La magia de una Selección dorada

En la década del ’50 Hungría tuvo una generación dorada con Puskás como referente. La historia de un equipo que marcó una época por su juego revolucionario, sentó las bases del “fútbol total” y creó el famoso “falso 9”.
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Puskas, uno de los mejores futbolistas de la historia. Sí, porque el fútbol no nació "ahora".

Un cerrajero del distrito obrero de Kispest, al sur de la capital Budapest, recorría potreros. Buscaba a los mejores juveniles. Él había sido futbolista, defensa central, y luego fue cazatalentos para el Kispest Honvéd (hoy Budapest Honvéd FC). Y encontró a la mejor camada de futbolistas de todos los tiempos de Hungría.  Una generación de oro. A tal punto, que los juveniles de aquel club proveyó de los mejores talentos del seleccionado nacional subcampeón del mundo de 1954.

La curiosidad es que ése cerrajero, que buscaba talentos precoces por los terrenos de baldíos, que tenía un ojo clínico especial y una capacidad formadora increíble, en su hogar tenía a la máxima perla de esa generación: Ferenc Puskás.

Fue un equipo maravilloso y que maravilló a propios y extraños. Dejó una huella en las páginas doradas del fútbol mundial. Es que Puskás, junto al resto de las luminarias de su camada, llevaron a ese país a la cima del fútbol mundial.

Aunque no fueron campeones mundiales, ese equipo logró eternizarse por su juego. Lograron hechos inéditos y revolucionaron las tácticas de aquella época. 

El 25 de noviembre de 1953, ante cien mil fanáticos, golearon a los inventores del fútbol por 6-3, en un partido casi perfecto. Fue una verdadera hazaña que llenó las páginas de los diarios de Europa y el resto del mundo, ya que, hasta ese momento, ningún equipo externo a la isla de Gran Bretaña había conseguido ganarle a Inglaterra en el mítico Estadio Wembley.

Grosics, Buzánszky, Lóránt, Lantos, Hidegkuti, Bozsik, Zakariás, Budai, Kocsis, Puskás, Czibor, son los apellidos de los once futbolistas del “Equipo de Oro” húngaro de la década de 1950.

Previamente a aquel hito en tierras británicas, la Selección de Hungría, con Puskás como estrella, logró el oro en los Juegos Olímpicos de 1952.

Una máquina de ganar
Esta generación de oro del fútbol húngaro se formó en equipos locales, sin posibilidad de jugar en clubes occidentales por el aislamiento que impuso el Gobierno prosoviético tras la Segunda Guerra Mundial. Sus triunfos eran utilizados como propaganda por el régimen comunista. Y vaya que lograron victorias: entre 1949 y 1956, Puskás y sus compañeros ganaron 44 de 51 partidos jugados, con cuatro empates y una única derrota.
Sí, esa única derrota fue en el partido más importante: la final de la Copa del Mundo de 1954 ante Alemania Occidental en tierras suizas. Se la llamó el “Milagro de Berna”. Nadie, hasta el día de hoy, comprende con exactitud lo que pasó en esa jornada de triunfo germano por 3-2, ya que días antes, en el inicio del certamen los húngaron habían goleado 8-3 a los alemanes. Y sí, es fútbol.

Una máquina de jugar
El juego de Hungría se basaba, a pesar de las grandes individualidades, en lo colectivo. Se decía que su estilo era el del “fútbol socialista”.

Se los conocía como “Los Magiares Mágicos”. Su técnico fue  Gustav Sebes, un revolucionario en el ámbito psicológico de los jugadores, un estratega que buscaba el éxito colectivo pero que no dejaban de lado el aspecto emocional de sus dirigidos. Y todo tenía que ver con cumplir el rol de “defensores de la patria”.

Ojo, no todo fue color de rosas al comienzo para Sebes, que asumió en enero de 1949, ya que su debut fue con una derrota ante Checoslovaquia, el 10 de abril de ese año, y las críticas no tardaron en llegar. Pasa el tiempo y los criticones siguen de moda...

No obstante, ya desde el inicio Sebes comenzó a mostrar que había variantes tácticas en sus formaciones. Un 4-2-4 reemplazaba a la tradicional “WM” de la época. Y su primera víctima fue Austria. El 8 de mayo, goleó 6-1 a los autríacos con un, de acuerdo a las crónicas de ese tiempo, “juego asociativo”.

La idea de Sebes era la de prescindir del centrodelantero. Y allí nació el popular “falso nueve”. Los cuatro delanteros eran juveniles, entre ellos Puskás que convirtió ese día su segundo hattrick internacional.
Fue un despliegue de fútbol ofensivo, estimulado por el desequilibrio de los extremos.
“Cuando atacábamos, todos atacaban, y defensivamente hacíamos lo mismo. Éramos el prototipo del ‘fútbol total'”, supo relatar el propio Puskás.

Es que en la Hungría de Sebes el talento era predominante por sobre la capacidad física; aunque ese talento debía estar al servicio del colectivo. En el libro “Puskás sobre Puskás”, editado por Rogan Taylor y Klara Jamrich, explica que Sebes “experimentaba a menudo con los jugadores” y que era “los suficientemente listo para no imponer un rígido sistema táctico a esos excelentes jugadores y prefirió favorecer un ambiente que permitiera la mayor libertad posible del talento individual”.

En cuanto a lo defensivo, que también ensayaba mucho, pretendía que uno de sus volantes retrocediera para ubicarse como segundo marcador central. Y de esa manera formaba la línea de 4 en el fondo, dos quedaban en zona del mediocampo y cuatro en la ofensiva.

Cuentan que a Sebes, que también era viceministro de Deportes de Hungría, le gustaba retirarse a las montañas para pensar estrategias para su equipo. Le gustaba leer. Admiraba la influencia que ejercían el italiano Vittorio Pozzo y el austríaco Hugo Meisl.

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El adiós
Fue un equipo que logró un fútbol de alto vuelo, con los atacantes moviéndose por distintos espacios ofensivos y colaborando con el mediocampo. El falso nueve que confundía. Y un cooperativismo inédito en la recuperación de la pelota. Llenaron estadios, ganaron partidos por doquier. Incluso después de perder aquella final del Mundial ’54, siguieron ganando. 

Sumaron 18 triunfos consecutivos después del histórico juego ante Alemania. Entre ellas se destaca la primera victoria de la historia sobre la URSS en terreno soviético. Pero en 1956 iban a desaparecer para siempre los “Magiares Mágicos”.

La Revolución Húngara contra el gobierno provocó revueltas en el país, y eso tuvo implicancias con el fútbol. ¿Por qué? El Honved, al que pertenecía gran parte de la Selección, se encontraba en España para jugar un partido de Copa de Europa. Al surgir la revolución, las grandes estrellas decidieron no volver más a su país. Ya nada fue igual. Y el fútbol en Hungría no volvió a ser el mismo. 

Desde 1986 que no clasifican a una cita mundialista. Incluso, el desinterés por el fútbol en aquel país se refleja en los escasos espectadores que van a los estadios del principal torneo profesional.

Sin embargo, la leyenda de aquella Selección de la década del ’50 marcó una época y los elogios aún recorren el planeta con el recuerdo de un “campeón moral” que expuso un juego de alto vuelo y revolucionario. ¿Se puede pasar a la historia sin salir campeón? Sí, Hungría del ’54 lo demostró.

“En las calles cercanas había muchos niños. Todo el mundo era muy pobre y muy pocos podían comprar juguetes, pero el fútbol nos proporcionaba una enorme y barata diversión” (Puskás)

El informe pertenece a la primera edición de la revista mensual EQUIPOS CON IDENTIDAD. Un proyecto que surgió desde Córdoba y se especializa en la táctica en el fútbol.

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