
“Para hacer una película solo hace falta un arma”: un acto de justicia poética
Beatriz Molinari
“Para hacer una película solo hace falta un arma” es un documento monumental, por momentos un thriller en blanco y negro al que el espectador se asoma como a un abismo.
Un hallazgo fortuito se convirtió en proyecto de restauración y luego en película documental.
La historia que recorre las imágenes, rescatadas de latas que se salvaron de la destrucción que llevó adelante la última dictadura cívico militar, tiene suspenso y tensión dramática. Reúne muchas películas en una, creadas bajo el cielo de la Córdoba que acunó en las décadas de 1960 y parte de 1970 los sueños de los alumnos de cine de la Escuela de Artes, hoy facultad.
Sobre ese telón de fondo, es decir, el collage de imágenes inéditas, 50 años después Santiago Sein arma un relato sinfónico, con múltiples historias y el guion que imaginó para esas escenas sin sonido original.
El documental, cuyo título es parte de una cita de Godard, reconstruye el clima de época. Las imágenes de la militancia y el arte conviven con los hitos históricos registrados con ojo certero y la represión previa al golpe de marzo de 1976.
Santiago Sein, archivista y realizador, oficia de guía y cuenta, fascinado, dónde empezó todo.
A fines de 2019 se encontraron las latas en un depósito de Ciudad Universitaria (tan cerca y tan lejos). Llegó la pandemia y el investigador entrevistó a varias personas por Meet. Quedaban a la espera de la restauración cientos de rollos, muchos de la Cinemateca de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba.
“Hicimos un trabajo de recuperación con técnicas específicas de conservación. Luego hubo que identificar los fragmentos y ver quiénes eran los autores. Hablamos con Ana Mohaded que en ese momento era decana de la Facultad de Artes. Ella había hecho en los 80 una tesis, no publicada, para la carrera de Comunicación porque no había podido reincorporarse a cine”, dice Santiago.
La punta del iceberg está en el Catálogo que Ana le entregó, con datos sobre el cine del período perdido. Sein no sabía que había existido una Cinemateca. “Entendimos que era un universo particular y entendimos que podíamos intentar rearmar eso”, cuenta.
El hallazgo toma forma de thriller. Comenzaron a aparecer personajes, películas, se preguntó qué habían filmado y cómo lo habían hecho.
El director no está seguro sobre el momento exacto en que nace la película, su posibilidad y condiciones.
Una pista a seguir fue el registro de la liberación de los presos políticos en 1973. Le llamó la atención que no eran imágenes de noticiero. “Se veían primeros planos de los manifestantes, que generalmente no se muestran por un acuerdo tácito con los camarógrafos de noticieros”.
Al mismo tiempo, sobrevolaba la historia conocida de que los militares habían destruido todo el material. El testimonio de Roberto Videla, ex profesor de Sein e integrante de la primera promoción, echó luz sobre la época.
En esas entrevistas previas al montaje y al nacimiento del documental, aparecen “los franceses” Pierre Vigier, Gerard Guillamot; el sonidista Rodolfo “Rudy” Wratny y el grupo que hizo cine político.
La historia de los franceses podría convertirse en una película en sí misma, tan rico y amplio fue su derrotero, por el compromiso político, la cárcel y el exilio posterior. Otro hallazgo del documental.
Poner la voz y las palabras
Con las imágenes, muchas, sin sonido (“era el material de Rudy que se deshacía”), Sein decidió buscar las palabras para ellas. El director es la voz que narra la primera parte de la película (“Las latas”) y Marcos Rostagno, la segunda (“Primavera en otoño”). Los textos son licencias de Sein que se mimetizan con las imágenes y con aquella voz de los años 1960 y 1970.
“Fue una decisión narrativa y un ejercicio de imaginación”, comenta. Al comienzo la película sería un ensayo, pero luego tomó otro rumbo, hacia el documental.
La conexión íntima con el material facilitó la tarea, en sí, inmensa. Buscando y preguntando aparecieron datos, “cosas locas”, testimonios dichos como al descuido, que son demasiada casualidad. El rompecabezas va cerrando territorios creativos de los alumnos y se recuperan escenas reales que se habían perdido.
Entre los documentos que emergen del silencio de décadas hay una carta a Raymundo Gleyzer y un manifiesto con las ideas que promovían el grupo de Cine de la Base y el Grupo de Cine y Liberación. “Los grupos no eran muy orgánicos. Trabajaban en la facu (entonces Escuela) de manera semi clandestina, porque todos sabían que lo hacían ahí. Todo pasó muy rápido. Ocurre El Navarrazo, a Gerard lo meten preso en 1974. La realidad se los llevó puestos”, comenta Sein.
Un rasgo notable y conmovedor es el sentido de pertenencia del grupo. La Escuela era su casa. Los equipos, escasos y tan preciados, se compartían, como la moviola de la Escuela. En el documental se los ve filmar, caminar, charlar. "Estudiantina” es una joya recuperada.
Cuenta el director que en las charlas con Roberto Videla y Ana Mohaded los rostros encontraron sus nombres.
Lentamente, como espectadora, entro en el bosquecito del Pabellón México, sé quiénes son los franceses, busco el sonido que capturó Rudy y se perdió. Lo veo a Roberto Videla, ¡tan joven! y a la actriz Luisa Núñez (que en democracia conocimos en obras de teatro independiente), dos nombres de la camada de estudiantes, unos pocos que vivieron para contarlo.

Recuperar y crear
- Sos archivista y realizador, ¿hubo tensión entre los dos roles?
- He trabajado antes con mucho material de archivo, para series de Canal Encuentro. En este caso, en ese universo que iba apareciendo no era fácil encontrar un hilo conductor. Quedó mucho material afuera. La película duraría seis horas. Es doloroso, pero ya es una película larga para los estándares habituales. Por momentos la montajista se mareaba porque el material no tiene identificación. Trabajamos con un gran volumen, hicimos recortes. Estoy acostumbrado a catalogar pero en un momento fue abrumador. Sentí una necesidad de hacer la película y esa responsabilidad. Era una historia que no conocía y sentí que la dictadura había sido muy efectiva a la hora de censurar y enterrar una parte de la cultura de Córdoba. El cine la sufrió mucho. También empecé a entender algunas cuestiones ligadas a la forma de comportarse de quienes habían sido mis docentes.
- ¿En qué sentido?
- Hice cine en la segunda mitad de los 90. Escuchaba que no podíamos ver los trabajos de nuestros profes porque habían desaparecido en la dictadura. Me sonaba como una especie de mito, cierta épica para no perder autoridad. Había escuchado que los militares se habían llevado la moviola. Cuando empecé a ver el material y de qué manera intentaban hacer cine en Córdoba, tomé dimensión de lo que habían pasado. En realidad, ellos no contaron mucho.
Las latas recuperadas ofrecen imágenes del sonidista, los franceses, el registro político, las historias personales, la reconstrucción de la ciudad de Córdoba, de la Ciudad Universitaria y, otra línea potentísima, la historia velada del delator Federico Alegre desde 1975. Este último, un personaje que filmó para el Tercer Cuerpo de Ejército cuando la Escuela era tierra arrasada, en parte, gracias a su actividad de infiltrado.
- A la hora de determinar las líneas narrativas, ¿fue primero la imagen y luego el texto? - Fue una mezcla. Tomamos la decisión con la montajista. Empecé a escribir los textos con las imágenes que teníamos. Con la montajista armamos en paralelo: ella armaba una secuencia y yo escribía en base a las imágenes. Lucía (Torres Minoldo) hacía una primera corrección de texto. Yo ya tenía el acervo de anécdotas e imágenes, las quince entrevistas en la cabeza. En algún momento había que soltar. En un momento la cosa comenzó a fluir. Nos conectamos con la historia y los personajes.
Párrafo aparte merece la montajista. “Lucía es muy talentosa y muy comprometida. Nosotros hacemos la película como podemos, tuvimos apoyo económico pero tuvimos que poner plata. Ayuda que la gente que trabajó en la película conectó con este grupo de jóvenes”, dice el director que habla de “este” grupo para referirse a aquella generación de estudiantes de cine que recupera en su documental.
“Hay una conexión que tiene que ver con cuestiones que se repiten en el cine de Córdoba, cíclicamente. En un momento terminás de entender. Lo primero es que nosotros no pasamos nada de lo que pasaron ellos. Es decir, el clima de época que hoy nos abruma todavía puede ser peor. Con respecto a las condiciones materiales tan complejas de aquel momento para hacer cine en Córdoba, se logró romper con esa maldición”, comenta.
Santiago Sein confiesa que pensó que su película sufriría la maldición del cine de Córdoba y no la terminaría. Pudo hacerla gracias al gran trabajo en equipo.
- Como realizador, ¿qué cine querés?
- Terminamos esta película el 24 de marzo de 2025. Siempre nos llamó la atención que la película dialoga con el presente. La peli (sic) habla de la preservación del material audiovisual, y, en realidad, habla de un grupo de jóvenes que amaban hacer cine e intentaron hacer cine contra viento y marea, en las peores condiciones políticas y materiales. Definitivamente eso se vio frustrado por la represión, la persecución y la muerte que sufrieron. Deseo que nos invite a reflexionar sobre lo que pasa, no solo en Argentina, sobre el desprecio por la cultura y el cine, por los derechos de las personas, cosas que pensábamos que estaban fuera de discusión. La peli dialoga con este clima de época. Por otro lado, tenemos la sensación de que, si estos locos salieron adelante, lo intentaron hasta donde pudieron, ahora no queda otra que hacer cine como se pueda. Nosotros incluso tenemos la ventaja de que hacer una peli ahora es más accesible técnicamente. Y hay un montón de gente preparada en Córdoba. Nos agarramos de eso, porque todo el mundo está sobreviviendo.
“Si existió eso, puede volver a existir”, dice Ana Mohaded en la entrevista con respecto a la generación desaparecida. El homenaje a aquellos jóvenes, sus rostros y fechas de desaparición, al final de la película, cobran dimensión poética, sutil y conmovedora. Entonces se comprende el registro descontracturado, casi lúdico, de la imagen del comienzo y que cierra el documental. Son un grupo de estudiantes/realizadores, posando, y no tanto, para la posteridad entre los árboles del bosquecito.
Después de ver el documental me pregunto cómo sería nuestro país hoy, la sociedad y los artistas, el cine y la militancia, si no hubieran padecido el exterminio. La película de Santiago Sein abre la puerta al pasado porque la pulsión creativa del presente se empecina en preguntar, indagar, reconocer y pensar las formas posibles para una cámara que también atraviesa las décadas. Mirar atrás es recuperar la fuerza para imaginar lo que está por venir.

Ficha técnica
“Para hacer una película solo hace falta un arma”. Dirección y guion: Santiago Sein. Dirección de fotografía y cámara/ Marcos Rostagno. Montaje: Lucía Torres Minoldo. Diseño sonoro: Atilio Sánchez. Jefa de producción: Eugenia Monti. Producción ejecutiva: Ana Lucía Frau y Eva Cáceres. Entrevistados: Alberto Perona, Fernando Cots, Ana Mohaded, Roberto Videla.
Próximas funciones. El documental de Santiago Sein se presenta en el Festival Internacional de Cine de Cosquín (Ficic) el sábado 2 de mayo a las 10. Se verá en el Cineclub Municipal “Hugo del Carril” (bulevar San Juan 49) del 28 de mayo al 3 de junio.
Se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Rotterdam en enero de 2026 y se proyectó en abril en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici).
Sobre el director. Santiago Sein nació en 1975 en Córdoba, Argentina. Es licenciado en Cine y Televisión por la UNC. Es docente de cine y dirige el Centro de Producción Audiovisual de la Facultad de Artes y el Centro de Documentación Audiovisual (CDA) de la UNC. Como realizador ha escrito y dirigido series y unitarios para diversos medios e instituciones. En 2021 estrenó el largometraje "Yo no es otro" en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici).
(*) Beatriz Molinari, periodista cultural. Forma parte del equipo de Cultura en la Aldea.
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