50 Años. Nunca Más | La aparición de los desaparecidos y la angustia de conocer a cuentagotas sus identidades

La identificación de restos enterrados en La Perla tuvo un impacto sinigual en las familias de las víctimas, en la sociedad toda. ¿No hubiese sido menos traumático para los familiares y amigos una comunicación única dando cuenta de los nombres de “los 12 cuerpos identificados”?
Opinión16/03/2026Miguel ApontesMiguel Apontes

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Archico Provincial de la Memoria
Archivo Provincial de la Memoria de Córdoba, en el Pasaje Santa Catalina. Foto de archivo: gentileza APM

"El Juzgado Federal N° 3 pone en conocimiento de la opinión pública que, como resultado de los trabajos de análisis antropológicos forenses realizados por el Equipo Argentino de Antropología Forense en colaboración del Instituto de Medicina Forense del Poder Judicial de la Provincia de Córdoba (…), se ha obtenido un resultado parcial en relación a la identificación genética de 12 personas".

El martes pasado se supo de la identificación de 12 personas, cuyos cuerpos estaban enterrados en el predio del ex Centro Clandestino de Detención y Tortura La Perla. No se dieron los nombres.

Trabajaba en la actualización de La Nueva Mañana y me puse a elaborar la nota, busqué alguna palabra del Juzgado. Intuí que la noticia tendría impacto nacional y más allá. “Qué bueno que hayas logrado la palabra de un funcionario porque esto es muy importante y pudimos subir rápido la noticia, dejala de principal cuando cierres tu turno”, me escribió mi compañera de la redacción.

Cuando concluyó el turno, partí al cumpleaños de una amiga. Caminando por Alberdi, de pronto me quebré. Bajé la cabeza, avergonzado, apelé varias veces al pañuelo.

Fue el primer indicio, acentuado con el paso de los días. Hubo algo en esa comunicación inicial que no cerraba.

No tardó en sonar el celular, preguntas de distinto tipo, ¿estará tu hermano entre los 12?

Cuando en septiembre se anunció que los investigadores del Equipo Argentino de Antropología Forense y otros organismos que trabajan en la zona de Loma del Torito habían determinado que restos hallados correspondían a humanos, ya las expectativas fueron inmensas. 

Hasta allí era eso, que seguramente correspondía darlo a conocer, el primer dato certero, esperanzas para tantas familias, centenares. Pero ahora estamos frente a un nuevo paso, el fundamental: la identificación de algunos de esos restos y conocer a quiénes pertenecen. 

Angustia infinita

El agradecimiento al trabajo de tanta gente que se involucró en semejante empresa no puede ponerse en duda. El Juzgado Federal N° 3, sus funcionarios, empleados; el Equipo Argentino de Antropología Forense, el Instituto de Medicina Forense del TSJ; organismos provinciales y municipales; quienes participan como querellantes, sus abogados.

Tampoco la consciencia de todos y todas en cuanto a que se trabaja sobre un tema por demás sensible.

Quizás mi reflexión se deba al desconocimiento de procedimientos y tiempos de la Justicia, pero se me ocurre que lo mejor hubiera sido una comunicación concreta, única, dando cuenta de los nombres de “los 12 cuerpos identificados”.

La angustia y el dolor de tantas familias no se saldará jamás, la idea es no profundizar todo esto a partir de llevar expectativas, como sucedió, sobre un número acotado, sólo números y otra vez sin nombres. 

Siempre pensé que el nombrar en general como “desaparecidos” a quienes fueron secuestrados, no es otra cosa que despojar de identidad a todos, todas, cada una de las víctimas del terrorismo de estado. Me moviliza mucho la recuperación de tal identidad como ha sucedido por estos días.

Centenares de familias que hace nada menos que 50 años buscan a sus seres queridos tuvieron otro pico en la ilusión de por fin conocer el destino final de su “desaparecido”. Día a día se fueron conociendo los nombres de personas identificadas y generó muchísima ansiedad este goteo. Un solo anuncio, quizás hubiera evitado estas congojas.

Y es que –disculpas por la analogía- me imaginé un gran bolillero, con centenares de nombres y alrededor centenares de familias expectantes. Son 12, entre esos 12 puede estar tu hijo, tu hija… o tu hermano, ¿mi tía? 

Que la información se hubiera dado con todas las certezas diez días después, atendiendo el impacto en las familias y la pesadumbre exaltada tras el primer anuncio, desde mi punto de vista no cambiaba nada. Es más, aunque suene pretencioso, mi objeción pretende aportar a mejorar la comunicación pública de futuras identificaciones, nada más.

Abuelas

Quienes trabajamos en comunicación, conocemos el rigor que siguen las Abuelas de Plaza de Mayo toda vez que encuentran un nieto.

Se ajustan a un protocolo especial, respetado a rajatabla, antes de hacer público el hallazgo. Y más allá de Abuelas participan otros organismos (la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad; el Banco Nacional de Datos Genéticos), coordinando toda la información, por demás chequeada, hasta el día de la ya clásica conferencia de prensa y la celebración por un nuevo nieto que recupera su identidad.

Tal vez pueda seguirse un camino similar, tomar la experiencia de Abuelas, de cara a la comunicación de nuevas identificaciones.

Encarnación

Allá por 1978 concurrí por primera vez a una asamblea de los familiares de desaparecidos, tenía 19 años. Los recuerdos se mezclan, pero estoy seguro que se realizó en un local de calle Santa Rosa, no me acuerdo con precisión si era un centro vecinal u otra institución, ¿la sede de la comunidad helénica? 

Fue un sábado por la tarde y cuando llegué al lugar había ya un grupo de gente en la entrada.

Encarnación Bustillo, seguramente por su experiencia militante, se destacaba allí, ordenando a quienes ingresaban al salón. Noté que todos se conocían y que el papel de esta mujer no era otro que cuidar la “seguridad”, ya se sabía de “infiltrados” en los grupos de familiares.

Cuando avancé, la mujer me preguntó, de manera imperativa: “Vos quién sos”. Nervioso, me presenté, le dije que venía de Cruz del Eje, “el señor Lesgart me dio el dato de esta reunión”. Entonces me invitó a pasar, y como buena militante me alentó a que me sume, “¡necesitamos más brazos, qué bueno que viniste!”. 

Ya trasponiendo la puerta, me gritó: “¿Y cómo te llamás?”. Ehhh, me llamo Miguel, “pasá pasá, Miguelito”. 

En plena asamblea, noté el perfil alto de Encarnación, estaba entre quienes dirigían la reunión. Y en un momento que se enumeraban distintas acciones aprobadas, alguien insistió sobre la gran tarea de “buscar más familiares para que se incorporen a esta lucha”. Allí interviene Encarnación y comenta de mi presencia, poniéndome como ejemplo de cómo se sumarán nuevos familiares… y me invitó a hablar.

Me sonrojé, todas las miradas hacia mí, palpitaciones, estaba inmóvil, no tenía experiencia de hablar en público, menos en semejantes circunstancias. 

Mientras caminaba hacia el pequeño estrado, en mis adentros odié a Encarnación. Me presentó. Dije, balbuceando, apenas palabras de ocasión y que estaba en representación de mi familia… me quebré. Aplausos. Encarnación me abrazó y la amé.

Entre los identificados por estos días está Ramiro Bustillo y qué hubiera dado por darle un abrazo a su mamá Encarnación.

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Ramiro Bustillo. Tenía 27 años cuando fue secuestrado en la tarde del 18 de octubre de 1977 y llevado al Departamento de Informaciones de la Policía (D2) y luego al campo de concentración La Perla. Por casi cinco décadas estuvo desaparecido. Foto: APM 

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