Opinión Luis Zanetti 07/03/2026

50 AÑOS. NUNCA MÁS | Somos lo que recordamos

Del “espanto” a “Memoria, Verdad y Justicia” hubo muchos avances y algunos retrocesos. Sin embargo, hay aspectos que han ido decantando en un sustrato común que hoy está instalado en el haber de nuestra identidad. 
"El Nunca Más tiene un sentido unívoco desde que el fiscal Strassera cerrara aquel alegato que aún hoy tiene la fuerza de la denuncia histórica", afirma el autor de la columna. Foto: gentileza

A sus casi 90 años, mi madre navega a la deriva y se detiene, por momentos, en los puertos donde la memoria la recibe con los recuerdos más felices. En ellos mi padre la espera de pie frente al altar con una flor en el ojal de su traje de novio, mi abuela le sonríe desde el mostrador del almacén en Traslasierra. Otras veces hace un alto para desayunar leche tibia recién ordeñada, apoyada en la tranquera del corral.

Estrategias para suavizar el dolor de ya no ser.

Quienes aún no navegamos en la bruma de la senectud podemos recordar, también, algunos de los otros momentos, los que quizás más tarde terminarán escondidos en algún pliegue, los que actualizan los dolores, los que despiertan la nostalgia y la melancolía.

En la introducción de “Vivir para contarla”, Gabriel García Márquez dice que “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Y cada quien cuenta la historia según lo que pudo escapar de la voracidad de los pliegues opacos de la memoria.

En esos recuerdos que persisten, se encuentra una parte esencial de nuestra identidad, de aquello que nos ha caracterizado, de lo que nos ha traído hasta el presente y lo que nos da letra para contar la historia.

Los relatos fundantes de los pueblos que nos han precedido desde el amanecer de los tiempos, pudieron mantenerse por esa tenaz persistencia de contar historias. Así, alrededor del fuego que abriga en las noches, en estrados improvisados o en sótanos discretos que saben cuidar a quien narra, las historias se han sostenido más allá de la desaparición de sus héroes y villanos.

Los pueblos han aprendido a sortear las nieblas de la memoria individual ejercitando la construcción colectiva de la historia. Este ejercicio también ha permitido gambetear el esfuerzo de los “ministerios de la verdad”, escapados de la ficción y actualizados sus nombres, aunque con los mismos argumentos e intereses.

Me he preguntado estos días, consciente del tiempo de descuento para un aniversario fatídico, cuál es al caso la importancia de recordar. Más del 60 por ciento de la población argentina actual es hija de la democracia y apenas un escaso 25 por ciento ya respirábamos cuando la Junta Militar encabezó la interrupción del orden constitucional y le dio al espanto status de política de Estado.

Del “espanto” a “Memoria, Verdad y Justicia” hubo muchos avances y algunos retrocesos. Sin embargo, hay aspectos que a fuerza de testimonios, investigaciones, sistematización, compromiso y coherencia han ido decantando en un sustrato común que hoy está instalado en el haber de nuestra identidad. 

El Nunca Más tiene un sentido unívoco desde que el fiscal Strassera cerrara aquél alegato que aún hoy tiene la fuerza de la denuncia histórica, que aún hoy estremece y emociona. Es cierto que ha habido intentos de resignificarlo, de quitarle potencia y capacidad de expresión universal, pero no han podido.

En tiempos donde los discursos oficiales son capaces de negar hasta la redondez de la tierra si lo entendieran necesario, donde a los hechos responden con exabruptos altisonantes. En tiempos donde las instituciones de la democracia se convierten en escenarios grotescos para el desfile de protagonistas que no desentonan. Mientras sangramos por esa herida epocal que nos tiene en estado de parálisis, se vuelve imprescindible el ejercicio de memoria colectiva.

Tenemos la responsabilidad de no olvidar.

Tenemos el desafío de lograr que nadie olvide. 

Tenemos que hablar, preguntar, contar, cantar y marchar.

Recordar en las calles el 24 de marzo del 76 es la forma de sostener nuestra identidad, la que nos permitió dejar atrás aquél horror. 

Mirar con esperanza el futuro no es exiliar a los pliegues opacos de la memoria lo que ya vimos, ya escuchamos, ya sabemos.

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