
Un cuatro que rompió el molde y cumplió sueños desde la banda



Cuando se quiere menospreciar algo se dice que es "un cuatro de copas". En algunas barras de amigo, cuando hay alguno que la mujer no lo deja participar de los asados, decimos que tiene menos salida que el cuatro de Bella Vista.
Siendo pibe, en la época de la cancha de once, los habilidosos iban a cuatro puestos: 11, 9, 7 y al distinto la 10. A medio iban dos con visión o lucha, eran el 5 y el 8. Atrás estaban, uno que cabeceaba bien, y otro que era grandote, inflaba el pecho, tenía cara de malo y le daban la 6 y la 2. Al otro zurdo del equipo, y eran muy pocos -son solo el 5% de la población - le otorgaban la 3. Entonces quedamos nosotros. No eras habilidoso, ni tenías visión, no eras zurdo, pero alguien tenía que ser "4".
Vas y volvés en todos los avances. Pero no te la tiran nunca. La desconfianza es un símbolo. El 10 te mira que picas solo, pero vos te imaginas que él está pensando para qué, si total no la vas a poder parar.
La noche anterior al partido, cuando ya sabías el nombre y las características del once del equipo contrario, hasta te tocaba soñarlo, porque el subconsciente era más fuerte.
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Este pueblo tiene menos de 5.000 habitantes. Está cerca del límite con Santiago del Estero, pero es más cordobés que cualquier otro pueblo.
Los que algunos periodistas equivocadamente, y en contra de todo, le dicen “campo”. En ese pueblo nació alguien que escribió lindo. Escribió su propia historia, e hizo famoso el pueblo en todo el país y en el continente. Leopoldo Lugones nació en este lugar.
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En 1993, cuando Argentina ganaba en Quito, nacía un pibe cordobés. Oscar Ruggeri levantaba la última copa que vimos levantar y que se sumó a las vitrinas argentinas. Nació un pibe que tenía destino de “cuatro”.
Este pibe nació en un pueblo pequeño, pero tan pequeño, como orgulloso de su historia. Y él un día le tocó llegar a Córdoba, primero a Las Palmas y después al "Pirata". Y cuando algunos hinchas lo miraban con recelo porque no completaba el manual del cuatro, porque salía jugando, la podía parar, y el 11 soñaba con él, la noche antes del partido.
Cuando Renzo Saravia, el pibe que nació en Villa María de Río Seco, se puso la camiseta de la Selección, y encaró al primer delantero de Guatemala, lo desairó: la venganza de los cuatro, estaba en marcha.


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