Opinión Por: Facundo Piai09/06/2026

Indio Solari, profeta de una Argentina devorada

Solari conecta con un país que muta de forma lacerante. Una Argentina con menos tejido productivo y más villas, con menos trabajo y más drogas, con menos educación y más marginalidad, con menos espiritualidad y más agresividad.

El rock es patrimonio de países con desarrollo económico y por tanto ricos culturalmente. No existe tal cosa como flores en los desiertos, ni artistas que emergen desde Burundi, ni un fenómeno como el rock afgano. La escena rockera de Yemen o Haití, de existir, es algo irrelevante por falta de intérpretes destacados.  Allí donde se hace presente, surge por el talento que brota desde sociedades occidentales industrializadas con más o menos bienestar.

Indio Solari. Foro gentileza redes Indio Solari

En el país, el rock emerge quizás en el mayor nivel de robustez económica de la historia, donde los centros urbanos eran culturalmente profusos, con artistas que no tienen carencia alguna en la comparación, siempre odiosa, con los polos culturales del mundo occidental, en este caso inglés o yanqui.

Los próceres del rock nacional son consecuencia de aquello. Charly García, por caso, surge en la década de oro del capitalismo argentino y conecta con su generación, una generación integrada cuya contracultura señala la rigidez y tradiciones antiguas; la opresión de la sensibilidad individual.

El otro Carlos, Solari, también es consecuencia de la misma estructura, pero profetiza acerca de una Argentina que se desvanece, un país poblado por clases medias que comienzan a derretirse al calor de una dictadura fratricida que nos empuja en la senda del vaciamiento económico y cultural.

Pero el descenso al infierno no termina ahí, continúa con la hiperinflación de los 80 y se profundiza con el antídoto a la destrucción de la moneda, procesos que fueron devorando al país de las chimeneas, la clase media y la posibilidad de ascenso social ya sea por la vía del “dotor” o la del salario fabril. Con un agravante, la burda yanquilización cultural noventista termina por quebrar el espíritu de un país que se erigió con autonomía de las coronas, con personalidad propia, pero con una fuerte tradición europeísta.

Décadas de horadar los cimientos del más europeo de los países latinoamericanos se comieron a mordiscos a esa perla sudamericana aspiracional de altos estándares de bienestar que se desvanece entre frivolidad, pobreza y anestesiamiento. Carlos, el profeta, no interpela a su generación, fue faro de resistencia cultural frente a un prolongado proceso destructivo que tuvo a la juventud de la década del 80 como su principal víctima, para luego también ser escudo de las desintegradas juventudes de las décadas siguientes.

Solari conecta con un país que muta de forma lacerante, una Argentina con menos tejido productivo y más villas, con menos trabajo y más drogas, con menos educación y más marginalidad, con menos espiritualidad y más agresividad. 

Proponiéndoselo o no, en una Argentina posmoderna, por tanto, más nihilista, agredida por propios y ajenos, creó una subcultura de resistencia espiritual.

Con el profeta quizás también se va una Argentina que fue, la que parió a artistas notables, la de las clases medias, la que se enorgullecía de su industria, aquella que consideraba que ilustrarse era un valor. La de un Estado con más o menos bienestar. Da la sensación que también asistimos al entierro de aquel país que alguna vez fue y hoy solo es un reflejo en el espejo retrovisor.

Carlos, el Indio, tuvo una despedida coherente con su prédica; velado en el conurbano, corazón de los agredidos, donde habita la mayoría de sus fieles; su muerte tuvo la indiferencia artificial de un gobierno que acelera en dirección al vaciamiento, empequeñeciendo el reflejo de aquella Argentina, empequeñeciéndose.

 

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