Marcha Federal Universitaria: sí, política y opositora

Sin obligación de declarar en su contra, el Gobierno nacional reconoció que un millón y medio de personas lo impugnó en calles y plazas de todo el país. Cómo es virtud abajo lo que arriba es descalificación.
 
Opinión17/05/2026 Sergio Tagle

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El gobierno le puso dos adjetivos a la marcha federal en defensa de la universidad pública: política y opositora. Tiene razón, pero no es seguro que le convenga estar en lo cierto. Reconocer que tiene enfrente a una potencia crítica de esa magnitud, es muestra de debilidad en general y ante su destinatario predilecto en particular, los llamados mercados. Estos, desde los centros de poder global, miran a nuestro país, ya con impaciencia: deben decidir si el delegado en su semicolonia sigue siendo Javier Milei o tienen que optar por otro virrey. O virreina. Y si el propio gobierno le informa la dimensión de sus opositores, pueden empezar a inclinarse por un plan B.

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"Las movilizaciones de la comunidad universitaria y sus aliados tuvieron niveles de politicidad particularmente intensos". Foto archivo LNM

Alta política.

Las movilizaciones de la comunidad universitaria y sus aliados tuvieron niveles de politicidad particularmente intensos. Fue una causa que congregó muchedumbres, facilitó el acercamiento entre múltiples fragmentos de un mundo popular ya sin dudas acerca de quién destruye el bien defendido, en este caso la universidad pública. Es el poder también agresor de derechos de otras particularidades que se manifestaron en el mismo tiempo y espacio. Lo singular se anudó al amparo de una consigna general.  Lo ocurrido fue, efectivamente, como lo describió el gobierno: político. Podríamos agregar, con una densidad política de la cual carece la que circula en el palacio de los políticos profesionales.

 Lo que el oficialismo descalifica es virtud.

Voces oficiales y oficialistas, gubernamentales y periodísticas, fundamentan lo que pretende ser una descalificación, señalando la presencia de grupos sociales no universitarios y de partidos políticos. Sin embargo, a esta altura debiera ser una obviedad democrática que fuerzas partidarias apoyen reclamos sociales que consideran justos.

Un neomarcartismo periodístico, por su parte, está siempre atento para señalar, con dedo y tono de denuncia, a actores que no compartan identidad plena con el grupo demandante. De esta manera, sería poco menos que infiltrado un joven que participa en un acto de jubilados/as. Pero, de aceptarse que la vida en común requiere de mínimos lazos cooperativos, debe (debiera) ser tema fuera de discusión la solidaridad entre iguales y diferentes. No es imprescindible tener un familiar con discapacidad para hacer propio su grito en contra de la impiedad gubernamental; no es necesario ser un despedido para participar en un piquete de la fábrica o empresa que arrojó a la intemperie a miles. Lo esencial es invisible a los ojos que miran desde esas nubes estatales y mediáticas.

Efectivamente, además de la comunidad universitaria, participó una amplia y diversa cantidad de organizaciones sindicales, movimientos sociales, partidos políticos y colectivos no universitarios. Estuvieron centrales y sindicatos obreros, movimientos sociales, artísticos, culturales, trabajadores de la economía popular. Jubiladas, jubilados. Organizaciones piqueteras, de derechos humanos. Actores, artistas y referentes de la cultura. Comunidad LGBT. Grupos que piden por la salud pública y las personas con discapacidad. Peronismo/kirchnerismo, izquierda y aún radicalismo. Dirigentes, gobernadores y legisladores nacionales. De esta manera, quedó sugerido un potencial bloque social y político de una hipotética estrategia de reconstrucción nacional – popular- democrática.

Desde el pie.

El gobierno le declaró la guerra a la diversidad social y cultural mencionada. Define a sus miembros como “enemigos” y los trata como tales. Son la principal víctima de la motosierra y del “sadismo de Estado”, como dice el arzobispo de Córdoba, Ángel Rossi. La marcha ofreció una muestra parcial (veremos si estable y expansiva hacia no organizados) de las formas de composición/recomposición de procesos populares “desde abajo y hacia arriba”. Cuando la pasividad se despereza, primero ocurren múltiples demandas aisladas. La indolencia estatal agota la paciencia social. Cada grupo en particular empieza a percibir que el gobierno es un obstáculo común. Los fragmentos empiezan a mirar hacia el costado. Queda claro que arriba está quien provoca las privaciones y al lado se empiezan a percibir hermanos de sufrimiento. Si había algún tipo de indiferencia, concluye. Si había diferencias, se las omite ante la necesidad de construir una fuerza unificada en contra de quien los declaró enemigos.  Entonces, se unen bajo una bandera general para derrotar a la causa de los males de todos y cada uno.

La bandera aglutinante fue y sigue siendo la universidad pública y todo lo que significa en términos sociales, educativos, económicos, científicos, culturales; materiales y simbólicos. Los generales de la guerra mileísta demostraron ineptitud. Una buena conducción militar nunca destaca la fortaleza del enemigo, como lo hizo este Estado Mayor gubernamental y periodístico, al caracterizar a la marcha federal como lo que fue: política y opositora.

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