Oculta y deslumbrante: así es la Cascada de la Quebrada del Batán que vale la pena el esfuerzo
Una vez más, la zona de Copina me deslumbró con sus paisajes. Es que esta parte de la provincia es una fuente inagotable de rincones increíbles, ocultos entre montañas y vegetación.
Desde la ruta, las formaciones de piedra captan toda la atención, pero apenas comenzás a internarte por alguno de sus tantos senderos, terminás llegando a lugares únicos, que son pequeñas obras de arte de la naturaleza.
Esto me pasó hace pocos días, cuando decidí, una vez más, adentrarme en uno de sus destinos emblemáticos: la Quebrada del Batán.
Un destino emblemático
Se podría decir que la Quebrada del Batán se encuentra en el límite de las zonas de Copina y Altas Cumbres, más precisamente en el kilómetro 64 de la Ruta Provincial N° 34.
Su ingreso se distingue porque hay una explanada que se usa de estacionamiento para los vehículos y además hay varios altares donde se recuerda a personas fallecidas.
Al caminar apenas unos metros desde un sendero que invita a recorrer la quebrada, ya se pueden ver cascadas, miradores y el imponente paredón que es el protagonista indiscutido del paisaje.
La mayoría de las personas aprovecha para contemplar esa postal y quedarse tomando mates, pero también desde este lugar se puede llegar a una cascada que está realmente oculta entre la quebrada.
Cascada Anambé
La Cascada Anambé no es de las más conocidas y una de las razones debe ser por su dificultad para llegar hasta ella.
Por eso, es necesario aclarar que para hacer este recorrido conviene tener cierta experiencia en caminatas por las sierras, con sentido de la orientación y con las precauciones que se debe tener a la hora de hacer una actividad como esta: vestirse con ropa y calzado cómodo y apropiado, llevar suficiente agua, resguardarse del sol e ir de a dos, porque es un lugar poco frecuentado que no cuenta con señal telefónica.
Estas recomendaciones pueden parecer exageradas, pero son apenas las mínimas que hay que tener para cualquier actividad en las sierras. Por supuesto que si se quiere hacer el recorrido pero no se cuenta con experiencia, lo más apropiado es hacerlo con guía.
La caminata comienza por un sendero bien marcado que llega hasta la primera curva que hace la quebrada, luego se va perdiendo en algunos tramos por eso requiere ir prestando atención y teniendo un panorama amplio del camino para distinguir las apachetas que sirven de guía. También, una referencia es el paredón de la ruta que siempre se ve a nuestro lado derecho.
En este primer tramo se va descendiendo, ya que nuestro destino (la cascada) está río abajo. La pendiente es pronunciada, porque se debe bajar por uno de los paredones de la quebrada. Pero no llegamos hasta la parte baja del río, sino que primero nos detenemos en la parte alta, justo donde nace la caída de la Cascada Anambé.
Con unos pequeños saltos de agua y hoyitas, este es un excelente lugar para descansar de la primera parte de la caminata porque para llegar a la cascada todavía falta un descenso más.
El último tramo, la recompensa
Para llegar hasta la Cascada Anambé hay que cruzar el río y trepar por unas piedras grandes por las que en algún momento se nota que circuló agua. Se llega hasta otro río que hay que atravesar también y comienza el descenso final que nos deposita en la base de la cascada.
Este trayecto es un descenso más pronunciado que presenta como un microclima: es húmedo y está repleto de helechos y tabaquillos añosos. ¡Un bosquecito de cuentos!
En pocos minutos se empieza a escuchar con más fuerza el sonido de la cascada y se la puede ver entre la vegetación.
Se trata de una cascada de unos 20 metros de altura aproximadamente que cae en dos tramos parejitos, casi perfectos, por una pared de piedras lisas, finamente pulidas por el agua.
En su base, una hoya de gran tamaño contiene un espejo de agua de tono verdoso y transparente, que deja ver bastante su fondo rocoso.
El regreso se debe hacer por el mismo camino y entre ida y vuelta son unas dos horas y media de caminata constante.