
El Evangelio según Bolsonaro
Sergio Tagle

El voto evangélico no completa la explicación de la irrupción ultraderechista en Brasil, pero sin él Jair Bolsonaro no hubiese sido presidente ni su hijo Flávio habría derrotado a Lula da Silva la semana pasada. La llamada teología de la prosperidad, hipercapitalista y moralmente ultraconservadora, demuestra desde hace décadas su potencia para producir los individuos que requiere la ola neorreaccionaria que se expandió por el continente. También desempeña funciones útiles para contener necesidades sociales no resueltas por la centroizquierda brasileña, una de las últimas expresiones del llamado «ciclo progresista latinoamericano».

La fe en el capitalismo gana elecciones
Lula da Silva mantuvo su mayor ventaja entre el electorado católico. Flávio Bolsonaro lideró con holgura el segmento evangélico. El hijo del expresidente capitalizó la estructura y las alianzas consolidadas por su padre con líderes religiosos y con la bancada evangélica en el Congreso. El bolsonarismo pronuncia un discurso centrado en valores que defienden la tradición (conservadora), la familia (tradicional), la propiedad (privada) y temas de una ya típica agenda anti-woke. Este vocabulario encuentra condiciones de recepción favorables en comunidades y templos evangélicos.
El cielo es para los ganadores
«Dios quiere socios, no empleados. Tu fe debe ser emprendedora, no asalariada. Tienes que invertir en el reino para recibir dividendos celestiales». Lo dice cualquier pastor evangélico inspirado en la prédica del obispo Edir Macedo, líder religioso neopentecostal, escritor, empresario multimillonario brasileño y fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios. No hay sutileza en la analogía establecida entre el lenguaje religioso y el propio del comercio y las finanzas. Es innecesaria porque eso es lo que los fieles van a escuchar; saben que el servicio de la iglesia está enfocado en la prosperidad económica, en la buenaventura de emprendimientos y negocios.
La retórica del capitalismo de plataformas es expresada como palabra de Dios. La uberización de la vida aparece como un mandato divino. Los miembros activos de las iglesias se nuclean en reuniones cuyo nombre explicita la ética que los guía: «Nação dos Vencedores» (Nación de los Vencedores). Los perdedores, algo habrán hecho para merecer eso.
Las confesiones son públicas. Un video resume una transmisión televisiva en la que se ve a una joven parada ante miles de personas: «Estuve en la pobreza porque tenía mentalidad de escasez, pero cuando aprendí a sembrar con fe, Dios multiplicó mis finanzas». Un hombre testifica: «Estaba desempleado porque había bloqueos espirituales en mi vida. Cuando los rompí con mi ofrenda, llegaron las oportunidades».
El paraíso no es gratis
El diezmo y las ofrendas («siembras») no son concebidas como meras donaciones de caridad. La lógica neopentecostal las entiende y las predica como un capital de inversión inicial en «los negocios del Reino». La inmortalidad celestial es directamente proporcional al éxito empresarial y a la riqueza material acumulada acá en la Tierra. Millones de personas, la gran mayoría pobres, entregan voluntariamente el 10 % de sus ingresos a iglesias que les prometen bonanza económica.
El recurso no es, en rigor, «manipulación». No impone una mentalidad capitalista, sino que produce sujetos de un neoliberalismo extremo. Los entrena para pensar como empresarios de su propia fe; convierte a las personas en gestoras de su capital espiritual. El pastor promueve mentalidades y conductas que anhelan exactamente lo que el sistema necesita que deseen. Es una producción sistemática de una subjetividad empresarial aplicada a lo divino y orientada por una moral que exalta el éxito individual, la competencia, la acumulación y la responsabilidad personal por la situación económica de cada quien.
El pastor dice: «Dios tiene un plan de prosperidad para tu vida». No es solo una promesa; es una instrucción sobre cómo los hombres y las mujeres tienen que relacionarse con su pobreza. La opresión social no es una injusticia del sistema, es una desviación del plan divino. Superar las carencias y romper las ataduras ya no requiere de una lucha colectiva, sino que exige un ajuste individual de la conducta espiritual. El fiel no lo experimenta como una imposición del capitalismo. Esta lógica empresarial se siente como libertad. Las condiciones subjetivas para el voto ultraderechista están dadas.
Las iglesias neopentecostales, además, ocupan el vacío de contención social que deja el Estado en las periferias urbanas. Los sindicatos y los partidos progresistas perdieron presencia territorial en los barrios empobrecidos y fueron eclipsados por las iglesias evangélicas, que ofrecen no solo legitimación espiritual a situaciones socialmente sometidas, sino también redes de empleo, guarderías, asistencia alimentaria y programas de rehabilitación contra las adicciones. Las cúpulas pastorales convirtieron esta red de apoyo comunitario en una estructura de movilización y clientela electoral del bolsonarismo. El alineamiento político del sector evangélico con la ultraderecha no se limita a un fenómeno de fe religiosa; también es resultado de situaciones socioeconómicas y culturales que el PT y el progresismo brasileño no pudieron, no supieron o no quisieron transformar.
Qué religiosidad
¿La religión es el opio del pueblo? La frase de Marx puede ser leída en forma literal, pero no fue lo que hizo la teología de la liberación. Los curas del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo no la entendieron como una condena absoluta a la fe, sino como una crítica profunda a lo que llamaban el «fetichismo religioso», esto es, a la religión institucionalizada que funciona como una justificación de la dominación. La creencia en Dios sí es «opio», decían, cuando supone arrodillarse ante estructuras, estatuas o líderes alienantes.
De esta manera, el cristianismo de liberación se nutre del marxismo para releer esa religiosidad popular que nace de la miseria. Coincide con el pensador alemán en que la fe funciona como «el suspiro de la criatura oprimida» (*) y como un calmante ante una realidad intolerable. Pero allí donde el análisis clásico veía pasividad, esta corriente encuentra una potencia transformadora: la fe puede convertirse en una fuerza ético-política liberadora. Se pasa así del consuelo a la lucha contra las injusticias del sistema, bajo la inspiración de «Jesús, el primer socialista», un concepto clave en la obra del teólogo argentino Rubén Dri.
Por este rato histórico brasileño, la teología de la prosperidad le está ganando la batalla cultural a la teología de la liberación.


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