“El papel del sobreviviente es difícil, somos mensajeros de lo insoportable”

Ana Iliovich estuvo dos años desaparecida en el campo de concentración La Perla. En su libro “El Silencio. Postales de La Perla” hace un relato en primera persona del horror desde adentro. Su testimonio fue clave en el megajuicio que condenó a la mayoría de los acusados.
Córdoba04/05/2017 Mariana Romito
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Es uno de esos libros de los que no se sale indemne. “El Silencio. Postales de La Perla” de Ana Iliovich es un relato descarnado, de alguien que escribe con la piel atravesada por la oscuridad más tremenda de la que solo ella puede volver con tanta dignidad.

Debo confesar mi absoluta imparcialidad al escribir estas líneas. Yo a Anita la quiero, admiro, y aborrezco a los que le hicieron esto. Aborrezco visceralmente a los Ellos, como ella llama a los que hasta hoy se vanaglorian de las esquirlas del horror. Desde allí escribo.

El Silencio, lenguaje mudo que irrumpe en todo momento, no sólo es el nombre del libro, y es que “el silencio atravesó el terrorismo de Estado, el silencio es la desaparición de la palabra de los cuerpos, de los nombres. Es eso, la desaparición, y nosotros, los que quedamos vivos desaparecimos porque no se nos podía nombrar, eso es el silencio, el silencio lleva aparejado una enorme soledad”, cuenta Ana Iliovich en una entrevista con LA NUEVA MAÑANA.
Las páginas tienen la inverosímil capacidad de oscilar entre el horror y el amor. El amor a los hijos, salvadores a toda hora, a los amigos, que con gestos entrañables la empujaron hacia el abrazo.

Cada detalle está cuidadosamente elegido y pensado. La foto de tapa es una postal tomada por sus padres en su casa de Bell Ville, quienes buscaban contar con un registro de que ella estaba viva. Fue tomada en sus salidas de La Perla, las que le permitieron hacer una lista con los nombres de quienes habían pasado por el campo de concentración. Esa imagen también está (la de ella y su cuaderno), en una ilustración que le regaló Gustavo Dagnino, quien a la salida de su segundo testimonio la abrazó con fuerza y le dijo: “Te dibujé como eras antes”.

“El libro intenta ser un aporte en ese sentido, son cosas que siguen sin hablarse. Y no solo el silencio hacia dentro del campo de concentración, el silencio sobre todo afuera, la familias que no podían hablar, ni entre ellos”, cuenta Ana.
Y como recompensa, la palabra, aunque no siempre redentora.

“Me llamaron muchas veces a testimoniar y no siempre pude. El testimonio es un proceso muy complejo no es que vos vas testimoniás y después sos feliz, no es así. Es una situación muy compleja, que te atraviesa el cuerpo y el alma de una manera feroz”.

Ana recuerda la primera vez que fue a brindar testimonio: “Fue como que me quedé adentro, en mi psiquismo yo quedé de nuevo atrapada, por el enorme esfuerzo de recordar, por lo que significa estar cerca de Ellos, esa situación fue muy compleja. Sin embargo, soy una absoluta militante de la Justicia, sabía que era necesario, que había que hacerlo, que es válido, que es la única manera de frenar la impunidad”.

Entretanto, ser portador del mensaje fue muy difícil, y el libro da cuenta de la dificultad de muchos a la hora de soportarlo.

“Hubo mucho tiempo una descalificación del mensajero, el mensajero trae un relato insoportable, ahora es diferente, pero al principio el mensajero decía están muertos, era un mensajero insoportable. Yo empecé a testimoniar más tarde pero la gente que empezó primero la pasó muy mal. Por esa cosa además de la sospecha inmediata de por qué vos estás vivo. Antes era por qué a vos te llevaron y después fue por qué vos estás vivo”, relata Ana.
“Totalmente comprensible por otro lado, yo con los años me di cuenta que son efectos de la represión, porque fue tan perversa desde el ocultamiento, de la mentira sobre lo que pasaba que nos atravesó a todos. La perversión del sistema que con una arbitrariedad absoluta decide este vive y este muere. Eso es horroroso, de ahí no se sale, del lugar por qué a mí sí por qué a mí no, por qué a mí. La respuesta que yo elijo es: pregúntenselo a ellos. Pero llegar a eso fue un largo proceso”.

Un territorio de locura

La locura, la soledad, conjunción insoportable para cualquiera. Eso era La Perla. Y así lo explica Ana: “El campo es la locura, porque no hay reglas, ninguna, no hay un exterior, no hay un afuera. Ellos pueden hacer con nosotros lo que quieran, sin tiempo, sin ningún límite”.


La hija del Cura

Un capítulo estremecedor es el que describe cuando Ana recibió en su consultorio a la hija de uno de sus torturadores como paciente.
“Estoy mal porque no puedo hablar. Tengo miedo. Ante ciertas situaciones me paralizo y quedo muda”, le dijo la chica a Ana, quien cuenta el episodio en el libro como una escena de “realismo mágico”.
“Su padre torturaba chicos de su edad para que hablen. Fue muy impresionante eso”, recuerda.


Fragmento del capítulo XIX de “El Silencio. Postales de La Perla”

Elijo a los amigos que no me eligen por mi muerte
Elijo a los amigos que me eligen por mi vida
Elijo esta tierra, esta casa, mis modestos sueños, mis mujeres golpeadas, mis compañeros de trabajo y reflexión, mis pacientes.
Elijo mis viejos, vulnerables y viejos.
Elijo mi compañero.
Elijo mi libertad de elegir.

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