Julieta Daga, directora de un homenaje diferente: "La vanguardia son los viejos"
Tres mujeres de extraña complexión física, viejas, achacadas y verborrágicas, movedizas en su permanente actividad y repetidoras seriales habitan la escena de La gesta de las viejas, un encuentro primoroso entre Cortocircuito Teatro, Julieta Daga y Lautaro Metral.
“Una red de totora, tres sillas y pelucas viejas”, anticipa la directora. El arte del clown y el humor finamente destilado no precisa nada más. Comienza la función y las extrañas figuras arman su pequeño universo de palabras y gestos que, se adivina, acompañan a las mujeres desde hace varias décadas. Es día de votación, hay que votar “bien”, al ritual político se agrega una ceremonia, también repetida por las tres amigas: tomar caña Legui, comer masas y empuñar la pancarta, en recuerdo de tiempos mejores, si no para el país, para los huesos y las articulaciones. Pero hasta los rituales pueden fallar.
Norma, Irma y Mirta llevan su propia silla a cuestas mientras recorren los hábitos de una amistad añeja y fresca, antigua y reconfortante. Hay vida en ese juego de las sillas y en la conversación, bendita maña de las viejas que se repiten a propósito, que se olvidan sin querer.
La gesta de las viejas es una comedia divertida y dramática por obra y gracia de un trío exquisito. Laura Bringas, Mariana Mansilla y Claudio “Chino” Castillo respiran y suspiran dentro de la creación colectiva que los puso a pensar en la finitud de la vida y la inmensidad de las herencias, tan pesadas como ligeras. Los asisten las pelucas preciosas, inmensas y esponjosas creadas por Liliana Cuaglia y los vestuarios del equipo creativo integrado por Agustina Blanc y Telma Cataldi.
El público se suma entusiasmado al registro de esos cuerpos en juego, a las viejas que fueron, son y seremos.
“Hacer teatro con lo mínimo, para poder hacer mucho”, dice Julieta Daga en charla con Cultura en la Aldea. Ella y Cortocircuito Teatro decidieron armar algo nuevo después de La puta mejor embalsamada, una obra de gran repercusión que anduvo escenarios durante seis años.
“Siempre estaba el fantasma de La puta. Quisimos ir a otro lado, apostando al humor. En mi búsqueda del trabajo de los cuerpos, les propuse trabajar con viejas, mujeres. Veníamos del 8M, de las marchas de los jubilados que fueron los primeros que se le pararon a este gobierno. Ahora resulta que la vanguardia son los viejos. Estábamos todos disconformes pero los únicos que salen a la calle, los gasean y vuelven, son los viejos”, comenta Daga.
Pensaron en la rebeldía y los cuerpos que cuando se van poniendo más grandes no pueden caminar, sienten los dolores de la lumbar o la contractura en el cuello.
En el proceso creativo, la directora llevaba estímulos y el elenco improvisaba armando escenas, “números”, en palabras de Lautaro Metral, el responsable de la dramaturgia del espectáculo. Cuando llegaron a ese punto, entró Lautaro para hacer uso de la palabra.
“La belleza de la palabra justa que nos hace entrar en la imagen. Yo pensaba, ‘cómo se te ocurrió esto’. Lautaro escribió una obra larga a la que le hicimos una edición, además de la vuelta del final. Me parecía importante que entrara el público a escena. Los espectadores cubren dos roles de actores que no están. Así se fue configurando cada vieja, entre la payasada y la corporalidad exacerbada que habilita otra emocionalidad. Hay cosas de los viejos nuestros, de nuestra familia”, comenta.
La amistad cuando somos mayores
Lautaro explica que el grupo quería hacer una obra acerca de la vejez y la amistad, atravesada por la ideología y una fuerte presencia de lo político y lo argentino.
“Me mostraron una gran serie de números improvisados. Elegimos los más potentes para abrevar ahí a la hora de hacer la dramaturgia. Les propuse ciertos juegos de producción de palabra y cierta dinámica teatral, que nos permitiera engarzar los números. Así surgieron otras escenas”.
El trabajo incluyó una filmación del desarrollo del trabajo y la desgrabación letra por letra. Luego hizo la labor de dramaturgia, la estructura de una primera versión escrita. Seguía rondando la pregunta sobre qué querían contar. La revelación, que aquí no adelantaremos, cerró ese proceso creativo largo y lleno de estímulos.
“Las viejas tienen un apuro que no solo es el de resolver las cuestiones políticas que les duele como ciudadanas”, dice el dramaturgo.
Narrar la vejez
Lautaro Metral coincide en que la obra es un homenaje a nuestros viejos, los de nuestro país.
“Esa fuerza con la que han salido a enfrentar las políticas deshumanizantes de la derecha que hoy nos manda. Salieron a exponer la locura que vivimos, que tiene que ver con el deterioro de la salud, la educación, los convenios laborales y etcéteras. Esta forma de narrar reivindica el rol de nuestros mayores. Ellos están para marcarnos el camino, un camino que ya han vivido, una historia que conocen a fuerza de tantas repeticiones y una voz que tiene que ser escuchada, para tomar la posta. Es una puesta en valor de las viejas y viejos que tienen un rol importantísimo en una sociedad pensada para las personas jóvenes, productivas. El ejercicio de pensar en la vejez como motor de lo teatral es una manera de comenzar a pensar cómo queremos ser cuando nos toque llegar a la vejez y para que ese transcurso no haya sido en vano, ‘no hacerse viejo al pedo’, como dijo un amigo una vez”.
Lo que ocurre en escena responde a diversas técnicas, con elementos de clown y la transformación de los cuerpos. “La gesta de las viejas es una obra de humor”, subraya la directora.
“Una comedia dramática que tiene melodrama, cosas sentimentalosas porque las conocés y las viviste. Todos transitamos hacia la muerte, hay algo que nos conmueve en relación al paso del tiempo, a los olvidos, la memoria, los chistes viejos, hay nostalgia y un poco de eso que nos hace falta para vivir, las cosas simples. Como dicen los chicos (los actores): ‘alguien que no robe, que no grite, que no insulte’. Es un llamado al sentido común, volver a la ternura primera de la abuela que te abrazaba, te tejía un pullover, cosas sensibles que muchas veces pasamos por alto, mirar el mundo desde un lugar muy sensible”.
La obra se presenta en La Brújula, la sala de Cofico que está generando su público. Al respecto, Julieta Daga observa: “Es un público que busca obras no tan experimentales, es decir, que las pueda disfrutar mi vecina. Yo hincho por ese teatro, porque es la manera de ganar públicos. Me gusta hacer todo tipo de teatro pero este me parece imprescindible, por los tiempos que corren. Ojalá el teatro se ponga de moda, que sea una opción que te haga sentir más culto, que la gente lo considere tan importante como estar vestido a la moda, una opción que te ponga en una categoría de indagación sensorial, algo así”.
Norma, Irma, Mirta
Finalmente, les preguntamos a las actrices y al actor cómo son sus respectivas viejas.
Mariana Mansilla es Norma. “Es un personaje que estoy disfrutando muchísimo hacer. Tiene picardía y ternura. Las tres tienen sabiduría. De un tiempo a esta parte, Norma tiene algunos olvidos. Se olvida del nombre del marido, a quién tiene que votar. Por momentos parece que está perdida. Y en otros, selectivamente, elige decir que no recuerda, como en el final del sueño que tuvo. Esa es la picardía. Además, usa el humor como bandera. Lleva en su carterita una libreta con chistes viejos, que usaba en épocas muy oscuras para contarle a su marido preso. El humor, como herramienta de teletransportación. En lo personal, lo uso mucho para comunicarme. En lo actoral, es una técnica que me encanta. Normita es la vieja facha. Dice frases desafortunadas con impunidad, por haber vivido tanto. Tiene las dos caras de un personaje muy querido. Las viejas vienen a decir verdades y a manifestar que pese a que se las pone en los márgenes, ellas siguen poniendo el cuerpo, siguen confiando en los valores que sostienen desde hace años y en los vínculos”.
Claudio “Chino” Castillo es Irma. “Es una señora viuda, muy sufrida. Ellas tienen en común la inocencia, volver a ser niñas, el desparpajo, la libertad del juego. A través de la amistad dicen muchas cosas. La gente se identifica y empatiza con las viejas. Me trae recuerdos de mi mamá y mi abuela. Hablar de la vejez nos pone en un estado interesante porque vamos a llegar. Y tienen esa cosa de los niños, como reírse de la sordera de alguien. Irma repite todo el tiempo lo mismo. Yo me conecté mucho con mi mamá, que tiene 92 años. Ella tiene esas cosas que me hace renegar como hijo. Ellas creen en el valor de la democracia, cumplen el ritual porque tienen que ir a votar, cueste lo que cueste. Eso las hace más humanas. La identificación del público con ellas tiene que ver con el clown. Cada vez que un clown sale a escena, el espectador se siente identificado. La obra no es realista, tiene ese absurdo y grotesco desde las corporalidades y formas de actuar, que es la particularidad del grupo. Hacer participar al público es propio del clown. Hago de mujer, pero no es una réplica. Es mi otro yo en el cuerpo de una mujer. Claramente se ve que soy un hombre y eso se ve: tengo bigotes que no se disimulan. Es el código del clown. No es transformismo”.
Laura Bringas es Mirta. “Ha sido actriz y su sueño es seguir actuando. Es quien las guía un poco a Irma y a Norma. En la obra cada personaje tiene su momento individual. En el caso de Mirta es la actuación. Cuando empezamos a pensar las viejas, en este personaje están presentes mis abuelas, en sus dichos y sus modos. Fuimos compartiendo lo que nos resuena de nuestras abuelas y madres. Es un homenaje a las abuelas y abuelos que luchan (las Abuelas de Plaza de Mayo y quienes siguen luchando en las calles). Son fundamentales en nuestra sociedad. En cuanto al humor, la idea es que los momentos de risa sean también profundos. Fue un desafío trabajar con profundidad. Queríamos conmover y hacer reflexionar”.
Ficha técnica, sala y fechas
La gesta de las viejas. “Una comedia electoral”. Dirección: Julieta Daga. Dramaturgia: Cortocircuito y Lautaro Metral. Actuación: Laura Bringas, Mariana Mansilla y Claudio “Chino” Castillo. Diseño lumínico y operación técnica: Mariela Ceballos. Vestuarios: Agustina Blanc y Telma Cataldi. Pelucas: Liliana Cuaglia. Asistente de dirección: Mariela Ceballos. Viernes a las 21.30 en Teatro La Brújula, Rivadavia 1452, Cofico. Entradas en: www.teatrolabrujula.com.
(*) Beatriz Molinari. Periodista cultural. Forma parte del equipo de Cultura en la Aldea. Fotos de Julieta Daga: Sebastián Seisdedos.
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