El pacto del Río de La Plata

La Selección 04/09/2017 Por
El 0 a 0 entre uruguayos y argentinos dejó poco saldo en lo deportivo, pero sirvió para continuar la histórica hermandad cuyas culturas siguen conviviendo mediante ese cordón umbilical que es el río más ancho del mundo. Un partido, dos países, un paisaje urbano identificable y un tango.

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Amanece un día hermoso del otro lado del río-mar. Los colectivos repletos de gente y esperanza son encapsulados por la policía uruguaya y tras un exhaustivo cacheo son acomodados para estacionar en el parque de Los Aliados. Juega Uruguay – Argentina, el clásico más antiguo del mundo, el rioplatense por genética y nunca eso pasa desapercibido. Los protagonistas de la primera final mundialista y los protagonistas del próximo mundial que se celebre en el continente sudamericano. Con toda su escenografía: De las carencias de Cerro hasta la ostentación burguesa de Carrasco, pasando por la rambla frenteamplista, blanca y colorada; el gris de hoy susurra con cautela lo que será todo celeste, mañana.

Mientras tanto la Asociación Uruguaya de Fútbol promociona el partido como el clásico más antiguo y le da resultado, ya que los cerca de 50 mil teickets volaron en las ventanillas a un precio de entre 400 y 1200 pesos argentinos. La AUF tiene fe de lograr compartir la sede del Mundial 2030 con la AFA.
El clima es diáfano como los saludos de la gente de a pie, que despierta al clásico en un día laborable. El Pueblo oriental responde con humor y algún insulto a la templada provocación de las banderas argentinas flameadas por los hinchas, que sin miedo se pasean por 18 de julio. Clima fraterno a pesar de todo, sin rivalidades más que deportivas.

Las esquinas rotas de aquella primavera de Benedetti, apenas restauradas por una izquierda ambidiestra y edulcorada se visten de celeste y, premonitorias, firman el empate. Con halitosis positiva para mate amargo y medio y medio los orientales se saben futbolísticamente inferiores, más allá de la aritmética embustera de la tabla y la recuperación de un Luis Suárez, atado con alambre.
Los sabios del puerto y la ciudad vieja que le corregían los cuentos a Galeano. Los que respiraran futbol a sol y sombra. Los que a golpes se hicieron pesimistas, se quedaran conformes con la igualdad. Saben que ese punto es esperanza. Y tienen razón. Haber controlado a un Messi figura, hasta en las noches malas. Al mejor del mundo, quien como siempre regalo algunas pinceladas, aunque en los últimos minutos pareció haber perdido la bufanda. Uruguay propuso tablas y Argentina aceptó.

El periodista que camina atento a las voces de la calle, despierto al pulso del ciudadano de a pie, puede auscultar preocupación, más que el precio de la nafta. Es la salud de Suárez, ovacionado tras su reemplazo en una pierna, como veterano de mil batallas. Sólo un punto separa a “La Celeste”, que está clasificando a Rusia 2018, de nuestra Selección, que estaría repescando, a solo tres fechas del final de la eliminatoria. Cinco mil criollos apoyando desde la Platea Centenario, con la gratitud de ser quizás el único terreno donde no sufren hostilidades ni silbidos nuestro Himno Nacional.

Definitivamente el río más ancho nos une con Artigas, más de lo que Rondeau nos separaba. Esperanza y nostalgia patrón del Rio de La Plata. Un bandoneón resuena las viejas hazañas: Los olímpicos del 24 y el 28, los invictos del primer mundial y los botijas del maracanazo se cruzan de contrapunto con los matadores del 78 y los Héroes de Mexico 86, Maradona mediante.
A las gradas del Centenario las mejores noticias llegaron desde Chile con la goleada de Paraguay. Esta nada que huele a empate cómplice no dejó mucho saldo. Esta poquedad que es capital de todos, incluso de nuestro Paulo Dybala, traslada la agonía a las últimas fechas y un Mauro Icardi que hizo extrañar a Gonzalo Higuaín, casi pidiéndolo a gritos.
Ahora el tango suena de este lado de la orilla y habla de gitanas rusas y de Lionel, nuestro Gardel de pantalones cortos, aunque el sur siga cantando que Argentina es Messi más allá la inundación.

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