Ontología de una clausura o la disputa sobre la realidad misma

En Argentina, el conflicto más profundo de la era Milei no se dirime en los mercados ni en el Congreso. Por el contrario, tensiona el terreno más difícil de recuperar. El de la realidad misma. 
Opinión02/07/2026 Agustina Bortolon (*)

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La motosierra de Javier Milei: el emblema político de la derecha libertaria en el poder desde diciembre de 2023. Foto archivo

Hay momentos en la historia en que el desacuerdo político deja de ser una discusión sobre medios y fines, sobre distribución y eficiencia, y se convierte en algo más profundo y más difícil de nombrar. Una suerte de disputa sobre la realidad misma. Sobre qué existe, qué merece existir y quién tiene la autoridad para decidirlo. Argentina, desde diciembre de 2023, parece atravesar uno de esos momentos.

La gestión encabezada por Javier Milei ha sido leída, según prolíficos intérpretes, como una revolución liberal, un ajuste macroeconómico, una expresión del malestar popular o una amenaza a la democracia. Todas esas lecturas capturan algo real. Pero ninguna alcanza para explicar la intensidad del conflicto, la sensación (compartida incluso entre quienes no simpatizan con ninguno de los polos) de que se está disputando algo más fundamental que un programa de gobierno.

El giro ontológico como herramienta de lectura política

Desde mediados de la década de 1990, un conjunto de pensadores provenientes de la antropología, la filosofía y los estudios de ciencia y tecnología comenzaron a desplazar el eje de la crítica. En lugar de preguntar cómo diferentes grupos humanos interpretan o representan un mundo único y dado de antemano, empezaron a preguntar cómo distintas prácticas, instituciones y formas de vida producen mundos diferentes. Ontologías en plural, irreductibles entre sí.

Arturo Escobar, en su obra Designs for the Pluriverse, postula que el proyecto moderno occidental (con su economía de mercado, su individuo autónomo y su Estado-nación) no es una descripción neutral de la realidad. Por el contrario, define una ontología particular que se impone como si fuera universal. Una ontología que, al expandirse, no simplemente domina otras formas de vida. Las vuelve ininteligibles, las declara inexistentes o atrasadas, las des-realiza. Frente a esa ontología única, Escobar reivindica el pluriverso; es decir, la coexistencia de mundos múltiples que no pueden ser traducidos sin pérdida a un único registro.

Eduardo Viveiros de Castro, por su parte, desarrolló el concepto de perspectivismo multinaturalista a partir de la etnografía amazónica para mostrar que la diferencia entre mundos no es de perspectiva, sino de naturaleza. Lo anterior alude a que son mundos genuinamente diferentes, con distintos seres, distintas causalidades, distintas formas de lo real. Su noción de equivocación controlada señala que cuando dos ontologías entran en contacto, los términos que parecen traducirse mutuamente no lo hacen. Hablan de cosas distintas usando palabras iguales. En el campo político, eso genera conflictos que la negociación racional no puede resolver, porque el problema no es falta de información ni de voluntad. Más bien, es inconmensurabilidad.

Por su parte, Annemarie Mol, desde los estudios de ciencia, tecnología y sociedad, aportó otra dimensión con su concepto de política ontológica: la idea de que las prácticas (médicas, burocráticas, económicas, entre otras) no describen la realidad sino que la enactan, la hacen existir de cierta manera y no de otra. Las políticas públicas, en esa clave, se consideran actos de construcción ontológica que establecen qué entidades existen (el mercado eficiente, el ciudadano-contribuyente, el pobre-dependiente) y cuáles no.

Una ontología única frente al pluriverso

Sería reduccionista decir que lo único que caracteriza al proyecto político de La Libertad Avanza es su programa económico, anclado en la desregulación, la reducción del gasto y la apertura comercial. Para ir más allá de esa idea limitada, podría decirse que el mundo libertario encabezado por Milei tiene una coherencia ontológica.

El mercado, en el discurso oficial, no es una institución social entre otras, con historia, fallas y alternativas. Es el nombre del orden natural de la realidad. El individuo racional maximizador es la descripción verdadera del ser humano. La intervención estatal es una deformación de lo que las cosas son por sí mismas.

Esta estructura argumentativa hunde sus raíces en la epistemología de la Escuela Austriaca, en la teología secular del neoliberalismo tardío. Pero lo que resulta llamativo en su versión argentina actual es la radicalidad con que esa ontología se proclama única. En otras palabras, cómo la realidad misma finalmente develada, frente a la que toda alternativa es, en el mejor de los casos, un error y, en el peor, una mentira interesada.

Desde el punto de vista del giro ontológico, eso equivale a una maniobra de clausura del pluriverso. De cierto modo, es sencillamente un decreto de que hay solo una forma de organizar el mundo que es ontológicamente legítima. Todo lo demás es des-realizado. Declarado ineficiente, improductivo, parasitario, y por lo tanto inexistente en el único registro que cuenta.

¿Qué seres desaparecen cuando se reforma el Estado?

Cuando el Gobierno nacional cierra el Ministerio de las Mujeres, desfinancia las universidades públicas, elimina programas de salud comunitaria o desmantela organismos de ciencia, está des-enactando entidades. Está produciendo su inexistencia.

Yendo hacia un caso puntual, la universidad pública argentina es una forma de enactar el conocimiento como bien común, accesible independientemente del origen social. El Conicet es una práctica que hace existir cierto tipo de ciencia, orientada al bien común, al desarrollo de las comunidades, a la democratización del conocimiento. Cuando esas instituciones son atacadas no como ineficientes sino como falsas -como simulacros de productividad, como refugio de la "casta"-, lo que se opera es una des-legitimación ontológica. Se les niega existencia real en el único mundo que, según este discurso, verdaderamente existe.

Lo mismo puede decirse de otros seres que el proyecto liberal-libertario tiende a invisibilizar: los cuidados como trabajo, los saberes no certificados por el mercado, las formas de reciprocidad que estructuran la vida de millones de argentinos en barrios populares, en economías regionales, en comunidades indígenas. Ninguno de esos modos de vida es legible desde una ontología que solo reconoce valor de cambio, individuo y contrato.

La respuesta es también ontológica

Frente a esto, la resistencia que se ha articulado en Argentina (aunque, a priori, pareciera desarmada, desmotivada o reticente) tampoco puede ser comprendida únicamente en términos políticos o económicos convencionales. Hay en ella una dimensión que podríamos llamar, de defensa del territorio ontológico: la negativa a que ciertos mundos sean declarados inexistentes.

La masividad de las marchas universitarias desde 2024 a la fecha, protagonizadas por estudiantes, familias, docentes, trabajadores no docentes e individuos sin afiliación orgánica, sugiere que lo que se movilizó fue algo más parecido a la defensa de una forma de mundo. El mundo en que el conocimiento es un derecho, en que el Estado existe para garantizar condiciones mínimas de igualdad, en que hay bienes que no deben ser reducidos a mercancías.

Esa defensa, no obstante, enfrenta un problema. El riesgo de la equivocación no controlada. Cuando los defensores de la universidad pública argumentan en términos de eficiencia, retorno de inversión o impacto económico del conocimiento, están cediendo el terreno ontológico al adversario. Están hablando de bienes comunes con el lenguaje del cálculo individual. El resultado es una traducción que siempre pierde. En esos términos, el mercado siempre ganará la discusión, porque esos son sus propios términos.

La política como conflicto entre mundos

Chantal Mouffe, desde la teoría política del antagonismo, diría que el conflicto es constitutivo de lo político. No hay posibilidad de un consenso racional que lo disuelva, porque en su base no hay un malentendido a corregir sino una oposición real de proyectos. El "nosotros" y el "ellos" no son un déficit de democracia; son su condición de posibilidad.

Pero el giro ontológico agrega una capa de complejidad a esa lectura. No significa solamente que existan proyectos distintos que compiten por el poder. Es que esos proyectos enactan mundos distintos, con seres distintos, con formas de vida distintas que no son completamente traducibles entre sí. El conflicto no se reduce a una cuestión meramente distributiva, sino que encarna, en el sentido más literal, una guerra de los mundos. Una disputa sobre cuáles de ellos merece existir.

En este escenario, la democracia debe ser también, si quiere estar a la altura del desafío, el espacio institucional en que distintos mundos pueden coexistir sin que ninguno tenga el poder de declarar a los demás inexistentes. Una democracia del pluriverso.

El problema de nombrar lo que se pierde

Hay una dificultad específica en el tipo de daño que produce una política de des-realización, que incluso es muy difícil de nombrar con los lenguajes disponibles. Cuando se cierra un hospital se puede contar en camas, en kilómetros de distancia, en vidas. Cuando se desfinancia un programa de primera infancia, se puede traducir en índices de malnutrición. Pero cuando lo que se destruye es la condición de posibilidad de ciertos mundos -la trama de relaciones, saberes y prácticas que hacían que algo como "lo común" tuviera sentido-, el daño resiste la cuantificación. No hay indicador que mida la pérdida de una forma de vida.

Esa resistencia a ser medido es, paradójicamente, lo que hace más vulnerable a ese tipo de mundo frente a una racionalidad que solo reconoce lo que puede ser contado. Y es también lo que convierte la disputa ontológica en un problema político de primer orden. No alcanza con demostrar que las políticas son ineficientes o injustas en sus propios términos. Es necesario disputar los términos mismos en que se evalúa qué cuenta como eficiencia, qué cuenta como justicia, qué cuenta como existir.

Eso no es una tarea filosófica abstracta. Es lo que hacen, muchas veces sin ese vocabulario, los movimientos que resisten. Cuando las comunidades defienden sus territorios como lugares de una forma de vida; cuando los trabajadores de la economía popular insisten en que su trabajo existe, aunque el mercado no lo reconozca; cuando los estudiantes salen a la calle a sostener que hay bienes que no deben tener precio. En todos esos casos, la disputa no es solo política en el sentido procedimental del término; es una disputa sobre los límites de lo real.

El problema, entonces, es que la oposición con frecuencia acepta -por pragmatismo, por desgaste, por falta de otro lenguaje- discutir en el único registro que el adversario admite. Y en ese registro, como en toda traducción forzada, algo decisivo siempre se pierde. La tarea política más urgente es, desde esta perspectiva, recuperar la capacidad de nombrar lo que está en juego.

(*) Agustina Bortolon es antropóloga y comunicadora. Se desenvuelve en el medio digital cooperativo El Resaltador y es productora en la radio comunitaria La Ranchada 103.9. 

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