivas del Estado), sino también por el consenso cultural (la escuela, la iglesia, los medios y, hoy, las redes sociales). Gramsci propuso batallas discursivas por el sentido de la existencia, de las acciones humanas y del mundo, para desmontar la ideología del opresor que los propios dominados llevan dentro, tanto antes como durante la conquista del poder. Esta tarea cultural previa es la que facilitaría la instauración y la aceptación social de un nuevo sistema de vida; en su caso, el comunismo.
Cura intelectual orgánico
Gramsci explicaba que cada clase social crea sus propios “intelectuales orgánicos”. Este concepto no se limita a académicos o personas que publican libros, sino que abarca a todos aquellos que se vinculan con los grupos sociales para darles cohesión, facilitar su articulación con iguales y diferentes, promover una conciencia de los propios intereses que sea autónoma de los poderes hegemónicos. Se trata de una tarea que pueden realizar los académicos, sí, pero también los militantes políticos, periodistas, docentes, trabajadores/as sociales, abogados y otros profesionales, educadores y comunicadores populares.
En la Italia católica de Gramsci y en la Argentina creyente de Enrique Angelelli, la religión constituía un vehículo relevante para las batallas culturales de su tiempo. Así lo demostró este sacerdote asesinado por tener un oído abajo, en las bases oprimidas de la sociedad, el otro en profecías bíblicas emancipadoras, y actuar en consecuencia.