
Un pueblo detrás de una camiseta
Marcos J. Villalobo
La localidad de Embalse vivió una noche especial. Y eso que las noches en Embalse son especiales, fundamentalmente en verano. La agradable temperatura de las sierras cordobesas, con sus paisajes regala horas nocturnas para el recuerdo. En Embalse las noches son especiales porque tiene un cielo único, las estrellas se aprecian con una nitidez magnífica. Pero anoche lo especial, tuvo que ver con el fútbol.
Este pueblo de Calamuchita tuvo grandes jugadores que jugaron en sus canchas y potreros, se dio el lujo de disfrutar de futbolistas dotados técnicamente, que por distintas razones no llegaron al fútbol grande. Entonces, ese pueblo futbolero como pocos tenía una deuda. Lo sentía así, aunque nadie lo dijera. Estaba implícito. Embalse merecía que alguna vez un hijo de su tierra vistiera la camiseta de la Selección Argentina.
Sería un pecado nombrar a alguno de los grandes jugadores embalseños de sus 105 años de historia, porque, quizás, sin querer, nos olvidemos de alguno. No obstante, me permito citar a Hugo Molina. Un delantero potente, desequilibrante, con personalidad y un remate fortísimo. Destacado, sin dudas. Y el Hugo tuvo un hijo; y ese hijo de pequeño sobresalió. Y... dicen que está en los genes. En este caso, no hay dudas. Del fruto del Hugo y su esposa Lelia nació Nahuel, un morochito que mamó fútbol desde niño; y comenzó a destacarse con la casaca del club del pueblo: Fitz Simon. Pero el “Canario” le quedó chico y su fútbol de nivel lo llevó a Boca.
Fue todo un acontecimiento cuando el verano pasado, Nahuel debutó con la camiseta “Xeneize”. Embalse se tiñó azul y oro. Incluso los hinchas de River alentaron por el pibe embalseño que jugaba en Boca. Pero anoche fue especial. Porque esta vez no hubo “culpas”. Todos unidos por el chico de Embalse.
Argentina se presentó en el Sudamericano sub-20 ante Perú. Y lo especial para este pueblo serrano de Córdoba fue que por el lateral derecho de la defensa albiceleste había un hijo nacido en sus paisajes, en sus potreros, entre los hoteles y el lago, entre los sueños solidarios y el canto a la vida. “Deuda” saldada; alegría sin igual. Hasta las viejas que no entienden nada de fútbol se sentaron, con un porrón en la mesa, a ver la tele, pero no a Moisés, sino al Nahuel. Nadie se lo perdió. Poco importó el resultado. Cada vez que la tocaba Molina, el corazón de los embalseños latió más fuerte que nunca, porque todos se sintieron que jugaban con la Selección.


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