
"Nuevas oportunidades, nuevos ciclos"



Almorzábamos un asado recalentado que mi viejo hizo el día antes, el sábado, para despedir a mi vieja que esa noche viajó a Buenos Aires a darle una mano a una prima que había sido operada y necesitaba ayuda en el cuidado. El sol entraba por la puerta y las ventanas abiertas de casa. A pleno. Papá descorchó el vino y comenzaba el ritual de los domingos.
Mientras comíamos mirábamos Argentina - Holanda del Mundial Francia 98. Lo estaban pasando completo. Ambos redescubrimos el primer golazo naranja de Kluivert, vimos cómo el Piojo López le dedicaba el gol a su viejo que cumplía años, nos lamentamos por el tiro en el palo de Batistuta, por el gol de Bergkamp – también nos deleitamos con su control- y coincidimos, como muchos, en que si el “Burrito” mantenía la mente fría - aunque con la cabeza quieta bastaba- ganábamos ese partido. Ah… y seguíamos sosteniendo que fue penal. Penalazo.
Mientras acomodaba mi mochila sonaba de fondo el partido que Belgrano le ganó a Racing en cancha de mi Instituto. Los domingos no son un buen día para esperar el bondi, así que acepté que me alcance hasta la estación, a tomar el tren que me lleva a donde resido transitoriamente por una ambición académica. Me dio un beso, un abrazo, y me dijo que me cuidara.
La madrugada del miércoles inmediato me despertó el celular vibrando al lado de mi oreja, sobre la mesa de luz. Un número no agendado, con la voz de una mujer, me decía que mi viejo había tenido un accidente en su bici camino al trabajo y que la ambulancia se lo llevaba al hospital de urgencias. “Pero está bien”, fue lo último que escuché. No entendía nada. Pensé que me quería hacer el cuento del tío. Lo confirmé y salí a tomar el primer colectivo que pude para Córdoba.
El destino de Domingo decía que no iba a llegar a estar en terapia intensiva, ni a pasar un estado de coma; pero lo que sí le garantizaba – a él y a nosotros, su familia – era que la dosis de mierda que debíamos absorber lentamente era grande, amarga y dolorosa; para luego ser transformada en trabajo, paciencia y mucho amor. Siete días fueron los que estuvo internado.
La maldita burocracia hizo que mientras me ocupaba de ella le dieran el alta previsiblemente repentina. Mi vieja me habló y quedamos en encontrarnos directamente en casa. Ese día jugaba Argentina, de visitante, contra Bolivia. Mientras viajaba en el bondi escuchaba por radio cómo perdía la selección y el ciclo de Buaza tenía las horas contadas.
Cuando abrí la puerta lo primero que vi fue a mi viejo sentado como podía, acompañado de sus vendas, mirando los últimos minutos del partido. Mirando es una forma de decir, sólo él sabe qué pensamientos y sentimientos pasaban por dentro. En ese momento me di cuenta que todo había vuelto a su equilibrio, a estar como estaba, como lo habíamos dejado después de ver ese partido de casi 20 años atrás.
Así como ese día la selección finalizaba un ciclo y comenzaba otro casi sin darse cuenta, en nuestra familia sucedía lo mismo. Una nueva oportunidad. No es poner en las mismas magnitudes al fútbol con la vida, sino solamente pensarlo como un hilo conductor puro e infinito en muchas relaciones, en este caso la de padre e hijo.
Ahora entiendo el porqué del penal no cobrado a Ortega, del palo del Bati, o del golazo de Bergkamp y la consecuente eliminación. No fueron porque querían ser, sino porque debían ser así, porque así estaban destinados a ser.
Por eso este jueves cuando veamos a la selección contra Uruguay, en el inicio oficial de la era Sampaoli, cerveza de por medio, y comentemos las jugadas del partido o de jugadores que ya no están, mi viejo y yo podremos aumentar ese historial que construimos desde hace años, en casa, canchas y bares.
*Periodista – Lic. Ciencias de la comunicación.


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