Opinión Sergio Tagle 25/04/2026

La batalla cultural y el asado de burro, una incompatibilidad política

El cuerpo piensa y procesa lo que dice el poder a través de sus combatientes simbólicos, para aceptar o negar las palabras que vienen desde arriba. La economía determina en última instancia. Con la batalla cultural no se come.
Batalla cultural. Desde las filas de La Libertad Avanza, la senadora jujeña Dilma Vedia dijo que la carne de burro "es un plato fino que no sabemos apreciar". Imagen redes sociales

La Libertad Avanza y las ultraderechas globales apelaron a instrumentos teóricos provenientes de la corriente de pensamiento que el presidente Javier Milei, desde Israel, definió como satánica: el marxismo. Lo que llaman “batalla cultural” es aspecto particular de un concepto más abarcador, hegemonía, elaborado por el intelectual y dirigente comunista italiano Antonio Gramsci.

Se trata, en su versión original, de la dimensión simbólica de la lucha de clases. Para conquistar y conservar el poder político, es necesario que las bases de la sociedad hagan suyos los valores, la moral; aspiraciones y deseos; la ética y la estética propuestos por quienes lideran el proceso.

El discurso de estos debe hacer pie y transformar el sentido común de las mayorías sociales. Esto es, debe socializar sus propias nociones del bien y el mal, de lo deseable y lo indeseable, de lo justo y de lo arbitrario. De la libertad y la esclavitud. Se trata de un consenso social mucho más sólido que el expresado en un triunfo electoral. Es la estructura moral de un pueblo que oficia como correlato de un proyecto de poder.

Si se acepta que la justicia social es un robo porque el Estado, a través de la violencia, despoja de su propiedad a los empresarios en favor de los trabajadores, es posible aprobar la Ley de Reforma Laboral sin resistencia social.

Materia y cultura

Gramsci entendía a la hegemonía como la capacidad de las clases subalternas para definir y realizar la más amplia política de alianzas con el conjunto de las clases populares, en contra de las hegemónicas. La batalla cultural era un aspecto particular de esta tarea.

Toda vez que el objetivo estratégico era el comunismo, y que esto aparecía como tan posible como deseable en la década del ’30 del siglo pasado, suponía perspectivas ciertas de mejoras materiales en las condiciones de vida de trabajadores.

Gladiadores en declive

Milei accedió al poder político y gobernó dos años con promesas de sufrimiento para el presente como requisito para un futuro tan luminoso como remoto. Y batalla cultural definida con un macartismo desquiciado: el comunismo combatido va desde Miryam Bregman hasta Horacio Rodríguez Larreta, pasando por el kirchnerismo y el más tímido de los progresismos.

Estos dos andariveles de su estrategia funcionaron mientras la población percibió su vida aliviada por el descenso de la inflación. La fiesta del consenso mileísta duró hasta su triunfo electoral de octubre del 2025, financiado por Donald Trump. A partir de entonces, los efectos impiadosos de la motosierra y la licuadora se empezaron a sentir como dolor social y a opacar el triunfalismo ideológico de Agustín Laje, Nicolás Márquez y otros “gladiadores de la batalla cultural”, como los define el Presidente.

Experiencia mata relato

La política de exterminio de lo que el oficialismo considera población sobrante, silenciosa y por “goteo acelerado”, parece estar llenando el vaso de la paciencia social. Así lo indican el desplome del presidente en dos territorios en los cuales predominaba: las encuestas y las redes sociales. Negación de medicamentos para enfermos de cáncer y afiliados al PAMI, jubilaciones y salarios, inicialmente bajos, licuados por la inflación, ensañamiento en contra de las personas con discapacidad, endeudamientos no por autos o casas sino por alimentos, desempleo y corrupción noventistas, están pesando en la opinión popular más que el relato anarco capitalista.

Es la economía en última instancia

Louis Althusser propuso que la economía determina el proceso social "en última instancia". El planteo es anterior, más complejo y preciso que la advertencia hecha a Bill Clinton por uno de sus asesores. Aquel popularizado “es la economía, estúpido” puede invitar un determinismo económico que ignore la función desempeñada por el nivel político y el ideológico que, en la tesis del filósofo francés, componen un todo social complejo, en interacción permanente y cada uno de ellos con “autonomía relativa”. Uno de estos niveles puede ser el dominante en una época determinada (por ejemplo, la política en la posdictadura) aunque siempre dentro de los límites marcados por la base económica. En este sentido, el progresismo cultural del último kirchnerismo, prescripto como obligatorio desde el Estado (y sentido por muchos como agobiante) se sobreimprimió con la inflación, las heladeras vacías (Alberto Fernández prometió llenarlas) para allanar el camino a un Milei que transitó exitosamente los tres andariveles althusserianos: enemigo de la casta en lo político, antiinflacionario en lo económico y “antiwoke” en lo ideológico.

Con el asado, no

Esta vida miserable provocada por el poder paleolibertario, está produciendo un efecto quizá más simbólico que material. Toda vez que el gobierno privilegia el mercado externo para las carnes, argentinos (de bien incluidos) se ven obligados a sustituir cortes de vaca por otros de animales más económicos. Una batalla cultural es exitosa cuando sus contenidos son congruentes con la calidad de vida garantizada por sus emisores gubernamentales. No cuando sus receptores son condenados a un menú semanal de pan y agua, y a un domingo con asado de burro.

 

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