
El fútbol que no vemos ni se muestra

Enciendo el televisor y me lo cruzo a Brian Sarmiento bailando… Zapping, urgente. Un par de canales más allá, Maradona habla en nombre de los argentinos y dice no sé qué cosa… También aparece una foto de Ricardo Centurión: alguien habla de su comportamiento, aunque hace varias semanas que lo fueron de Boca. Le bajo el volumen en defensa propia.
Bastante más acá en el planeta fútbol, subo el volumen porque un canal repite los goles de Racing 2-Las Palmas 0, por el Federal B, un torneo que seduce con la proyección y el crecimiento, pero que condena a nuestros clubes al aporte privado o desaparecer, porque no se puede vivir si cada domingo se vende un puñado de entradas. De paso: ¡qué lindo sería ver a Racing y Las Palmas en una cancha que permita dar dos toques seguidos!
La buena noticia viene del lado de Alberdi, con algo que no se somete a lo inmediato: Belgrano muestra con orgullo su cancha, con la tribuna nueva sacando pecho y las butacas celestes arrancando lagrimones. Se acuerdan, ¿no? Es la misma obra que hace unos meses era objeto de desconfianza. Ahí está muchachos, para que aprendamos a moderar la lengua.
Abro los ojos como el dos de oro, cuando en otra señal, el periodista cordobés repasa la lista de los refuerzos de Talleres, Belgrano e Instituto: ¿cuántos son? En un Fiat 600, seguro que no entran…. Como cada año, los 15 jugadores que se van de un club le dejan la llave del departamento a los 15 que llegan. ¿Cómo se explica ese fracaso en la política deportiva? Perdón: ¿alguien lo explicó alguna vez?
Sin el fútbol oficial, hubo y hay mucho tiempo para reflexionar y preguntarnos por qué cuesta proyectar a nivel profesional el trabajo que los tres clubes principales están haciendo en las categorías formativas. ¿Será toda la vida que la tribuna reclame la presencia de los juveniles y cuando entran a la cancha, la gente los maltrata hasta que los chicos se van... y algunos triunfan en otro lado?
También hubo tiempo para pensar por qué nos cuestan tanto los procesos. La llegada de un bondi lleno de jugadores es un recurrente llamado de atención. ¿No sirven los jugadores de las inferiores? ¿Tan lejos está Córdoba de Rosario, que cada año Central y Newell’s producen jugadores que alcanzan para sus planteles y también para prestar 20 ó 30 pibes por todo el país?
Esa mecánica de trabajo revela la que los riesgos del fútbol urgente, que pierde de vista lo estructural, están ahí a la vista. No están dadas las condiciones para aguantar al jugador cordobés. Se lo presiona de tal manera, que los chicos arrancan con una mochila que les dobla las piernas. O bien, demuestran en los hechos que tienen la edad para jugar en Primera, pero no las cualidades futbolísticas (y profesionales).
Si la situación es ideal es que tengamos un fútbol competitivo, sustentable en materia de números y eficiente cuando se habla de organización de trabajo, en algún punto de la línea de producción alguien está apagando la luz. Si se anima, haga un ejercicio de memoria y repase cuántos jugadores de las inferiores se han afirmado y han significado una solución a la necesidad futbolística de un plantel. ¿Lucas Acosta, en Belgrano? ¿Quién más? ¿El ahora transferido Gustavo Gotti, en la Gloria? ¿Otro? ¿Bebelo? Por condiciones y perspectivas, el “10” de la “T” goza de la confianza de los dirigentes y es una aparición notable, más allá de que sea un chico.
La contra-lectura es recordar la formación de Belgrano, Talleres e Instituto, en la temporada pasada: vamos a encontrar un alto componente de jugadores foráneos; casi todos se fueron en silencio sin haber justificado sus contratos.
El fútbol que no vemos ni se muestra es condicionante y nos sitúa frente a algo que nos hace ruido. ¿Hay una degradación de los formadores? ¿Cuál es la clave que permita comprender por qué un entrenador de afuera pide 10 jugadores y se los traen, aunque la mitad no sea titular y tape la posibilidad de promover a uno de abajo?
Tenemos el fútbol que merecemos. Masivo, fuerte en la tribuna, intenso en la diaria, referenciado en la historia con muchos protagonistas valiosos, pero escasamente generador de confianza y prestigio. Cada año erosionamos nuestra identidad cuando dejamos que los propios se vayan de manera prematura (Javier Pastore, Franco Vázquez, Matías Suárez, Gonzalo Maroni, Mateo García, Paulo Dybala y otros que no tuvieron la oportunidad de probarse la camiseta) y, en lugar de ellos, se abren los espacios para que los jugadores de otros clubes maduren acá.
El fútbol que no vemos ni se muestra es también el que merecemos. Una de las causas (no la única) es que Córdoba dejó de ser autosuficiente con la producción de jugadores de alta competencia, aunque seguimos creyendo que estamos entre los mejores.


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