Opinión Por: Sergio Tagle25/07/2026

El trapo de las Malvinas y el poder de los símbolos: la cuarta estrella

La transgresión soberana de la Selección nacional produjo un temblor geopolítico que se prolonga en el tiempo y dejó a Javier Milei en una situación que osciló entre el desconcierto y el ridículo.
 

La ya mítica bandera siguió flameando esta semana en canchas argentinas, en el campo de juego y tribunas. Equipos que jugaron partidos de la Copa Sudamericana y del Torneo Clausura de Primera División e hinchas recogieron la antorcha encendida por la Selección nacional en el estadio de Atlanta, EE.UU. Ocurre que lo simbólico, lejos de pura abstracción, es realidad material condensada en signos, imágenes, textos que puede poner en acción cuerpos; producen acontecimientos sociales, culturales y políticos. El sentimiento nacional que evoca la soberanía nacional argentina sobre las Islas Malvinas es “concreto”. Transfigurado en una pancarta, mostrada en el momento más indicado y por las personas socialmente más calificadas para hacerlo, produjo efectos políticos. 

El combate de Atlanta.

La oración “Las Malvinas son argentinas”, escrita por hinchas sobre un pedazo de sábana de hotel, con caligrafía de pintada callejera y exhibida por jugadores de la Selección, fueron signos de un símbolo que tuvo la potencia de un misil. La munición patriótica, democrática y popular impactó en las más altas estructuras del poder político nacional, británico y del fútbol mundial. 

Su ingreso subrepticio al estadio perforó el operativo de seguridad organizado por la FIFA junto al FBI, el Ministerio de Seguridad de Inglaterra y policías de Estados Unidos que -con la aprobación del gobierno argentino- había prohibido el ingreso de cualquier mensaje alusivo al reclamo soberano. 

El ataque, para el gobierno, fue de sorpresa. Quedó en un estado de desarticulación táctica y parálisis operativa. Perdió la iniciativa, el colapso de su mando dura hasta estos días. Solo pudo reaccionar de forma defensiva, balbuceando torpes y contradictorias declaraciones que no pudieron ocultar la profundidad de una molestia que expresaba una sensación cierta de derrota política. Acorralado y sin opciones de retirada, el presidente imposta un nacionalismo que, todos saben, desprecia y -en consecuencia- nadie cree.

El Reino Unido acusó el impacto del accionar de estos combatientes simbólicos. Exigió y que se los investigue y sancione.

El torpedo se incrustó en el Senado. Allí, aliados al gobierno vieron qué había por debajo de ese “trapo”, el Trapo de Malvinas: la actualización de una memoria popular, de un sentimiento nacional que incluye al tiempo que excede el imperativo descolonizador de las Islas hasta -quizá- albergar un tenue, antiguo y dormido antiimperialismo, herencia de generaciones pasadas. Este fuego azul y blanco que empezó a arder desde abajo invitó a senadores y senadoras a la prudencia: dejemos para otro día, dijeron, la aprobación de la ley que habilita la venta de todo el territorio argentino que millonarios extranjeros quieran comprar. Hoy mejor no, el clima no da.

Portavoces de un nacionalismo popular.

Los símbolos no flotan en el vacío social. Expresan y pueden modificar situaciones políticas. El gesto de la Selección nacional, embanderada con Malvinas en el centro de la atención mundial, fue el extracto de uno de los aspectos más significativos de la memoria histórica argentina. Acá radica la fuerza que le permitió modificar relaciones de poder entre un nacionalismo de las mayorías sociales del país y el carácter apátrida del Gobierno nacional; resituar la cuestión Malvinas en la agenda global; actuar con más eficacia que cualquier cancillería. 

El sociólogo francés Pierre Bourdieu teoriza cómo el capital simbólico es una de las formas más poderosas de dominación. También lo puede ser de liberación. Este capital permite, a quienes lo poseen, imponer sus propios criterios de legitimidad y distinción, decidiendo, en este caso, qué es lo justo y lo injusto.  

Bourdieu llama "magia social" al proceso de transustanciación política mediante el cual un portavoz se convierte en la personificación de un colectivo. A través de la delegación de autoridad y el reconocimiento social, el representante adquiere el derecho de hablar y actuar en nombre de los demás, transformando su poder individual o grupal en capital simbólico legítimo. La Selección argentina de fútbol actuó históricamente como un portavoz del sentimiento nacional por Malvinas y a lo largo de décadas construyó un poderoso capital simbólico basado en el reconocimiento popular y el mito de la justicia poética. Este fenómeno se consolidó de manera definitiva en el Mundial de México 1986.Diego Maradona asumió el rol de portavoz absoluto de esta emocionalidad nacional. Sus dos goles se convirtieron en el “mito de origen” de la argentinidad contemporánea. Operaron como esa "magia social" que transformó una derrota bélica real en una victoria simbólica. El grupo (la Nación) otorgó al equipo un estatus de héroes patrios. Lo propio ocurrió en el Mundial 2026.

De un hincha a Lo Celso, a la Selección, al mundo.

La clandestinidad de un hincha anónimo vulneró todos los dispositivos de seguridad. Giovani Lo Celso y Lisandro Martínez tomaron la pancarta y la exhibieron frente a la tribuna popular. Los jugadores actuaron como los portavoces legítimos del sentimiento nacional; desafiaron las reglas del mundo, su propio gobierno incluido, para encarnar el mandato social de su pueblo. La hazaña quedará registrada en la historia como el hito que sucede a la Mano de Dios y el Gol del Siglo. La silueta de Malvinas luce, orgullosa, como  condecoración, al lado de las tres estrellas.

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